Por instinto autodefensivo, el humano tiende a calibrar recursos resolutivos a problemas de lo inmediato, acaso urgentes.

Pero el verdadero problema, no está en los efectos, sino en las causas, dadas sus raíces, con brotes tan benéficos como diabólicamente perniciosos para él o para el conjunto nacional o internacional.

El mayor problema del mundo en todas las épocas y más alá del presente, será el mismo como especialmente el nuestro en comparación con los siglos pasados, se resume en una sola palabra, aunque sea un poco larga: “descristianización”.

La explicación es bien sencilla; el Creador del mundo, nos dio una revelación de su identidad y de la nuestra, de sus sapientísimos planes y los de nuestro privilegiado destino…, si seguimos sus condiciones y nos acoplamos a esa misión de trascendencia eterna, como corresponde a un alma creada a imagen y semejanza a la del Creador (nada menos).

Al igual que un fabricante de electrodomésticos nos da un manual de uso del aparato para su buen funcionamiento y conservación, como no podía ser menos, el autor del mundo con todos sus elementos sapientísimos, necesarios y no menos artísticos en su expresividad del sello del Autor, TUVO que darnos sus motivaciones, mandamientos a cumplir (como única “Constitución” legal y moral) para cumplir exigitiva e incondicionalmente, si la buena marcha de ese feliz engendro quiere llegar al fin supremo de la felicidad de cada creatura libre, en este mundo y en el eterno.

En la medida en que la creatura se aparte de esta conciencia de religiosidad y unión con esa amistad inquebrantable (gracia santificante, participativa de la vida divina), se encontrará con la frustración de su ser, condenado a la ley del más fuerte, denigrado en régimen de depredador de la selva y desesperado sin brújula ni sentido a su existencia, vagando por la nada, cabalgando en la mentira, como superviviente de un naufragio.

El desajuste contra ese “orden divino incondicional” con el mal uso de su libertad por su soberbia, acarrea por pura lógica, las desgracias materiales de administraciones injustas y corruptas, las desavenencias particulares, regionales o mundiales, frutos venenosos de la rebelión contra el Creador.

Ahí están los eternos pecados capitales (7),  tan poco predicados en este soberbio complejo actual de la falsa “dignidad humana” (sin deberes y gratuita) y de la falsa igualdad (fruto de la envidia del Tener o del Ser); de la codicias del atropello (por robo o por extinción criminal de una nación inocente); de la gula (de las borracheras, botellones descontrolados, degenerativos de la especie y de la droga); de las vanidades (del no ser menos en el consumismo de empeños agobiantes); de la lujuria (los atropellos de género y de las sodomías libertinas); de las perezas (de pecados de omisión de los irreligiosos gobiernos, con sus graves consecuencias en las economías y ausencias de la verdadera y contundente justicia),

Las ignorancias en materia religiosa, condena también a la creatura al abandono del sentido sobrenatural del vivir y le debilita en una atmósfera de ateísmo práctico (el teórico no existe), de indefensión orientativa, aunque presuma de ser creyente.

Pero la fe muerta, reduce a vivir en un cementerio.

La hipocresía, pues, es el callejón sin salida a la que se llega en las contradicciones internas y los escándalos cotidianos que llegan hasta hacernos perder el sentido del bien o del mal, perpleja la creatura en el bosque sin rumbo del relativismo y del indiferentismo religioso.

¡Nada sin Dios! Ni la creatura humana puede vivir desconectada de su Creador, ni las políticas pueden ejercer al margen de la moral. Un mundo que se descristianiza, está abocado al castigo divino, autodestruido por sus propias miserias de todo tipo.

“La Verdad, os hará libres” (Jn. 8). Frente al ciego materialismo que nos obnubila, hay que recordar que “No solo de pan vive el hombre” (Lc. 4). Refugiémonos bajo la solidez del Pilar zaragozano y del Apóstol Santiago, para la Unidad Católica de España.