“Y porque, otra vez, veo a España en peligro es por lo que, cada día más, siento repugnancia ante la cobardía de muchos y la comodidad de todos. Cuando España está en peligro, ser cómodos o cobardes es como ser «traidores a la Patria»” 

Aunque ya lo escribía ayer, porque me llamó la atención al verlo publicado, hoy insisto en ello y reproduzco las palabras exactas con las que definió al gallego el exMinistro García Margallo.

En concreto don José Manuel García Margallo, exMinistro de Exteriores con Rajoy como Presidente del Gobierno entre 2011 y 2015, decía en la amplia entrevista que le hicieron el pasado sábado 5 de marzo en “La Razón” estas palabras que reproduzco.

A la pregunta de Carmen Morodo: “¿Qué riesgos representa la opción de Feijóo?”

García Margallo responde: “Mi confianza en Núñez Feijóo no es nueva y la he manifestado públicamente con anterioridad en reiteradas ocasiones. Feijóo ha desarrollado una gran labor en la Administración central, ha conseguido cuatro mayorías absolutas, dejando en mínimos a las fuerzas competidoras en nuestro espacio, Ciudadanos y VOX, porque los que desertaron del PP en otras CCAA le han visto, igual que a Ayuso, capaz de frenar la deriva independentista. Feijóo es un gran patriota, un autonomista leal a la Constitución y un ferviente europeísta. Lo considero un político de extremo centro”

¿El Centrismo? ¿Un político de extremo centro?

Pues, eso es lo que quiero analizar en este valiente “Correo de España”, ya que parece ser que el Centrismo va a ser el caballo de batalla del próximo PP dirigido por el gallego Núñez Feijóo.

Quizás porque todas las elecciones generales celebradas en España han dado el triunfo a las clases moderadas… aunque  casi siempre, por no decir siempre, el Centrismo ha durado bien poco en el Gobierno.

Se habla de Centroderecha y se habla de Centroizquierda y se demoniza a los extremos. Porque demonio es la extrema Derecha y demonio es (aunque aquí por lo que se ve no) el Centroizquierda.

Y sé que me podía, y me puede, y lo haré arrancar, este análisis en la moderación, en el Centrismo que nace ya en las Cortes de Cádiz y durante la Guerra de la Independencia.  Aquella Moderación que fue rápidamente calificada como de afrancesada (“los afrancesados”),  perseguida tanto por la Derecha, los conservadores, como por la Izquierda, allí los liberales. Y podía seguir, y seguiré más adelante con las luchas del centrismo por subsistir entre la Derecha y la Izquierda durante los Reinados de Fernando VII e Isabel II. Sobre todo durante el Reinado de ésta última, cuando se produce la que pasó a la Historia como “La década de los Moderados”… y habrá que analizar lo que fue el Centrismo durante la Restauración  y ya en el Reinado de Alfonso XIII, con el intento reformista de Melquiades Álvarez… y habrá que dedicarle alguna atención al experimento que quiso hacer el propio Alcalá Zamora, todavía Presidente de la República, cuando vio que las dos Españas iban irremediablemente a la Guerra Civil, y bajo su dirección participó en las elecciones de 1936 aquel Partido de Centro con Manuel Portela Valladares al frente.

Sin embargo, todo eso lo resumiré al máximo. Hoy, ahora, cuando ya se nos dice que la casi trágica batalla que ha vivido y está viviendo el Partido Popular que fundara Manuel Fraga no ha terminado, considero que es más actual hablar del Centrismo del señor Feijóo, porque ese va a ser el nudo gordiano que está atado y  que se va a tratar de desatar desde un PP que quiere ser por encima de todo Centrista y una VOX que está más en lo nacional y españolista.

Así que me voy a algo que ya escribí en su momento:

 

“La UCD de Adolfo Suárez”

“¿Qué porvenir tiene la Unión de Centro Democrático? Pues, a pesar del optimismo de sus afiliados, escaso. En primer lugar, porque tienen dentro el cáncer de la desunión. En segundo lugar, y a pesar de tener ya una Constitución, porque media España no ha aceptado su «traición» al pasado y la otra media no aceptará nunca sus orígenes”

“El Correo de España” se complace en reproducir hoy la segunda conferencia que pronuncio Don Julio Merino, siendo Director de “El Imparcial” sobre el tema el 2 de noviembre de 1978, pocos días antes de que se aprobara la Constitución de la Transición.

 

Aquí texto íntegro de la Conferencia

 En primer lugar, un capítulo de agradecimiento para los miembros de este Club, y especialmente para su presidente, don Antonio Guerrero Burgos, por haberme ofrecido esta tribuna para hablar sobre España.

En segundo lugar, tengo que decir, y digo, aunque no lo jure, que inicio esta conferencia bajo los efectos inmediatos de dos circunstancias muy especiales: una, la alegría de saber que ya estamos en la última recta de la senda constitucional y desde una posición democrática plena y sincera; y dos, bajo el dolor y la incertidumbre de saberme amenazado de muerte varias veces en las últimas horas, y la campaña terrorista desatada contra la libertad de expresión.

Indudablemente, esto es España. Es decir, que aquí seguimos jugando a hacer constituciones (nuestro deporte político favorito) y jugando con algo tan valioso como es la vida.

Pero no, no va a ser ésta una conferencia triste ni pesimista. A pesar -extraña y casual circunstancia- de ser hoy en el calendario precisamente, el «Día de los Difuntos».

Tampoco yo voy a caer en la trampa de dejarme coger en las redes de aquellos que esperan impacientemente un fallo para cerrarme la boca y acallar la voz de mi libertad, de mi independencia y de mi imparcialidad.

No, no voy a caer en ninguna trampa. Eso queda para los ilusos que todavía se emocionan al oír la palabra España.

Y, sin embargo, hoy quiero hablar desde la alegría de saberme «blanco» de la incomprensión cerril de unos y de otros, desde la Dirección de El Imparcial, un diario que lucha por reflejar la España real, que navega contra la corriente de corrupción que ha irrumpido en la vida política española... y que, por defender la verdad (la verdad, aunque duela), está siendo «perseguido» por la poderosa máquina del Poder.

No, no nos vamos a engañar.

A pesar de los buenos deseos de don Adolfo Suárez, España sigue siendo España. Es decir, el paraíso de la sinrazón y la cobardía; de los Sénecas y de los Campeadores; de los enanos y de los traidores; de los cómodos y de los fofos; de los dictadores y de los demócratas de toda la vida; de los carrillistas y de los piñaristas; de los chaquetas nuevas y de los camisas viejas...

No, no estamos dormidos. España sigue siendo España. Es decir, la tierra de los proyectos constitucionales y el tiro por la espalda. Un eterno querer ser y no ser. Un eterno sueño de libertad. Un eterno tejer y destejer. Un eterno camino de vencedores y vencidos. Un eterno suspiro de convivencia. Un eterno pañuelo de lágrimas, de llanto y crujir de dientes. Una canción al viento. Una bandera pisoteada. Unas pandillas de jóvenes que se matan ilusamente... Y siempre, siempre, la tierra indomable de esta vieja piel de toro que se resiste a dejar de ser España.

No, no quiero asustar a nadie. Pero cuando otra vez la muerte ronda el corazón de nuestros pueblos y de nuestros hermanos... Cuando otra vez se nos va a hacer comulgar con ruedas de molino... Cuando estamos al borde del disparate y a punto de tropezar en la misma piedra de siempre... Cuando el hambre ya cabalga de nuevo, con su carga de desesperanza y de rencor... Cuando nuestros campos y nuestras fábricas se vacían o se cierran... Cuando las madres empiezan a tener miedo o la juventud se llena de sueños encontrados... En fin, cuando tenemos ya el precipicio tan cerca... ¡No hay más remedio que hablar rotundamente claro! Sin tapujos, sin tabúes, sin miedo, a pecho descubierto. ¡Democráticamente! Sí, ¡democráticamente!

Pero hay que hablar claro de todo y de todos. Desde el Rey hasta el último alcalde del último pueblo. Desde el Gobierno hasta el pescador. Del Capital y del Trabajo. Y de los Partidos. No, ya no debe haber tabúes de ningún signo.

Y no debe haberlos, porque por encima de todos, por encima de la Democracia Parlamentaria, por encima de la disciplina y del honor o del honor y la disciplina, por encima de los dividendos y por encima de los intereses personales…, ¡está España! Y España bien se merece un sacrificio: el sacrificio de la verdad.

Por eso, hoy, me atrevo a decir, parafraseando a Don Alfonso XIII, algo trascendental: ¿Monarquía o República?... ¿Democracia o Dictadura?... ¿Izquierda o derecha? ¿Marxismo o capitalismo? ¡Y qué más da! Por encima de todo: ¡España! ¡Siempre España! Así que nadie se llame a engaño. Que nadie se dé por escandalizado.

Y quien vaya o quiera darse por escandalizado yo le recuerdo aquella conversación de don José María Gil Robles con don Alfonso XIII en pleno apogeo de la II República. «Me propongo cuando pueda -decía Gil Robles- a gobernar con la República. Lo haré lealmente y no para traicionarla. Una Monarquía traída por la traición no duraría. Puesto que voy a hacer un intento tan difícil, lo menos que puedo pedir es que no me creen dificultades por parte de la derecha. Ahora bien, si con ello se consolida la República, no vacilaré en hacerlo.» A lo que don Alfonso, sinceramente emocionado, respondió: «Tienes razón. España es lo primero. Bastante cruz echas sobre ti. No seré yo quien aumente su peso.»

Y es que también los reyes tienen que sacrificar sus intereses personales, y su prestigio, y sus etiquetas, e incluso su futuro en bien de la Patria. Porque todos los pecados contra ella, es decir contra España, son graves, pero más, mucho más, lo son los de aquellos que están en la cúspide del Poder.

Por eso, yo tengo que decir, y lo digo, aquí y ahora: que para mí, antes que la Corona y el Rey, antes que el Centro y Suárez, antes que este o aquel partido, antes que ningún interés... está España.

Y porque, otra vez, veo a España en peligro es por lo que estoy aquí y por lo que... ni las presiones de unos ni las amenazas de otros van a conseguir silenciar mi verdad.

Y porque, otra vez, veo a España en peligro es por lo que, cada día más, siento repugnancia ante la cobardía de muchos y la comodidad de todos. Cuando España está en peligro, ser cómodos o cobardes es como ser «traidores a la Patria».

Ahora se nos habla de moderación y de democracia. Ahora se nos habla a todas horas de las maravillas que es la Unión del Centro Democrático como partido. Parece como si de la noche a la mañana se hubiese descubierto el Mediterráneo y el huevo de Colón al mismo tiempo. Dicen: Todo ha sido posible gracias a la UCD. Todo es posible gracias a la UCD. Y nada será posible sin la UCD. Y repiten: La UCD ha traído la Democracia. La UCD ha hecho la transición sin sangre. La UCD ha homologado la Monarquía con las otras monarquías europeas. La UCD domina la economía. La UCD ha doblegado al Ejército. La UCD ha conquistado a la Iglesia. La UCD controla para sí toda la prensa, toda la radio y toda la televisión. En fin, la UCD es hoy dueña y señora de los destinos de este viejo país.

Y, por ende, su mentor y domador, el señor Suárez, bien puede mirarse al espejo y decirse a sí mismo: «Soy el más guapo. Conmigo no hay quien pueda. Soy el amo, y los demás, mis esclavos. Soy el más inteligente. Soy el más astuto. Soy -¿y por qué no?- el Rey de este Milagro.»

Y, sin embargo, el señor Suárez no ha descubierto nada. Desgraciadamente, en este país todo está ya descubierto. En el parto, antes del parto y después del parto.

 

EL CENTRISMO DE FRAGA

Corrían los primeros años setenta y un buen día don Manuel Fraga se puso a hablar de la necesidad de una política de centro; una política que huyendo de los extremos hiciese posible la Reforma y salvase a España a la hora de cumplirse las «previsiones sucesorias».

Los extremos en esos momentos eran los comunistas Y los más recalcitrantes servidores del Movimiento Nacional.

¡Qué casualidad! Allí estaban don Santiago Carrillo y don Adolfo Suárez. Precisamente, los dos hombres que luego harían el «milagro». Fraga hizo la tarta y Suárez se la ha comido. Este es el quid.

Para nadie es un secreto que cuando aquel día del mes de julio del 76 la Corona aupó al entonces ministro secretario general del Movimiento a la Presidencia del Gobierno nadie, ni el propio interesado, daba un duro por su futuro. «¡Qué error, qué inmenso error!», dijeron unos. «¡Es un penene!», dijeron otros. Pero todos, tirios y troyanos, se llevaron las manos a la cabeza. ¿Cómo podría hacer la transición un hombre tan rematadamente significado entre los azules? ¿Cómo podría ser el ministro de la Falange el hombre que sentara a una misma mesa a los dirigentes de la perseguida y maltratada izquierda marxista?

Naturalmente, quienes así pensaban no tenían en cuenta dos factores o características personales del designado:

Primero, sus grandes conocimientos de la ciencia camaleónica y su increíble poder de adaptación. A este respecto, conviene recordar que no hay un animal más acomodaticio que el camaleón en todo el reino animal. Por cierto que no hace mucho el profesor Toole hacía en «El Imparcial» una descripción del «camaleón» político, que no me resisto a reproducir:

«Quizá una de las cualidades más necesarias, ¡absolutamente necesaria!, para el político es la de tragarse los sapos... Porque, ¡ay del político que no se trague cada mañana, junto con el desayuno, un buen sapo! Sobre él caerá el rayo del desprecio.»

Segundo, su falta de «cuarteles de invierno». Es decir, no tener a donde retirarse en caso de cese o dimisión. Pues es público y notorio que el señor Suárez, al margen de la política, sólo era un humilde licenciado en Derecho. Circunstancia ésta digna de tenerse en cuenta a la hora de enjuiciar a un político, pues al final resulta decisiva en toda su actuación pública. El hombre que tiene «cuarteles de invierno» puede permitirse el lujo de tener, aunque sólo sea una vez en su vida, dignidad y coraje para pegar un puñetazo en una mesa y marcharse. El hombre que, por el contrario, quemó las naves al hacer su primer juramento ya no tendrá otro remedio a lo largo de su vida que ceder. Ceder para conservar; ceder para trepar; ceder para traicionar; ceder para engañar... ¡Y por ceder, hasta su propia alma! Todo, antes de quedarse en la calle. ¡Ah, qué gran maestro fue en esto mi admirado Fouché!

Estas dos características iban -y van- a ser decisivas en el «currículum» de Suárez como presidente del Gobierno. Y en este marco hay que encuadrar todo lo que ha hecho en este tiempo o, incluso, lo que ha dejado de hacer.

Naturalmente, sus seguidores más cercanos o su gran aparato de propaganda lo plantearán de otra manera. Pero eso ya es política de partido... y yo estoy estudiando al hombre. (Es decir, al hombre que nos lleva al desastre.)

Una cosa está clara, sin embargo: Suárez no llega al Centro por el camino de las ideas o del convencimiento. Eso podría permitírselo Fraga, o Ruiz Jiménez, o Gil Robles, o Areilza... Pero nunca Adolfo Suárez. Suárez llegó al Centro (y así pudo nacer la UCD) por pura conveniencia política. Porque se da cuenta de que con la izquierda no tiene nada que hacer y en la derecha, por experiencias pasadas, se le conoce demasiado bien.

 

 

LOS EXPERIMENTOS DE “CENTRO”

En fin, creo que merece la pena dar un ligero repaso a los antecedentes de la política de Centro que hoy quiere llevar a cabo la UCD del señor Suárez. Especialmente el gran intento del Centro que fue la llamada «Década de los Moderados» que gobernó España de 1844 a 1854.

Alguien ha dicho que la Historia de España del siglo XIX es la historia de un gran desastre, pues comienza con el desastre de Trafalgar y termina con el desastre del 98.

Lo cual, para empezar, no puede ser ya más pesimista.

Sin embargo, son los hechos. No hay que dar de lado a uno de los males que aquejan a España en esos comienzos de siglo. Es el estado enfermizo a que ha llegado la propia Monarquía. Tal vez, reconocer esto, para aquellos españoles, era demasiado. Pero no para el propio Napoleón Bonaparte, quien en su famoso mensaje de Bayona de 1808 dice:

«Españoles... Vuestros príncipes me han cedido todos sus derechos a la corona de las Españas. Yo no quiero reinar sobre vuestras provincias, pero quiero adquirir títulos de amor y el reconocimiento de vuestra posteridad. Vuestra Monarquía se encuentra envejecida y es misión mía rejuvenecerla. Yo mejoraré todas vuestras instituciones, y os haré gozar, si me secundáis, sin convulsiones... Españoles... Acordaos de lo que fueron vuestros padres; mirad a lo que vosotros habéis llegado. La falta no está en vosotros, sino en la mala administración que os ha regido en los últimos años...»

Pero esto, dicho por el «enemigo invasor», naturalmente, no tenía -no tuvo- valor para los españoles. Y, sin embargo, los hechos posteriores darían la razón a Napoleón. La Monarquía española no sólo había envejecido, sino que había perdido totalmente la iniciativa y la creatividad.

Es curioso observar, aunque sea de pasada, cómo la historia entera del siglo XIX, y tal vez hasta el estallido de la guerra del 36, o tal vez hasta nuestros días, viene marcada por los acontecimientos de 1808. En los seis años que dura la guerra de la Independencia surgen los tres partidos que, con sus naturales variantes, van a llenar todo el siglo: los absolutistas, los liberales y los «afrancesados». Estos últimos, aunque parezca raro. Pero, ahí están las palabras de Artola sobre ellos: «Los afrancesados, que por su ideología ilustrada debían ocupar la transición, el centro, y hacer puente entre los otros dos, son combatidos encarnizadamente por ambos. Al desaparecer -sigue diciendo Artola- dejaron el país sometido a un movimiento pendular, a una oscilación periódica entre los dos extremismos triunfantes. En consecuencia, durante el siglo XIX, las pasiones demagógicas sucederán a los excesos reaccionarios, y éstos a aquéllas, sin que el país logre encontrar el equilibrio definitivamente perdido en estos años de guerra.»

Es decir, la derecha, la izquierda y el centro. Una derecha -los absolutistas- que no quiere ceder en nada y que se cierra en los privilegios ancestrales. Una izquierda -los liberales- naturalmente, aún burguesa, que tal vez influida por las nuevas ideas de la Revolución Francesa, quiere romper todos los moldes y saltar todas las barreras del pasado, incluso con el riesgo de perderlo todo; a veces insensata, a veces idealista y casi siempre poco realista. Por supuesto, muy patriótica. Y un centro -en este caso los llamados «afrancesados»- que agrupa a los moderados y que ya -y he aquí su característica clave- se muestra acomodaticia a las circunstancias, aunque sea sin honor y sin dignidad. Ni están con unos ni están con otros, ni comen ni dejan comer... pero, serviles siempre, se suben al carro del triunfador por aquello de las conveniencias.

 

 

PRIMERA “OPERACIÓN CENTRO”

Señores, estamos, pues, ante la primera «Operación Centro» de nuestra historia contemporánea. Y ya tenemos las características principales del Centro a la española: moderación, servilismo y acomodamiento.

Sin embargo, no fueron ellos los autores de aquella famosa Constitución de 1812, sino los liberales. Porque este primer intento de «centro» fracasa estrepitosamente.

Y los liberales, como luego se haría costumbre y casi ley, hacen la Constitución que les da la gana, sin contar para nada con las «minorías». Es el pecado de soberbia que van a cometer sistemáticamente a lo largo del siglo unos y otros. Y es que aquí quien gana hoy ya se siente vencedor para siempre. Sin tener en cuenta, desafortunadamente, los vuelcos que da la vida, y más, muchos más, la vida política.

Y comienza el reinado de don Fernando VII, el Rey de quien escribiera don Gregorio Marañón: «Pocas vidas humanas producen mayor repulsión que la de aquel traidor integral, sin asomos de responsabilidad y de conciencia, ni humana ni regia; y, por añadidura, para agravar sus culpas, no estúpido como sus hermanos, sino, ya que no inteligente, avispado.»

De 1814 a 1820 y de 1820 a 1823, así como de 1823 a 1833 (año éste en que muere el Rey) se sucede todo un recital político y pendular. De izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Dos pasos adelante y tres hacia atrás.

Pues el Rey vuelve de la mano del Ejército, al menos de los oficiales generales de más rango, y gracias a un golpe de Estado en toda regla, que borra de un plumazo (Decreto por el que se declara la Constitución y las Cortes «nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en ningún tiempo, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo») cualquier aire de apertura y de libertad.

Esto, naturalmente, hace que las posiciones se radicalicen y que los partidos se escindan. Los absolutistas, la derecha, se hacen más absolutistas. Los liberales, la izquierda, se hacen más liberales. Y el centro, recogiendo individuos rezagados de la derecha y de la izquierda (es decir, de los que tenían miedo de comprometerse demasiado).

La derecha, cerrilmente ofuscada, controla, domina, usurpa, aplasta y desgobierna la llamada primera etapa absolutista (1814-1820). La izquierda liberal, impaciente, soñadora, soberbia, fatua y tal vez insensata, controla y domina a su vez la etapa del trienio liberal o constitucional.

Son los años del «Trágala», que tanta guerra daría, y cuando Fernando VII pronuncia su famosa frase al aceptar por la fuerza la Constitución: «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional.»

Vuelve la derecha absolutista en 1823 de la mano de otro ejército (el de los Cien Mil Hijos de San Luis) y vuelve -¡cómo no!- con espíritu de revancha. Pues, aunque el Rey había dicho por Decreto poco antes: «Prometo libre y espontáneamente, y he resuelto llevar y hacer llevar a efecto un olvido general completo y absoluto de todo lo pasado sin excepción alguna, para que de este modo se restablezca entre todos los españoles la tranquilidad, la confianza y la unión, tan necesarias para el bien común y que tanto anhela mi paternal corazón», en cuanto da la espalda y se ve otra vez en situación de guerra, no sólo anula esa «amnistía» oficialmente, sino que atiza el fuego de la división y de la lucha al convertirse en «el más implacable de los beligerantes».

Por lo que no es de extrañar que corra la sangre de los «vencedores» de ayer, que las cárceles se llenen y que salgan caravanas enteras de liberales camino del exilio. Es la Década Absolutista, conocida como la «Ominosa» y el momento cúspide del poder personal del Rey. Es -como dice Ricardo de la Cierva- «la marcha ciega a la guerra civil», la cerrazón reaccionaria completa -a veces hasta límites de sadismo- contra todo lo que oliese a liberal».

Es el desatino de las dos Españas.

Por eso no debe extrañar que se vaya a la guerra, es decir a resolver en el campo de batalla lo que por la vía del diálogo ya no tiene remedio, en cuanto muere el Rey Fernando VII, el verdadero artífice de la división y el más nefasto poder arbitral que ha existido jamás.

Y a la Guerra Civil se va a pesar de los esfuerzos de Cea Bermúdez por crear una «tercera fuerza» que sea capaz de salvar las diferencias radicales de absolutistas y liberales. La intención de Cea Bermúdez fue la de «buscar una tercera solución a la crisis española armonizando absolutismo y reformas, de acuerdo con el viejo esquema del despotismo ilustrado». Y a pesar de la moderación de Martínez de la Rosa.

Pero también este nuevo intento de buscar una «tercera fuerza» fracasa estrepitosamente. Y me pregunto: ¿Es, pues, que no hay sitio en España para un partido moderado que sirva de puente de las dos Españas? ¿Es imposible dar forma a esa tercera fuerza que sirva de colchón para los envites de unos y de otros? Naturalmente que sí hay sitio. Naturalmente que no es imposible la fórmula. Decir lo contrario sería absurdo.

Pero, de lo que se trata es de hacer las cosas bien hechas y de sobreponer los intereses generales a los particulares. Es decir, de poner por encima de todo y de todos a España... y, lógicamente, no tropezar en las mismas piedras de siempre: la del oportunismo y la soberbia; la del miedo o el desgobierno; la de la indecisión y el desorden; etc.

En fin, como no se trata de hacer un repaso exhaustivo de nuestra Historia, vamos a referirnos al gran intento de Centro que fue la «Década de los Moderados».

Una cosa está clara al terminar la Guerra Civil en 1840: que España ha cambiado radicalmente. Pues no en vano ha saltado la estructura social anterior y se ha ahondado aún más el abismo que separa a las dos Españas. Ha cambiado la situación de la Iglesia, una de las columnas del régimen anterior, por haberse alineado con el bando perdedor. Ha cambiado la mentalidad de los militares, al caer sus generales de la guerra en la tentación política. (Respecto a este punto, no estaría de más puntualizar que el Ejército en todo el siglo XIX no actúa nunca como tal en bloque, sino que son actitudes y «pronunciamientos» individuales en su mayor parte los que deciden o influyen en los acontecimientos.)

Según Sánchez Agesta, «los generales del reinado de Isabel II fueron simplemente políticos que utilizaron para sus fines el Ejército en el que ejercían mandos». Según Pabón, «la preponderancia política de los militares se debió al tránsito lento y nunca consumado de la guerra civil a la paz».

Y ha cambiado, naturalmente, el cuadro de los partidos políticos. Porque si a la guerra van un partido absolutista fuerte y hermético; un partido liberal cohesionado y numeroso; y un incipiente partido de centro, apenas oído entre el estruendo de los cañones, de la guerra salen: un partido absolutista derrotado y ya muy disminuido; un partido liberal escindido en su ala progresista y en su ala moderada; y un partido de centro bastante fuerte. ¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido?... Pues, sencillamente, que al Centro han ido a refugiarse los absolutistas moderados que piensan que la fuerza no conduce al entendimiento; y, naturalmente, los moderados de antes de la guerra, es decir, aquellos que buscaban la «tercera fuerza» que evitase el choque entre hermanos.

 

Mañana,  “La década de los Moderados, el primer gran fracaso del Centrismo”

 

Continuará.