La Historia es el relato de la Patria, de su mística y de su sudor, de su metafísica y de su materia prima: sus hombres y el pulso de sus venas. La Historia no perdona en sus sanciones aunque en la fugacidad del presente amague un triunfo, un premio efímero en la tómbola de la traición en la que sólo juegan los elegidos de la vileza, con sus vegijas llenas de miedo, sus bocas colmadas de quincalla y en sus bolsillos las treinta monedas de rigor. Ni una más. La calderilla de la traición.

La Historia exige su tributo porque su finalidad es impedir que el tiempo se desvanezca. Lo extraordinario es siempre la medida de toda grandeza, por eso hay hombres, muy pocos, capaces de llenar sus últimos momentos de un poder y de una fuerza que ya no residen en las manos de su voluntad, sino en sus obras, gigantescas, colosales, que permanecen como piedras miliares, como calzadas romanas y que transcienden en la arqueología del futuro para seguir vigentes. Obras que benefician también a sus enemigos, aquellos que venían a buscarte con un arma en la mano y la muerte al lado y que hicieron desaparecer a decenas de miles de españoles en algún lugar del infierno rojo que fue la II República. Hasta que llegaste tú, mi General, con la espada en una mano y el arado en la otra.

Hace cuarenta y cinco años que la muerte de los Césares te reclamó. La Historia exige su tributo. Este es mi diezmo, mi General: hoy, en cualquier parte y en todas partes ¡Viva Franco!