Diferentes editoriales de medios de comunicación resaltan las estridencias y desviaciones contenidas en la llamada ley Celáa, la peor ministra de Educación de la Historia de nuestro maltratado país, España.               

No voy a reincidir en los argumentos que llevan a denunciar el adoctrinamiento descarado, nada sutil y sin ningún tipo de pudor, carente del mínimo sentido del deber al servicio del bien y la prosperidad de las comunidades donde rigen los destinos de sus ciudadanos. Prosperidad que siempre tiene su soporte en los valores transmitidos, preservados y proyectados a las costumbres y buenas maneras de convivencia; no en la barbarie, en la perversión de los menores y su corrupción; basados en los valores tradicionales, no en orientaciones satánicas, es decir, en la antítesis a la civilización que hemos heredado de nuestros mayores. Muy al estilo de determinadas sectas que se emplean a fondo desde hace al menos dos siglos para descomponer esa superestructura cognitiva que nos hace ser lo que somos, llevándonos a una tabla rasa de liquidación de lo preexistente que nos traerá demasiadas desgracias, y de eso no me cabe ninguna duda. Ya lo vimos a partir de 1934, con la depravación como estilo de vida, que nos condenó, sin salida posible de concordia entre españoles, al enfrentamiento civil.          

Usar a los niños como conejillos de indias de experimentaciones sociales, de modificación cognitiva a lo bestia para borrar cualquier atisbo de nuestro pasado y civilización, para corromper las costumbres, el sentido del gusto y de la estética, los comportamientos civilizados, los roles sociales, la desvertebración absoluta de la argamasa que ha mantenido unida a la familia como institución desde la noche de los tiempos, destrozando los principios del mérito, capacidad y del esfuerzo, llevando a una supina ignorancia mediante la destrucción de los contenidos  básicos para el desarrollo escolar y eso que se ha llamado pomposamente “aprender a aprender”; por ejemplo, liquidando la comprensión verbal mediante los batiburrillos lingüísticos, y así un largo etc; supone la ruptura de la esencia de las declaraciones de los derechos del niño, suscritos por el Reino de España y guía fundamental de las normas educacionales hasta la actualidad. Es un tremendo salto al vacío de cuyas consecuencias tendremos pronto noticia.               

Pero no es algo nacido de la nada, surgido de repente, originado por generación espontánea.  Hace ya algunas décadas que viene cociéndose el pastel de la descomposición.

Las logias siempre han tenido entre sus propósitos liquidar los elementos sustantivos y fundantes de la civilización hispánica que venían de las leyes de indias, el legado de Isabel la Católica, la Escuela de Salamanca con sus próceres, franciscanos y dominicos, Domingo de Soto, Francisco de Vitoria y Francisco Suárez, que inauguraron un orden mundial donde la dignidad de la persona quedara por encima del derecho de conquista. Ese tremendo tesoro heredado está siendo deslavazado, destruido y borrado de nuestra conciencia colectiva, hasta el punto de que ya no sabemos lo que somos y al no conocerlo dejamos de ser lo que fuimos. Y ese es principalmente el objeto y propósito de toda esta ingeniería social: que dejemos de ser lo que somos, que perdamos el sentido de nuestra identidad y pertenencia. Y quienes dejan de saber lo que son y quienes son se convierten en carne de cañón para su robotización para su conversión en clones o zombis en una homogénea masa convertida en  elemento a pastorear por quienes no han parado de atacar al catolicismo hasta hacerlo irreconocible, a nuestra lengua común para liquidarla como elemento de cohesión y unidad, a nuestra antropología cultural colectiva, diluyendo cualquier formación humanística que tuviera su ligazón con lo que fue hace aún muy poco tiempo; porque han tenido prisa antes de que despertemos de esta pesadilla. Y ven que mucha gente, incluido yo, hemos tomado conciencia con la realidad, descubierto el engaño, visto la gran mentira que han ido confeccionando en las mentes alienadas y empobrecidas desde un sistema educativo nefasto e inane.                

Pero no se engañen. Los mimbres que tenemos en las instituciones no son muy proclives a hacer frente a la situación y buscar la solución. El maligno está presente en diferentes formaciones políticas. O tomamos esto en serio desde el cuerpo social o no habrá salida en este intrincado desbarajuste, en este callejón cerrado.

Las llamadas transversales, sobre todo aquellas que se refieren a la llamada ideología de género y a los diseños para borrar la identidad sexual, inducir el hedonismo sexual desde la más tierna infancia y el nuevo Sodoma y Gomorra en las aulas, son la prevalencia. Lo demás ha sido convertido en cuento, en narraciones pintorescas.