Mientras el planeta camina poco a poco hacia la vieja normalidad del manicomio global, con jóvenes blancos que besan los pies de unos negros enfadados y canales de tv que deciden quitar de su programación "Lo que el viento se llevó", en España seguimos con lo nuestro, que no es muy distinto a lo de fuera. Lo nuestro se podría resumir con la frase: "los que más tienen que callar, son los que mandan callar a los demás". Viene siendo así, de hecho, desde los albores de la Transición.
 
Este gobierno que nació con la legitimidad bajo mínimos, que logró la investidura presidencial con el apoyo de golpistas y de terroristas de cuello blanqueado, ha conseguido engañar de tal forma a los españoles, y comprar de tal manera a la mayoría de MCS, que lejos de estar tocado y hundido, como corresponde a sus desmanes e ineptitud, goza de un caudal apreciable de autoridad. Y ni su calamitosa gestión de la pandemia, ni las cifras de muertos y contagiados, ni siquiera el hecho de tener varias querellas interpuestas en los tribunales contra altos cargos de la administración, hacen que su tono chulesco y desafiante cambie ni un ápice. Pareciéndose cada día más, desgraciadamente, a los tiranos que aún quedan al otro lado del Atlántico, todos de la misma ideología que Sánchez e Iglesias.
 
Como magistralmente alertaba ayer Juan Manuel de Prada, la monarquía, precisamente por su valor puramente simbólico, ha sido siempre la pieza predilecta de esta izquierda rencorosa y guerracivilista que sufrimos en España. Porque después de la monarquía viene necesariamente la república, que inevitablemente deja paso a la anarquía, final de trayecto al que desean llegar todos los violentos, delincuentes y terroristas que ha habido y habrá sobre la piel de toro. La monarquía, pues, aunque sea tan descafeinada y poco comprometida como la nuestra, es la antítesis natural de la anarquía, y por ende, la pieza más deseada de estos perroflautas y ociosos que han llegado, no me pregunten cómo, a las más altas instituciones del Estado.
 
No perderemos el tiempo en hablar del rey emérito, de quien ya dijimos lo que había que decir cuando aún estaba en el trono. Será la Justicia la que determine si tiene algo que pagar y cómo. Lo que parece evidente es que las noticias de esta semana pretenden una sola cosa, que es desgastar la imagen de la institución, trasladar a la opinión pública la idea de que la monarquía está corrompida y ya no representa a una mayoría social, y por tanto inocular sobre todo a los más jóvenes el infundio de que la república es la forma de Estado más democrática y que más conviene a los intereses generales. A pesar de que las dos experiencias republicanas que ha habido en España fueron una pésima y la otra todavía peor, aunando entre ambas los peores y más abyectos crímenes que puede compendiar la especie humana desde su aparición en la Tierra.
 
Y no es que nosotros seamos tampoco unos entusiastas de la monarquía, que salvo los primeros austrias, y con alguna excepción borbónica, no ha dado más que disgustos a los españoles. Pero desde luego, si Pablo Iglesias, Alberto Garzón y Pedro Sánchez son los candidatos a presidir la tercera república española, entonces pasa a ser este periodista más monárquico que Luis María Ansón o que el diario ABC. En otras latitudes, las repúblicas no tienen ideología; sólo hay que mirar a nuestra vecina Francia, que ha tenido presidentes de derechas (y muy de derechas). En España, en cambio, la república es socialista por definición, y sólo marxistas recalcitrantes con olor a naftalina podrían aspirar a su presidencia. Lo que se dice el infierno en la Tierra.
 
El pasado jueves, día glorioso del Corpus Christi, no se pudo sacar al Santísimo por las calles ni hacer procesiones, porque debe ser que los cristianos transmitimos el coronavirus más que el resto de los mortales. El resto de la humanidad se puede manifestar y concentrar, como hace una semana en la Puerta del Sol, contra el racismo, contra el machismo y contra todo lo que diga el Nuevo Orden Mundial. Nos podemos manifestar a favor del aborto, pero no a favor de la vida. Si esto ocurre en un sistema monárquico liberal, todavía con alternancia de partidos de izquierdas y de derechas y con urnas de por medio, calculen lo que sería de nuestras desdichadas vidas en una república marxista presidida por Pablo Iglesias. Cualquier guión de película de terror se me antoja más llevadero que eso.
 
Hoy los españoles están pensando en si se van unos días a la playa o a la montaña, aprovechando que el bichito está de capa caída, preparándose para un otoño caliente. La nueva normalidad de las terrazas, el fútbol televisado y los grandes almacenes abiertos anestesian cualquier intento de ver la realidad que nos rodea. Como les suelo decir a veces, para cuando queramos despertar y reaccionar, ellos, nuestros declarados enemigos, ya tendrán parte de su trabajo terminado.