Lo contrario de un poder legítimo es un poder arbitrario. Lo contrario de un gobierno democrático es un gobierno que ha perdido la legitimidad. Lo importante, de cara al pueblo y a la historia, no es cómo se llega al poder, sino lo que haces cuando lo tienes. Y este gobierno social-comunista es evidente para lo que ha llegado al poder: para hacer de España un lugar irreconocible. La avanzadilla del populismo bolivariano en Europa.
 
Un ministro de Interior puede perder la confianza en uno de sus subordinados, naturalmente que sí, y mandarlo a su casa, incluso de mala manera. La confianza, que es una categoría profundamente humana, se pierde de la manera más inesperada, incluso en unos pocos minutos. Pero cuando un ministro de Interior echa a un alto mando de la Guardia Civil mientras éste investigaba la comisión de graves delitos por parte precisamente de miembros del Gobierno que lo han echado, ante lo que estamos, amigos, es ante un hecho de una inmensa gravedad. Porque ese tipo de comportamiento es típico y descriptivo de los regímenes totalitarios, o al menos autoritarios. La discrecionalidad y la arbitrariedad total en la toma de decisiones, de espaldas al interés de los ciudadanos. 
 
La cuestión no es que Grande Marlaska deba dimitir, que por supuesto hace días que tendría que haber salido del Gobierno. Eso casi es lo de menos. Lo importante es que un gobierno se sienta lo bastante poderoso como para hacer algo tan grave como eso, sin sentir el más mínimo escrúpulo moral. Sin rectificar, sin dar explicaciones creíbles, sin subsanar el error..., haciendo y deshaciendo como en las peores tiranías, como en aquellos países, que nos resultan tan lejanos, donde ya no queda ni el menor resquicio de derechos humanos. Donde hasta los tribunales sirven para convertir en legales las peores felonías. 
 
A este punto hemos llegado por haber dejado durante cuatro largas décadas que la izquierda política se haya construido una legitimidad moral de obligada aceptación, sobre la base de una burda manipulación de la Historia. Ni el relato del franquismo es cierto, ni el relato de la transición tampoco, ni por supuesto los logros y avances sociales que el marxismo se atribuye a sí mismo, con una desvergüenza sin parangón. Son esas mentiras, sostenidas en el tiempo y sin réplica enfrente, las que han permitido que los españoles de hoy toleren sin rechistar atropellos a la legalidad como el que hemos visto esta semana. Y como los que nos quedan por ver. 
 
Hemos aceptado pulpo como animal de compañía dejando que nos encierren en casa durante dos meses, y ahora llevando de manera obligatoria una mascarilla que hace solamente unas semanas era opcional o inútil para evitar el contagio del virus. Hemos visto enterrar a nuestros ancianos solos, negándoles el derecho a ser curados en los hospitales, empujándoles al cementerio, por razones de interés general y de salud pública. Tragamos también con un ingreso mínimo vital, que nadie sabe muy bien cómo podremos pagar con la deuda que arrastramos, en pos de la justicia social y de la ayuda a los menesterosos. Porque en la democracia española, la disidencia es delincuencia; porque en este sistema de libertades, la crítica y la censura, aunque sea con argumentos y razones, puede conducirte a prisión.
 
España tiene hoy un gran problema, por encima de todos los demás, que es la confusión general y la falta de ética, no en la clase política, sino en la población. Miles y miles de personas viven envenenadas de ideología, hasta tal punto que se defienden postulados ridículos, sin antes analizarlos, sólo porque son los que defiende el partido al que se vota. Ese encanallamiento general, esa falta de compromiso con la verdad, se traslada a los partidos y a las instituciones. Y finalmente, los gobiernos hacen y deshacen a su antojo, en la certeza de que su poder no tiene límites. Nosotros somos solamente marionetas al servicio de su arbitrariedad.
 
Reaccionen. Despierten. Dejen de mirar embelesados el carnet de simpatizante de su partido. Un día, cuando se levanten por la mañana, se darán cuenta de que nos lo han quitado todo.