En pocos momentos de la historia ha circulado tanta información basura como ahora. Si antes en el “speaker´s corner” londinense cualquier excéntrico podía subirse a un cajón a perorar desde su exigua altura, ahora internet ha hecho posible que todos y cada uno puedan esparcir a los cuatro vientos cualquier ocurrencia. Esto no tendría mayor importancia -en realidad siempre ha habido orates- si no fuera por 1) la escasísima formación de la mayoría de la gente y 2) la polución mental capaz de anegar los más básicos mecanismos de la lógica. Al final el prejuicio y las hormonas funcionan mucho antes que cualquier otra cosa.

A estas dos circunstancias, de por sí gravísimas, se suma otra más: las élites que nos gobiernan han sido realmente contra-élites. En realidad esto era evidente hacía ya mucho tiempo. El problema es que mientras que todo marchaba razonablemente bien, la masa de trabajadores infra-pagados y maltratados pero muy competentes iba sacando el trabajo adelante. De hecho los países -no solo éste- funcionan por una masa silenciosa de gente capaz y responsable, donde anidan los últimos rescoldos del deber. Cuando las cosas se tuercen, cuando sobreviene una crisis real en la que hay que tomar decisiones, las carencias se vuelven clamorosas porque a la elite gobernante no la ha seleccionado más que la propaganda de unos dueños a los que las crisis de los de abajo les importa bastante poco. En España ya nadie se acuerda de los inicios de la pandemia cuando iba a haber “a lo sumo uno o dos contagios”, de las mascarillas que ahora sirven pero entonces no (solo porque no las tenían), de los test que son innecesarios “porque hoy uno es negativo y mañana positivo”, de las compras millonarias de test con un error del 40%, etc. Todo esto fue público y evidente. No hay cárcel suficiente para nuestros gestores públicos, que han tratado de tapar con un rostro grave, con una corbata oscura y con un cargo rimbombante su condición de mera chusma.

¿Cual ha sido el resultado? Más allá de los miles de muertos que podían haberse evitado en gran parte, muchos han percibido el abandono de los gobernantes. Las máquinas de propaganda se han empleado a fondo. La profesión periodística y mediática en general no ha podido caer más bajo en su entrega incondicional al poder y en el cinismo aplastante de quienes no son sino la mascota del dinero. El espectáculo ha sido tan obsceno que muchos no es que se hayan entregado a los enemigos del poder, a los partidos que ejercen mejor o peor la oposición, sino que han pensado que cualquier cosa que contradiga lo que se dice desde el poder tiene que ser forzosamente cierto. Al ansia de venganza, a la rabia contenida por esta contra-elite aupada a mandar los destinos de la nación en uno de sus peores momentos, se ha sumado uno de los aspectos más oscuros del mundo demoliberal, ya denunciado hace más de dos mil años. Dice Platón en su “Protágoras”: “yo opino, al igual que todos los demás helenos, que los atenienses son sabios. Y observo, cuando nos reunimos en asamblea, que si la ciudad necesita levantar un edificio llama a los arquitectos para que aconsejen sobre la construcción a realizar. Si de construcciones navales se trata llaman a los ingenieros (armadores)… pero si hay que deliberar sobre los asuntos políticos entonces se escucha por igual el consejo de todo aquel que toma la palabra, ya sea carpintero, herrero o zapatero, comerciante o patrón de barco, rico o pobre, noble o vulgar. Y nadie le reprocha, como en el caso anterior, que se ponga a dar consejos sin conocimientos y sin haber tenido maestro”.

La democracia no se ha recuperado de esta ironía envenenada desde entonces. Burke la reiteró y otros muchos también lo hicieron después.  Las consecuencias están a la vista y, como dice el doctor Cavadas con buen juicio, no ha habido al frente de la gestión de la pandemia ni un solo experto. Por supuesto, no todo es una cuestión de conocimiento técnico fallido o escaso porque, por encima de los errores debidos a una cualificación deficiente, está la perversión moral de no querer elegir a los mejores. Nuestros mandamases han preferido confiar todo a sus deseos políticos, demostrando que les importaban los muertos en la medida en que su gestión quedaba en entredicho. En la era de la apariencia, lo vital era no parecer nada malo. Es mucho mejor que la culpa sea de otro o, al menos, que la gente lo creyera. Para eso estaban sus mamporreros predilectos: los periodistas estipendiados.

Pero no queda ahí la cosa. Para nuestra mentalidad actual, la reflexión sobre las causas de lo vivido ha sido notablemente errática. En vez de pensar, como el hombre cristiano creyó por dos milenios, que nada somos y que nuestro destino es enteramente providencial, hemos preferido creer que nuestras burguesas aspiraciones vitales se veían trocadas por terceros. Las conspiraciones de vodevil, de todo rango y amplitud, han florecido por doquier como causantes del drama. Creo que el diario digital “La Dialéctica Nacional” se molestó en recopilar las conspiraciones que circularon en los primeros meses de la pandemia. Las había para todos los gustos y varias era contradictorias. Mientras tanto, la fuente del verdadero poder, la auténtica aristocracia de los tiempos que corren, permanecía, como casi siempre, innombrada. Varios códigos penales ya se encargan de ello.

Es cierto, sin embargo, que la brusca toma de conciencia acerca de lo endeble de nuestra naturaleza, de nuestra condición finita y pasajera, ha vuelto los ojos de muchos hacia la trascendencia. No todo ha sido malo en la pandemia.

Pero los poderosos buscan necesarias cabezas de turco y, lejos de rectificar, han preferido reafirmarse en sus errores. Para ellos la medicina no es mala sino escasa. De ahí que si antes sus oponentes era culpables ahora éstos son más culpables aún. El proceso de globalización se ha acelerado solo debido a una huida hacia adelante, en medio de este castigo de Dios. Pero todo lo que hoy vemos estaba ya en el pasado; en ocasiones incipiente, la mayoría de las veces, simplemente desapercibido. Por eso, para algunos de nosotros nada de lo que sucede nos produce asombro.

¿Qué pasará ahora? La rabia contenida de los de abajo mirará al poder y éste, para conjurarlo, recurrirá a lo que lleva mucho tiempo haciendo: mentir y reprimir. Mientras que los embustes son cada vez más descarados y los modos de vida de nuestros gobernantes presentan cada vez un doblez más repulsivo, la censura mediática que relega al “hombre más poderoso del mundo” a un guiñol gesticulante ante un micro apagado, ni se molesta en ocultarse. Al fin y al cabo, todo se hará “por nuestro bien”. Alguien tiene que protegernos de la falta de rigor informativo. Lo malo es que se hará exclusivamente en el sentido que al poder le interesa y una docena de “newtrals” se ocupará de llevarlo a la práctica. Esto hará más evidente el descrédito de la vieja tesis liberal de que el Estado es la fuente de todos los males, precisamente porque ahora mismo el Estado aparece ya casi como un cómico segundón, frente a los colosos del poder que mandan desde el mercado global.

En suma, estamos en ciernes de presenciar una vuelta de tuerca completa en todas las tendencias disolventes y nefastas que estaban ya en marcha hace bastante tiempo. Los dueños del cotarro aprietan el paso con la esperanza de salvar su poltrona pero no habrá nada nuevo bajo el sol. Las fuerzas sanas de la nación deberán movilizarse más en firme. Habrá tiempos duros pero la resistencia crecerá. Recemos por ello.