Analizar el discurso de Felipe VI en la Nochebuena última  puede llevarnos a un ejercicio de simplismo barato en el dilema de  “monarquía  versus república”. La cosa no es tan elemental, tiene una complejidad que los medios de comunicación ocultan.

            Evidentemente si tengo que elegir entre Felipe VI con el marco de estabilidad política que se deriva de una Constitución convertida en papel mojado o una república que genera desasosiego e incertidumbre porque sería tan bananera como la venezolana, con Iglesias y Sánchez dirigiendo la orquesta, yo opto por seguir igual. Ya conocen esa frase tan manida “Virgencita, Virgencita, déjame como estoy”. Es decir que hay que elegir entre la enfermedad o la eutanasia.

            Soy bastante crítico con la dinastía de los Borbones. En cuanto entraron en nuestro país se desencadenó toda la serie de acontecimientos que nos llevo a la destrucción de la Hispanidad y el Imperio Generador que se produjo de la mano del legado de Isabel la Católica.

Todo lo que a continuación vino fue un afrancesamiento masónico llegado con Carlos III y su mano derecha el Conde de Aranda, que empezó su gestión expulsando a los jesuitas de España. Después de esto todo fue en una dirección de ruptura de los puentes con los virreinatos y la supresión de los aranceles, y produjo la gran ocasión de Inglaterra para colonizar comercialmente Hispanoamérica. Todo ello desembocó, siempre de la mano de la masonería, en las revoluciones de independencia de América y por consiguiente la destrucción de ese orden mundial civilizador que fue la Hispanidad. Siempre bajo el signo del ataque a la Iglesia Católica, que era en el trasfondo lo que había tras toda esta progresión de descomposición, cuya etapa final la vivimos hoy en España.

 

            No. No voy a hacer ningún panegírico a favor de esta monarquía. Entre otras cosas porque he comprobado que nuestro Jefe del Estado no es nada diferente a los gobiernos que hemos visto pasar ante nuestros ojos con perplejidad, mientras se destruye la soberanía nacional. Es decir, para que se me entienda, se ha jugado con la esencia de la democracia, ya de por sí devaluada, de que nuestra decisión al meter las papeletas en la urna tras los procesos electorales sirva para algo; y que podamos definir nuestro futuro y el de nuestros hijos. En definitiva, conservar algo que tenga un parecido remoto a lo que entendemos como democracia.

            Es definitiva, tener a este monarca y nada es parecido. No tiene ningún poder o al menos no lo ejerce a pesar de los negros presagios que se nos avecinan.  Es una marioneta en las manos de quienes atacan a su dignidad como máximo mandatario de nuestra Nación, poniendo en cuestión el rol que tiene encomendado por la propia Constitución Española. Y nos deja tirados, al píe de los caballos a los ciudadanos que vemos como todo el edificio constitucional, mal llamado Estado de Derecho, se nos viene abajo a cachitos.

            Ahora bien. Yo entiendo a la persona de quien detenta la Jefatura del Estado. No tiene margen de maniobra y no puede hacer otra cosa de lo que hace. Al menos sin poner en riesgo su propio estatus como máximo mandatario constitucional.

            He comprobado que nuestro Rey ha llevado en alguna ocasión la insignia de la Agenda 2030  en su solapa, que es la plataforma desde donde se conspira para una nueva Era, un nuevo Orden Mundial globalista en el que las naciones quedarán prácticamente disueltas, sin margen de maniobra en sus decisiones, con sus economías desbaratadas y sus estructuras de poder derrumbadas. Y con  los ciudadanos puestos a disposición de las élites internacionales para ser mano de obra barata en el mejor de los casos.

 

            Esta es mi impresión y espero que no se censure mi forma de pensar.  Creo que estamos en los últimos coletazos de libertades públicas y de los derechos individuales, ya suficientemente masacrados.

            Pero dicho todo lo anterior, que es mucho en pocas líneas, para no aburrir, he de decir que prefiero a este rey que apenas nos sirve para la defensa de nuestros derechos constitucionales y la preserva de la esencial unidad de España a otra fórmula que ya hemos experimentado en nuestra devenir histórico.   Esa Unidad está   recogida, aunque no conservada, en el título preliminar de nuestra Carta Magna, que afirma la indisoluble “unidad” de la Nación española. Lo entiende todo el mundo; unidad es un lexema derivado del término “uno”. ¿Cabe alguna duda?  Obsérvese que no habla de nación de naciones, sino de la Nación como término singular.

 

Prefiero que siga al frente de este Régimen constitucional este Rey sin funciones antes de que se abra un nuevo periodo con un régimen republicano bajo la batuta de este sistema socio-comunista, que va a destruir lo poco que queda en píe.  Por eso mismo, yo no criticaré el discurso del Rey, y aunque no lance loas hipócritas tampoco emitiré razonamientos cáusticos. Aunque por poder, podría.