Ya lo dijo Clint Eastwood: "Secretamente, todo el mundo se está hartando de la corrección política, del peloteo. Estamos en una generación de blandengues; todos se la cogen con papel de fumar". Sin pelos en la lengua, un anciano, un sabio, como los mejores senadores de la Antigua Roma. Lamentablemente cada vez quedan menos. Pero ahí está, nos sigue advirtiendo acerca de una generación de pusilánimes, de eternos niños con varias décadas vividas encima y que no les gusta ni quieren crecer porque es cómodo, egoísta y es lo que se lleva. Son los afortunados hijos del arcoíris, aman la multiculturalidad, los transgéneros, el transracialismo, un mundo sin religiones ni fronteras, la gobernanza mundial, algo así como el mundo imaginado por el Beatle John Lennon pero con conexión wi-fi, comida caliente de mamá, Netflix en el salón, tarjeta de crédito siempre disponible y dispuestos a cambiar el mundo y salvar vidas con unos pocos euros donados a ACNUR. 

Son la generación que desde el confort adoran a los presuntos refugiados, inmigrantes ilegales o los conocidos también como migrantes. Presumen de humanismo y solidaridad hacia ellos, pero viéndolos desde lejos. No los alojan en sus casas, no viven en sus urbanizaciones ni siquiera en sus barrios. No conviven con los miles de jóvenes sin futuro ni destino, desplazados y dispersos en su inmensa mayoría por una Europa sin fronteras, porque estas ya no existen, han caído, han sido abolidas oficialmente por el Pacto Mundial de Naciones Unidas para una Migración Segura, Ordenada y Regular.

Ya casi nadie lo recuerda y de esto solo han pasado poco más de dos años. En España casi ni nos enteramos. Pasó desapercibido en medio de una crisis política, campañas electorales y elecciones en ciernes. Sin embargo, la gravedad y la trascendencia del Pacto Mundial sobre Migración ha sido clave en el actual desarrollo de un problema cada vez más grave y que no parece resolverse sino todo lo contrario: la inmigración ilegal y sus gravísimas consecuencias en el marco actual de una pandemia sanitaria, económica y moral en la que estamos.

El Pacto se firmó en la Conferencia Intergubernamental celebrada el 10 de diciembre de 2018 en Marrakech.  Por supuesto, y como era de esperar, contó con el apoyo del presidente del Gobierno del Reino de España, Don Pedro Sánchez Pérez-Castejón.

Veamos de que se trata el también conocido como Global Compact. Es un acuerdo internacional con 23 objetivos. En el punto 3 del preámbulo dice: “…Estas plataformas prepararon el terreno para la Declaración de Nueva York para los Refugiados y los Migrantes, en la que nos comprometimos a concertar un pacto mundial sobre los refugiados y aprobar el presente Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular mediante dos procesos separados. Juntos, ambos pactos mundiales constituyen marcos de cooperación internacional complementarios que cumplen los respectivos mandatos establecidos en la Declaración de Nueva York para los Refugiados y los Migrantes, donde se reconoce que los migrantes y los refugiados afrontan muchos problemas comunes y tienen vulnerabilidades similares”.

En el punto 4 del preámbulo puede leerse que: “Si bien los refugiados y los migrantes tienen los mismos derechos humanos universales y libertades fundamentales, que deben respetarse, protegerse y cumplirse en todo momento, constituyen dos grupos distintos que se rigen por marcos jurídicos separados. Solo los refugiados tienen derecho a una protección internacional específica, definida en el derecho internacional de los refugiados. El presente Pacto Mundial se refiere a los migrantes y propone un marco de cooperación para abordar la migración en todas sus dimensiones”.

Como podemos ver, si bien dice que los refugiados y los inmigrantes son grupos distintos sujetos a marcos jurídicos diferentes, al final afirma que el Pacto se refiere a la “migración en todas sus dimensiones”. Hecha la ley, hecha la trampa. En el fondo se busca con ello equiparar al refugiado con el inmigrante, finalmente ampliando las protecciones especiales también a los inmigrantes irregulares, consagrando el derecho a la emigración y acabando con la diferencia entre refugiados de guerra y emigrantes económicos.

En el punto 6 agrega: “El presente Pacto Mundial representa un hito en la historia del diálogo mundial y la cooperación internacional sobre la migración. Se basa en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible…”.

Recordemos que en el Gobierno de España creó en enero de este año el Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030 y que al frente del mismo se encuentra el vicepresidente segundo del Gobierno de España, Don Pablo Iglesias Turrión. De este ministerio se desglosa la Secretaría de Estado para la Agenda 2030, a cargo de Doña Ione Belarra Urteaga, miembro del consejo ciudadano estatal de Podemos, diputada y portavoz adjunta del grupo confederal Unidas Podemos en el Congreso de los Diputados.  Hemos visto innumerables veces un pin circular, multicolor que llevan en la solapa S.M. Felipe VI, el presidente Pedro Sanchez, el vicepresidente segundo Pablo Iglesias, el presidente de la CEOE, los secretarios generales de los sindicatos, y todo aquel que no quiera perderse la ola de corrección política de la agenda mundialista en marcha. Ese pin colorido es otro de los emblemas que están reemplazando los símbolos históricos y nacionales que representan a todos y sin distinciones de ningún tipo, aquí y en todo el mundo.  

En el punto 13 del documento leemos: Debemos empoderar a los migrantes para que se conviertan en miembros plenos de nuestras sociedades, destacar sus contribuciones positivas y promover la inclusión y la cohesión social”.Empoderar” a los migrantes, otro “palabro” de moda muy peligroso y de uso indiscriminado y generalizado, que, en este caso debido a su indeterminación, provoca al menos escalofrío.

En el punto 15, apartado C) leemos: “Dentro de su jurisdicción soberana, los Estados podrán distinguir entre el estatus migratorio regular e irregular, incluso al decidir con qué medidas legislativas y normativas aplicarán el Pacto Mundial, teniendo en cuenta sus diferentes realidades, políticas y prioridades, y los requisitos para entrar, residir y trabajar en el país, de conformidad con el derecho internacional”.  Y en apartado E): “El Pacto Mundial tiene por objeto aprovechar el potencial de la migración para alcanzar todos los Objetivos de Desarrollo Sostenible, así como la repercusión que este logro tendrá sobre la migración en el futuro”. Sobran las aclaraciones.

En el mismo punto 15, apartado G), que no tiene desperdicio, leemos: Perspectiva de género. El Pacto Mundial garantiza que se respeten los derechos humanos de las mujeres, los hombres, las niñas y los niños en todas las etapas de la migración, que se comprendan y satisfagan adecuadamente sus necesidades específicas, y que se los empodere como agentes de cambio. Incorpora la perspectiva de género y promueve la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de todas las mujeres y niñas, reconociendo su independencia, su capacidad de actuar y su liderazgo, para dejar de percibir a las migrantes casi exclusivamente desde el prisma de la victimización”. He aquí el motivo de la creación de un ministerio más por parte de este gobierno.

Y eso solo es una parte del principio del acuerdo. El documento se completa con el desarrollo de 23 objetivos, su aplicación, seguimiento y examen. Eso sí, el Pacto impulsado por la ONU también tiene un logo muy bonito y multicolor a gusto de los blanduchos como señala el viejo Clint.

Ahora quizá podamos entender mejor porqué llegamos a esta situación y porque seguimos viendo llegar ilegalmente a nuestras costas todos los días, a pesar de la pandemia, a cientos de ilegales que son felizmente acogidos por las autoridades sin rechistar. El objetivo final del Pacto Global es la inmigración ilimitada y la igualdad de derechos para todos, es decir, la legalización de la inmigración ilegal como ya ha propuesto una de las fuerzas del actual gobierno de coalición.

Ya no son necesarios los carteles con el Refugees Welcome porque la situación está normalizada, como tantas otras anormalidades impuestas por la agenda del globalismo cumplida a rajatabla tanto por el gobierno como por la oposición. En estos aspectos no tienen diferencias a pesar de los esporádicos fuegos artificiales lanzados unos contra otros, acerca de matices en el cumplimiento de la misma. Todos ellos están fascinados por los colorines del mundialismo.

Oculto tras “buenas intenciones” podemos ver que en uno de los puntos del acuerdo se considera a las migraciones como una “fuente de prosperidad, innovación y desarrollo sostenible en nuestro mundo globalizado”. Las mismas Naciones Unidas han publicado un documento oficial en el año 2000 llamado “Replacement Migration: Is it a Solution to Declining and Ageing Populations?” o “Migración de sustitución: ¿es una solución para las poblaciones en declive y que están envejeciendo?”. El término migración de sustitución no puede ser más claro: el remplazo de la población europea por otra no europea y acabar con la identidad milenaria de nuestra civilización tal como la hemos conocido.

El mismo Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas, el portugués, António Guterres manifestó: “Quiero ser claro: la migración es un fenómeno global positivo, que alimenta el crecimiento económico, reduce las desigualdades, conecta sociedades diferentes y nos permite afrontar la vaga evolución demográfica de crecimiento y declive de la población (…) Para los gobernantes se trata de una ocasión sin precedentes para afrontar los prejuicios contra los migrantes y para desarrollar una visión común en la que la inmigración pueda funcionar en todas nuestras naciones.”. Está claro que lo que ya está en marcha es la regularización de la inmigración clandestina en nuestros países y el remplazo poblacional.

Todo parece una bonita fábula buenista, pero nadie piensa en las consecuencias de esta avalancha de jóvenes sanos y fuertes como soldados, en una tierra extraña para ellos sin nada que ofrecerles. Esta población, impulsada por un plan de sustitución, como hemos visto, está en condiciones de luchar por un futuro y un bienestar para sus familias y sus pueblos en sus países de origen y sin embargo no lo hacen, sino que son impulsados emigrar clandestinamente a una Europa que en realidad no es como ellos la imaginan o les han hecho creer. Todo va en dirección al blanqueo del trafico de seres humanos en manos de las mafias con la complicidad de quienes dicen evitarlo.

Hemos visto que en Europa quedan desarraigados en manos de delincuentes y son condenados a la marginalidad, o lo que es peor aún, subvencionados por el mero hecho de ser migrante por los gobiernos de los países que los acogen provocando así un efecto llamada con las consecuencias de profundos y graves conflictos culturales y religiosos que esto acarrea. Es innegable que la inmensa mayoría posee una visión diferente e incompatible con la europea en cuanto al concepto de estructura familiar, relación entre sexos y respeto hacia la mujer y el cumplimiento de normas, leyes y costumbres. Además de los problemas en cuanto a escolarización, lengua, cualificación profesional, vivienda, por no hablar del colapso del sistema de seguridad social y de sanidad, así como también problemas de convivencia y violencia fruto de la imposibilidad de una natural integración social. Nada de esto importa en realidad viendo los resultados de las políticas implementadas por la agenda globalista de la ONU.

El Pacto fue firmado graciosamente por 164 países, pero hubo disidentes. Los Estados Unidos no participaron ni siquiera en la negociación del acuerdo por orden del presidente Donald Trump que afirmó que: "…es una tentativa de las Naciones Unidas de hacer avanzar una gobernanza global a expensas de la soberanía de los Estados". Hungría, Polonia, Eslovaquia, República Checa, Austria, Croacia, Bulgaria, Estonia, Letonia, Israel, Australia, Chile, República Dominicana, Suiza e Italia no suscribieron ni asistieron. Brasil con Bolsonaro finalmente se retiró.

Si este grave problema que sufrimos los europeos, sobre todo italianos, españoles, franceses y griegos, viene desde hace tiempo ya, con la crisis de la pandemia del Covid-19 todo parece acelerarse y agravarse aún más ya que la ONU y los gobiernos acólitos de la agenda globalista han legalizado la inmigración ilegal. Eso sí, las pateras, los barconi, los traslados de Open Arms y los saltos de valla no cesan mientras la generación amante de los pines de colores en la solapa busca conjuntar su mascarilla solidaria con lo que se lleve en ese momento.

Por suerte, de vez en cuando, algún viejo como Clint, resistente al virus de la corrección política, habla y nos advierte del peligro. “Anda... alégrame el día...”, y que nunca nos falte la sabiduría de los buenos ancianos para acabar con este presente blandengue.

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