Una de las premisas que identifica un Estado Democrático y de Derecho real y que no resulte ser una mera caricatura y fraude que encubra una descarnada dictadura, es la de que existan mecanismos para combatir la arbitrariedad de los poderes públicos, especialmente del ejecutivo. Otro principio, reflejo del anterior, debería ser que quien en el ejercicio de su autoridad es reprendido por haber cometido un acto manifiestamente injusto, abusivo y arbitrario, debería recibir el correspondiente reproche social, en primer lugar, desde una perspectiva política exigiendo la inmediata dimisión del responsable de la tropelía, y en segundo lugar, sin descartar la investigación judicial si ese acto arbitrario, injusto y acordado a sabiendas, pudiera incluso entrar en la órbita penal del delito de prevaricación.

  El cese del Coronel  Pérez de los Cobos ya se intuía que entrañaba una decisión arbitraria, un acto de represalia y venganza, ajena al cumplimiento de todo tipo de exigencias legales, un cese  que no puede ampararse en una supuesta y  razonada pérdida de confianza,  y que se realizó prescindiendo de un procedimiento sancionador contradictorio. Y todo por no plegarse a cumplir una orden ilegal, dar una información cuando al mando de la benemérita se le había prohibido judicialmente. La sentencia que le da la razón y acuerda su inmediata reincorporación al puesto del que indebida y arbitrariamente fue cesado, deja en evidencia los motivos por los que el actual gobierno, con una ya descarada vocación a imponerse como dictadura de izquierdas, está empeñado en conseguir el control absoluto del Poder Judicial, pues es al que le corresponde corregir sus arbitrariedades y desvíos de autoridad. Ya controla la Fiscalía y la Abogacía del estado, y sólo le resta rendir, en un asedio por hambre y sed, a jueces y tribunales que siguen siendo independientes, y por ende peligrosos para sus fines despóticos.

Esa sentencia también refleja que, en este país, en la actualidad, lo que prima es la indecencia, mostrando la decadencia de nuestra ya resquebrajada Democracia. Porque, hoy en día son acusados y vilipendiados por auténticos defraudadores y delincuentes , quienes resultan incómodos y son considerados enemigos del régimen, contando para ese fin con la inestimable arma de los juicios paralelos que condenan a los que se pone en el centro de la diana de la lapidación, aún cuando después, en los Tribunales no sólo no se destruya su presunción de inocencia, sino que se consiga que  ésta resplandezca. Al final, les da lo mismo, hoy las condenas las dictan esos medios de comunicación instrumentales y las redes sociales. Actualmente son represaliados quienes se niegan a cumplir órdenes ilegales poniendo por encima la divisa de su honor y sus principios; sufren persecución quienes no se someten a la dictadura de lo políticamente correcto; se tacha de negacionistas antisistema a quienes se atreven a elevar voces críticas contra las imposiciones, por muy absurdas que resulten, de los supuestos expertos de turno; se señala como insolidarios y malos ciudadanos a quienes se atreven a criticar la paulatina merma de derechos fundamentales que estamos sufriendo. Y mientras todos ellos sufren su propio y particular Vía Crucis , sus verdugos, ya sean ministros o aquellos que disfrutan de  prebendas y beneficios en pago a su servilismo, ocupan la cúspide de la pirámide, y no por mérito o capacidad, sino precisamente por todo lo contrario. Y por supuesto, ellos no dimiten, eso queda sólo para responsables políticos y ministros de democracias serias.

Porque en esta España se promocionan sólo los inútiles, los medradores y  los pelotas, y de forma arbitraria se elimina a los más preparados, cualificados y honestos. Ya no es cuestión de sacar la manzana podrida del cesto para evitar que se pudran las sanas, sino que ahora es la manzana sana la que hay que sacar del cesto de las manzanas podridas. Un cesto, en el que, en su parte superior vive la mugrienta casta de los que se esfuerzan en convertir este país en un estercolero moral.  Y en un estercolero moral no caben las dimisiones, porque se asienta en una multitud de cobardes que no se atreven, no quieren o no pueden, por ignorancia, elevar planteamientos críticos; una multitud adocenada a la que parece que le da todo igual y a la que preocupa sólo que no le falte su sueldo a final de mes, plegándose a cumplir lo que marque el dictadorzuelo de turno, y ya provenga la decisión arbitraria del ejecutivo o del aparato represor del partido que sea. Por eso el gesto y éxito conseguido por el coronel Ilmo Sr Don Diego Pérez de los Cobos, es una victoria de lo que nos queda aún de esa España democrática por la que luchamos en la transición, y que en estos tiempos oscuros se encuentra en más peligro que nunca.

 Por ello, por la interdicción del abuso y de la arbitrariedad: ¡ Fuerza y honor y sin miedo a nada ni a nadie!