1. Modelos de relación entre moral y derecho

La proximidad de la legalización de la eutanasia anunciada por el gobierno socialista-comunista-separatista, se suma a la larga serie de postulados ideológicos que han encontrado carta de naturaleza en el orden jurídico español desde la llegada de la democracia: ley del divorcio (UCD en 1981) y ley del divorcio «exprés» (PSOE en 2005), despenalización del aborto (PSOE en 1985) y ampliación de la ley del aborto (PSOE en 2010), ley de «violencia de género» (PSOE en 2004), equiparación de las uniones homosexuales al matrimonio (PSOE en 2005), «Educación para la ciudadanía» (PSOE en 2006), y ley de «memoria histórica» (PSOE en 2007).

Naturalmente, los distintos gobiernos del Partido Popular (1996-2004/2011-2018) no derogaron ni una sola de estas disposiciones legales de ingeniería social colaborando a su implantación por medio de su aceptación institucional. Aunque son pocas las personas que saben que, ya durante la Segunda República, en 1932, el bloque de izquierdas en el poder legalizó el divorcio y posteriormente el Frente Popular haría otro tanto con el aborto en 1937.

Dichas leyes, en estricta etimología, son perfectamente definibles como «aberraciones», atendiendo a las dos principales acepciones del Diccionario de la Real Academia Española: «Grave error del entendimiento. 2. Acto o conducta depravados, perversos». No obstante, dicha legislación contraria a la naturaleza humana y al bien común, no surge por generación espontánea. La desnaturalización de las leyes tiene un recorrido histórico en Occidente que es necesario conocer para comprender el movimiento de retroalimentación entre la descristianización, que conduce a la promulgación de leyes inicuas y, cómo dichas leyes inicuas e ilegítimas progresivamente van arrasando el sustrato cristiano y aún humano de las personas consolidando así la descristianización y deshumanización acelerada de la sociedad. Los ejemplos históricos paradigmáticos serían la Rusia comunista y la Alemania nacional-socialista donde una nueva moral fundó un nuevo derecho.

Teniendo en cuenta el devenir de los siglos en la relación entre derecho y moral puede proponerse el siguiente esquema descriptivo:

  • Una primera etapa, circunscribible al periodo que abarca desde la Antigüedad clásica y que llegaría hasta el final de la Edad Media en que puede constatarse una firme unión entre derecho y moral, que a ojos del individualismo nihilista moderno es considerada como una intolerable confusión de ámbitos.

  • Una segunda etapa coincidente con la Modernidad (a partir de mediados del siglo XVI) en el que la cuestión irrumpe en la reflexión de la filosofía jurídica. Durante este periodo histórico tiene lugar el proceso de escisión entre el derecho y la moral, merced a determinados acontecimientos históricos como la secularización de la filosofía con el racionalismo y de la teología con el nominalismo.

  • La tercera etapa, posterior a la Segunda Guerra Mundial debido a las dramáticas consecuencias que arrastró la conflagración, en que se producen diversos intentos de conexión entre derecho y moral, pero ya sin otra fundamentación que la voluble y contradictoria voluntad humana. Es decir, rechazando cualquier argumentación de carácter trascendente que es sustituida por el consenso político entre los vencedores de la contienda: los social-demócratas y los demócrata-cristianos.

  1. Primera etapa: la moralidad del derecho

En la Edad Antigua y Media el derecho es considerado en función de la moral. Se da una identidad en sus modos de ser que no se encuentra en los contenidos materiales de ellos, sino en el común principio de inteligibilidad. Es decir, es inconcebible una ley que sea inmoral. Así queda evidenciada la caracterización ética del derecho que sólo en la posterior especulación patrística y escolástica medieval encuentra su definitiva configuración filosófica. Se subraya la primacía de la dimensión sustancial del derecho (su carácter ético) respecto a la dimensión formal (la autoridad). De este modo se reconduce todavía más netamente el derecho hacia una dimensión que sólo puede ser comprendida a través de los conceptos propios de la ética, pues derecho-moral forman una binomio inseparable y análogo al de verdad-libertad. De ahí que Santo Tomás de Aquino enseñe: «El derecho es el objeto de la justicia» (S. Th. II-II, q. 57, a. 1).

La identidad en sus modos de ser a la que se ha referido anteriormente no significa que en el mundo antiguo todo precepto ético viniera a tener relevancia jurídica, ni que todo mandato político adquiriese obligatoriedad moral. Por identidad en sus modos de ser se ha de considerar la incapacidad de pensar el derecho sino es a partir de los conceptos fundantes de la moral. No se contemplaba otra posibilidad de justificar las normas jurídicas sino refiriéndolas a un ordenamiento moral que se encontraría por encima de esas mismas leyes humanas, es decir en la ley natural. Dicho ordenamiento que puede, en concreto, coincidir con el derecho natural, históricamente determinado de la polis, es igualmente acogido no simplemente porque sea impuesto por el poder político del gobernante, sino porque es reconocido por el ciudadano como concreción de aquella ética inmutable y universal que es la suya.

Cuando Platón narra como Sócrates rechaza huir de la cárcel, aún siendo consciente de la iniquidad de la sentencia, es porque reconoce en la ética de las leyes de Atenas aquel ámbito de moralidad concreta en el cual él ha sido educado y al cual él debe su identidad humana. Otro tanto podría decirse acerca del epitafio del famoso rey Leónidas y sus 300 guerreros de las Termópilas que transmitió Heródoto: «Extranjero que pasas por aquí, ve a decirle a los espartanos que, obedientes a sus leyes, aquí yacemos».

Desde el punto de vista clásico y medieval, las leyes son siempre, en cualquier modo, meta-positivas, porque para identificarlas, no hay necesidad de acertar con la voluntad positiva del legislador. Existen una serie de verdades éticas (ley natural) que son incuestionables y pre-políticas, por consiguiente, dichas leyes existen como las ideas (en sentido platónico) pues son superiores a la legislación particular formulada por el gobernante. Es decir, tienen una existencia más real que cuanto podría aparecer al hombre común, que no tiene la capacidad de contemplarlas, porque su razón de ser es perceptible universalmente por la razón, mientras que un mero decreto es contingente en el espacio y en el tiempo. En Aristóteles la ética posee respecto al derecho positivo de cada ciudad-estado, una dimensión universal, pero empíricamente determinada. Lo justo según la naturaleza viene tomado a partir de la constatación factual de que algunas leyes son consideradas como tales por todos los hombres y por todos los pueblos (ley natural).

Por otra parte, el empirismo de los viejos filósofos sofistas parecía constituir una alternativa respecto del modelo idealista antes descrito. La insistencia sofista sobre una justicia natural, que privilegia al más fuerte sobre el más débil (otro tanto dirá Darwin con su teoría de la «selección natural»), encuentra su confirmación última en una visión reductivista (fisicista) y por lo tanto materialista de la naturaleza. Dicho planteamiento sostiene que no es la voluntad humana la que está llamada a prevalecer, sino aquella otra voluntad impersonal de un cosmos que ha repartido de manera diversa entre los hombres funciones y potencias en atención al cual los hombres deben comportarse.

Tanto en un caso como en otro, la voluntad concreta del soberano es considerada un fundamento irrelevante para las leyes. Así se explica bien por qué la legalidad griega o el muy superior derecho romano pudieron ser adaptados por el pensamiento cristiano que venía a encontrar así la única posibilidad de teorizar la ciencia del derecho. Un ámbito sustancialmente extraño a la sensibilidad evangélica, o no teorizable exclusivamente a partir de la Sagrada Escritura. La doctrina tomista de la ley eterna de Dios «participada en la criatura racional por la ley natural» (S. Th. I-II, q. 91, a. 2), al enlazar el campo de la normatividad (tan valorado por los juristas) con el de la temporalidad (tan valorado por los teólogos moralistas), representa la síntesis absolutamente genial. En próximos artículos desarrollaremos más pormenorizadamente estos conceptos.

Lecturas recomendadas: Miguel AyusoLa constitución cristiana de los Estados, Scire, Barcelona 2008; Rudolph Von IheringEl espíritu del derecho romano en las diversas fases de su desarrollo, Comares, Granada 2011; Frederick CoplestonHistoria de la filosofía, Ariel, Barcelona 2011, vol. I, t. I-II; Álvaro D´OrsElementos de derecho privado romano, EUNSA, Pamplona 2016; Alejandro Fernández Barreiro-Javier Paricio SerranoFundamentos de derecho privado romano, Marcial Pons, Madrid 2017.