Los lectores habrán comprendido que me refiero a los 140.000 millones de euros que nos tocan del fondo europeo. Los más advertidos sin duda apreciarán el titular de este artículo, que consigue reunir tres despropósitos en una sola frase.

Pero si recordamos el ridículo triunfalismo del gobierno y su aclamación a Pedro Sánchez después de alcanzado el acuerdo, casi como si viniera de vencer la campaña de las Galias, nos damos cuenta de que el titular de este artículo, indudablemente, expresa para ellos una gran verdad. Ese dinero es efectivamente para ellos caído del cielo y les va a resolver la vida a ellos; en cuanto a lo otro, recordemos la inolvidable y magnífica síntesis del pensamiento partidocrático, expresada en un momento de lucidez por la vice empoderada Carmen Calvo, cuando en una ocasión dijo que el dinero público no es de nadie.

Con ellos me refiero a la clase política en general, aunque naturalmente la que se llevará la parte del león es la tribu actualmente en el poder. Es un dinero que deberían utilizar, principalmente, para fortalecer la economía y paliar los efectos del coronavirus; lo usarán, principalmente, para comprar consenso social, favorecer a sus sectas de amigos y colonias de parásitos subvencionados, etcétera. Hago esta afirmación no porque posea una bola de cristal, sino porque confío plenamente en la incompetencia y la mala fe de nuestros gobernantes. Que tienen buenas cartas para perpetuarse en el poder unos años más si sabe usar bien este dinero caído del cielo de cuya devolución por supuesto no se van a responsabilizar.

Porque como todos sabemos el dinero no sale de la nada y habrá una devolución. La cosa más parecida al dinero que sale de la nada es, si se posee la soberanía monetaria, regular la masa monetaria desde el poder político; lo cual exige un equilibrio delicado para no provocar problemas aún mayores y naturalmente no se puede dejar en manos de un gobierno partidocrático cuyo horizonte temporal es de pocos años; por eso los mandatos de los gobernadores de los Bancos Centrales son largos como los de un Papa. En cualquier caso, Europa no posee soberanía monetaria y no puede crear dinero, tiene que pedirlo prestado a los mercados internacionales.

Por tanto, este dinero habrán de devolverlo en su mayor parte los ciudadanos europeos con su trabajo, a través de impuestos. Tanto lo dado “a fondo perdido” como lo “prestado” porque, en realidad, todo es dinero prestado y la única cuestión es cuánto debe devolver cada uno respecto a lo que recibe. Las peloteras que hubo durante las negociaciones no venían por otra cosa. Pero también a nosotros nos tocará pagar nuestra parte, y la eterna sustancia del préstamo a interés no cambia de un ápice: se trata de recibir ahora el dinero y usarlo para crear riqueza, de manera que podamos devolverlo junto con los intereses en el futuro. Si las cosas van de esta manera todo sale bien, como cualquier empresario sabe (pero no cualquier político); si en cambio esta riqueza no es creada, uno después se encuentra peor que antes porque debe más dinero.

No sé cómo les irá en el resto de Europa y si este fondo es suficiente para el objetivo que se propone, pero en nuestro país la profecía me parece bastante fácil: este dinero llovido del cielo que no es de nadie, si bien les resolverá la vida a algunos, para el país en general no será otra cosa que el proverbial pan para hoy y hambre para mañana