Ha dicho Felipe VI: “No va a ser nada fácil superar esta situación”. “No somos un pueblo que se rinda o que se resigne en los malos tiempos”. Aparentemente se refiere a la pandemia y sus consecuencias económicas, pero quizá tenga una lectura más amplia, dada la situación de golpe de estado permanente que vive España desde el gobierno y desde los separatismos. Me gustaría encontrar esa lectura en cuatro puntos del mensaje: 
1.- Reafirmación frente a  la ofensiva antimonárquica y antinacional: “Como rey, mi deber y mi convicción…  y  mi compromiso… con España”. Cabe interpretarlo como un aviso frente a los avances de la mafia del Doctor.  
2.- Defensa de la Constitución, en cuanto declara monarquía parlamentaria  al actual régimen.
3. Defensa de la Constitución en cuanto declara  la unidad de España. Invocarla supone una postura frente a las fuerzas disgregadoras. 
4.- Defensa de la Constitución en cuanto declara las libertades políticas, sujetas también a una prolongada ofensiva por las mismas fuerzas antimonárquicas, antidemocráticas y antiespañolas.
En este sentido cabe interpretar  el discurso de Felipe VI como una advertencia frente al triple ataque sistemático, a la unidad nacional, a las libertades y a la monarquía, que viene produciéndose desde Zapatero. No obstante, los puntos flacos del mensaje  son también importantes:
1. El carácter ambiguo de una Constitución chapucera, que declara la unidad de España mientras da facilidades para su disgregación progresiva, fomentada por los separatismos y los gobiernos PP y PSOE. 
2. La pretensión antihistórica, falsaria y peligrosa de que antes de la Constitución no había más que “enfrentamientos y divisiones”. Es precisamente lo contrario: la democracia fue posible por los previos  cuarenta  años de paz y escasez de enfrentamientos y divisiones. Y al contrario, estos no han hecho sino crecer en los últimos cuarenta años hasta llegar al golpe de estado permanente, amparados en una falsificación de la democracia y explotación del señalado carácter ambiguo de la ley.
3. Ausencia de referencia a la política internacional, que en España no existe. Solo queda en el discurso un canto  retórico e  inocuo a la UE, implicando la entrega de la soberanía española en función de esperanzas económicas supuestas. Felipe VI ha dado también muestras de servilismo hacia los invasores de Gibraltar.
4. Pretensión de contar con “un Estado sólido”. No es sólido aquel estado en que los separatismos no han dejado de crecer y la soberanía de menguar, hasta el golpe de estado permanente. No obstante, el rey  ha destacado a las fuerzas armadas, garantes de la unidad nacional. Quizá tenga ello algún sentido práctico:  él es el jefe de esas fuerzas.
Como vemos, lo que está en juego, y a lo que se ha referido con mayor o menor claridad el rey, es la unidad de España y la democracia, unidas en cierto modo a la monarquía. Si esta cumple con su obligación, ayudará de modo quizá decisivo a mantener las otras dos. Por eso precisamente las fuerzas golpistas tratan de destruir el prestigio monárquico, aprovechando las pendejadas del emérito, y anular la institución,  como palanca para hacer saltar la unidad nacional y las libertades.
Hoy, la alternativa a la monarquía legada por Franco sería una república no menos demencial y autodestructiva que las dos anteriores, como revela la calidad política y personal de sus actuales promotores, auténticos mafiosos. Por su parte, la pretensión de los monárquicos de ocultar vergonzante o taimadamente su origen en el franquismo es un flanco permanentemente abierto al ataque de sus enemigos. El antifranquismo es precisamente la marca de la putrefacción política y social. 
En definitiva, cabe pensar que el mensaje del rey ha sido una advertencia apenas velada a los causantes de una situación cuyo peligro está haciendo saltar todas las alarmas.  De momento, un motivo de esperanza.