Son unos golfos y unos cobardes. Esas son las coordenadas que adjetivan su ejecutoria con los sinónimos que cada conducta requiera y merezca. La Lengua Española es tan rica como pródiga es España en golfos, chorizos, cobardes e imbéciles. Sobre todo imbéciles, de los que hay más que aceitunas. Al imbécil engolfado en su cobardía, de paisano o de uniforme, con mando en plaza, lo varean en las urnas los tontos de la adoración nocturna a la democracia, que se sueñan libres porque votan. No creen en nada, salvo en las memeces que les cuentan los cobardes engolfados que les llaman a la fiesta de la democracia. No leen nada, salvo el primer nombre (si acaso) de la lista electoral explícita en la estampita que meten en la urna babeando de satisfacción por si salen en la Tele.

Los imbéciles engolfados en su cobardía son así aupados al Poder por los tontos del voto. Los elegidos se han doctorado todos en el Patio de Monipodio, por eso cuentan las vacunas contra la Pandemia como el Lazarillo de Tormes contababa las uvas. Y cuando les pillan no les majan a palos, basta con una dimisión forzada, con unas lagrimitas de atrezo, una explicación para tontos de moco y baba, un epitafio piadoso del jefe y del partido, y a la puerta giratoria, que tampoco es para tanto.

Hubo un tiempo en el que los paradigmas sociales eran los héroes y los caballeros, los soldados y los señores. En aquel tiempo la honradez era una bandera, y su ausencia una infamia. Hoy al valiente y al honrado no se les ve como ejemplos sociales sino como al perro del hortelano. Antes, la gente indecente era una anécdota suburbial de la sociedad, hoy están en el Poder, habitan sus palacios y dirigen nuestro destino. La trampa y la añagaza son sus códigos. Por eso hoy no hay Comunidad Nacional, hay rebaño. Y cuando hay que vacunar al rebaño, los primeros en hacerlo (no se vaya a acabar el forraje medicinal) son los mayorales y los pastores, aunque sus reses agonicen y  mueran en la cola y en las listas de espera.

No hay Comunidad Nacional, ni siquiera en la cúpula de la Milicia, cuyo JEMAD ha desertado de las trincheras en las que sus hombres combaten al Coronavirus sin vacuna esperando oír el toque de fagina para inyectarse el antídoto. No sé cómo se llama el JEMAD, pero sí sé que no se apellida Moscardó, y que jamás hubiera contestado al ultimátum del enemigo: “...puede ahorrarse el plazo que me ha dado porque El Alcázar no se rinde”; pues lo que ha hecho el JEMAD acudiendo, gallardo y presto, a vacunarse el primero, es como si Churruca hubiera saltado por la borda antes de ir al fuego en Trafalgar. Calderón, que conocía el paño castrense español, creía que “la Milicia es una religión de hombres honrados”. Yo también lo creía. Pretérito imperfecto de indicativo.