No me gustó el discurso del Rey. Esperaba algo más vertebrado en el coraje. No el verbo del alcalde de Móstoles en 1808, pero sí su espíritu, su aliento al menos. Nada. Eso fue su discurso, Majestad. La nada encarnada, valga el oxímoron, en un rosario de tópicos cansinos hilvanados en un rosario de palabras sin más propósito que el de no excitar a nadie para no irritar a unos cuantos. Palabras sin magnetismo, bostezadas más que pronuciadas. En la hora de la arenga solo hubo melopea, sermón sin Savonarola verbalizado por un sordo, escrito por un ciego y corregido por un mudo. Paracetamol para la gangrena y placebo para la metástasis, esa fue vuestra receta de Nochebuena, Señor.

Un discurso, Majestad, digno del cervantino “caló el chapeo, miro al soslayo, tentó la espada, fuese y no hubo nada”. Porque nada hubo, ni siquiera como aviso a navegantes, como mera advertencia, tal y como ese juramento no relativizable que almena los cuarteles: TODO POR LA PATRIA, que no es una ameneza salvo para los que quieren destruirla. Ellos no se sintieron ni avisados ni advertidos, ni concernidos ni amenazados por vuestras palabras, Majestad, y nosotros no nos sentimos reconfortados en la zozobra de la Patria sobre la que Vos bailáis la polca del consenso, con una partitura escrita por los líricos del odio a España e interpretada por los catamañanas del coro parlamentario.

Empecé a escuchar vuestro discurso, Majestad, añorando a Andrés Torrejón, alcalde de Móstoles, y lo acabé recitando a Cervantes como se pronuncia una plegaria: “Apostaré que el ánima del muerto, por gozar de este sitio, hoy ha dejado la gloria...”