Tendría que haberse quedado en la televisión. La gente que no sabe escribir y que no tiene gracia para la radio suele acabar en la TV, que es un circo en el que cabe cualquiera. Pradera estaba bien allí, en su programa aquel que no veía nadie, con Fernando Schwartz. En realidad, tampoco en ese espacio tenía maldita gracia, pero al menos no molestaba. Es lo máximo a lo que puede aspirar Pradera.
 
Me imagino que cuando uno intenta ser gracioso sin tener ni pizca de gracia, lo que va creciendo en el interior es un sentimiento profundo de frustración. Y de la frustración al odio hay muy poca distancia. Pradera, con su artículo en el que le desea un cáncer a Macarena Olona, otro a José María Aznar, y otro a Donald Trump, ha demostrado con creces lo que siempre ha sido: un clown defenestrado, un graciosito sin gracia, un hombre frustrado que ha terminado odiando a los demás, quizá porque en el fondo se odia sin remedio a sí mismo.
 
Pradera presume de haber recibido una educación exquisita, con música clásica y cientos de libros buenos a su alrededor, pero para su desgracia, entre los genes de su padre y los de su abuelo materno, la naturaleza (siempre caprichosa) ha preferido hacer predominantes los primeros. Rafael Sánchez Mazas, un hombre recto y un gran patriota, hubiese renegado de este nieto siniestro y retorcido que es capaz de desearle una enfermedad terminal a quienes no piensan como él. Ni siquiera a su padre, el rojo de Javier Pradera (co-fundador de El País y destacado intelectual de izquierdas) le haría la más mínima gracia el artículo de Máximo.
 
Es bueno recordar una vez más, desde esta tribuna libérrima, que el desencadenante principal de la guerra civil fue la espiral de odio que promovió la izquierda durante la II República, y que tuvo su exponente máximo en los meses en que "gobernaba" el Frente Popular. Fue aquella izquierda rencorosa y antiespañola, aquella izquierda sin escrúpulos que asesinaba a monjas y a curas por el simple placer de observar su sufrimiento, la que empujó a España a un conflicto civil que ahora, en pleno siglo XXI, intenta repetir por todos los medios. Con aquel odio, entonces sangriento y asilvestrado, hoy más sofisticado y sibilino. Pero igual de peligroso.
 
Hay que tener el alma muy podrida. Hay que estar real y verdaderamente en estado de descomposición interna, para desearle a otra persona el infierno del cáncer. Una enfermedad que nadie en su sano juicio le desea ni al peor de sus enemigos. Echando espumarajos de tinta sobre personas a las que ni siquiera conoce, única y exclusivamente porque defienden ideas diferentes a las suyas. Un odio bastardo y cegador, un odio envilecedor. El tipo de odio que, inoculado a otras cientos o miles de personas, puede conducir a una nación al desastre. Eso es lo que ha firmado Pradera en la web de Público.
 
Por suerte (e inesperadamente para muchos, entre ellos el abajo firmante), la dirección del medio ha decidido eliminar el artículo y prescindir de los servicios de Pradera como columnista, algo con muy pocos precedentes en el periodismo de las últimas décadas. Ahora, Máximo tendrá que buscarse otro balcón por el que lanzar sus bilis. Mientras, la Asociación de la Prensa guarda silencio; no le debe parecer suficiente, el articulito de marras, para hacer una firme condena. Un silencio al menos tan cobarde y repugnante como el propio texto.
 
Algunos elegimos en su día el periodismo como oficio exactamente para hacer lo contrario que Pradera. Para construir un mundo mejor, alabando las mejores virtudes y repudiando lo más negro del alma humana. Y es que el periodismo exige dos condiciones sin las cuales su ejercicio es imposible: una mirada limpia y respeto a la verdad. Es lo mínimo. Máximo carece de lo uno y de lo otro. Quizá, mientras se busca otro albañal donde poder disparar su inquina, su odio se va transformando en un gozoso y cuaresmal arrepentimiento. Nunca es tarde, Pradera.