En todos los planetas del sistema solar no se habla de (casi, y sin contar al congojavirus) otra cosa que de la muerte de un delincuente negro en USA. Perdón, de un negro presunto delincuente, pues un negro no delinque así como así… y si el delincuente no tiene ese color de piel no trasciende su detención y, ni mucho menos, que muera tras la detención (no por ella, ojo, hay una sutil diferencia. Bien lo sabemos los madrileños cuando, hace un par de años, unos municipales intentaron salvar la vida de un negro al que le había dado un infarto en Lavapiés –por los problemas coronarios severos que tenía, no porque en Madrid tengamos esbirros del sistema armados con “desfibriladores inversos” –. El caso es que Madrid ardió y hubo vandalismo y destrozos brutales protagonizados por negratas y sus acólitos ultraizquierdistas blancos que están en contra de los primeros auxilios. Todavía hoy puede verse una placa municipal en el lugar donde intentaron salvarle la vida, que dice que ahí murió un notas “víctima del racismo”. No seré yo quien defienda a los sanitarios ni a los policías, pero las imágenes y la autopsia dejan bien claro lo que pasó… a no ser que “racismo” sea una enfermedad cardiaca. Entonces me cayo, oye).

Esta noticia de marras es sólo un anzuelo que os tiendo para contaros 2 curiosidades personales, 2 hechos reales míos, que vienen muy a colación de todo este desquicio planetario causado por el comunismo internacional y que pueden aportar una buena moraleja: el día que salvé la vida de un moro, y el día que un puto moro atentó contra la mía, levemente pero con sutilezas nefastas, como se verá.

Lo primero acaeció en Ciudad Real capital, la ciudad de (casi) toda mi familia. Una madrugada yendo solo por una zona de copas me topé con un altercado. Hace más de 20 años, cuando yo no distinguía entre la vida y la muerte. Una patulea agrediendo a una persona. Intervengo y me pongo entre la patulea y la persona, que resultó ser un jodido moro (trajeado, eso sí). Les pido explicaciones, para bien defender a la víctima o bien para dejar que lo siguieran masacrando si era victimario, aunque en inmensa minoría. El delito del chico (tendría mi edad, 20 y pocos años) era que había “entrado” a 2 chicas en un enorme pub de la zona. Ya está. Ese fue su delito. Ni lo hizo de malas maneras, ni las intentó robar, ni violar en el baño… sólo se dirigió a ellas. Bien… como yo estaba acostumbrado a bregar con paletos agresivos, que los hay por doquier en Ciudad Real, lo vi claro: a este le quieren hostiar sin razón, como han intentado conmigo algunas veces, por los mismos motivos… pero con el agravante de que este chaval “es un puto moro, no es español” eso me gritaban. Sólo viendo la cara de terror del moro, su aspecto aseado, inofensivo y su traje con corbata (todo eso pese al desaliño de las hostias recibidas ya); y las pintas depravadas de los borrachos lugareños y sus putitas, reafirmé quien merecía protección. Cogí al moro del pescuezo con mi brazo izquierdo, para dejar el derecho libre, pues es el que tengo más entrenado para las hostias, y al grito de (más o menos):“¡yo soy español, a ver qué me hacéis a mí, cabrones. Me llevo al moro!” me fui con el moro y todos me abrieron un pasillo para tal efecto. Obviamente dije e hice algo más, pero son sutilezas que no vienen al caso.

Me lo llevé a una gasolinera y le invité a una lata de birra. Sí, eran tiempos donde las gasolineras vendían birras 24 horas al día. Se empeñó en ir a comisaría para denunciar la agresión. Le intenté disuadir diciéndole que la paliza que yo le había evitado se la iban a dar los maderos… pero se empeñó y le guié a la comisaría. Al final, justo en la puerta, decidió no denunciar. Y nos despedimos, no sin antes cogerle la lata de birra, pues ni la había abierto el capullo, supongo que no tomaría alcohol, como la mayoría de su nauseabunda raza. Estaba allí como estudiante universitario, por cierto.

Al día siguiente me lo topé por la tarde, yendo yo con amigos y familiares y él con otros moros también trajeados. Se abalanzó sobre mí y me abrazó dándome las gracias en su español precario. Me desprendí de él diciendo “de nada” y “adiós”, pero el tío pretendía invitarme a tomar algo y contaba extasiado lo ocurrido la noche anterior… “Lo volvería a hacer, pero no soy tu amigo. Así que déjame en paz”. Y eso fue todo lo que le dije.

La otra historia es de hace un mes y poco, una solitaria noche en Madrid capital yendo caminando por una acera al lado de la Glorieta de Quevedo. Casi me atropella una bicicleta de montaña que iba a toda hostia por la acera, con una enorme bolsa “porta-papeo para vagos o inútiles culinarios” en la chepa del ciclista, que me envistió por detrás, rozándome. Obviamente, le grito y la bici frena en seco derrapando, pero no para responderme, sino porque a 10 metros estaba su guarida, una tienda de comida basura. Con buenas maneras, le digo al ciclista que tenga cuidado, que casi me atropella y que en la acera ha de ir bajado de la bici, máxime si ya estaba al lado de su trabajo y yo en la acera, y la carretera aledaña, que es por donde debe circular. Me dice: “hermano, estoy trabajando”. Ahí ya se acabaron mis buenos modos. Ni una disculpa, nada… me suelta eso, de manera altanera… con el asco que me da que alguien me diga “hermano”, ¡y encima era un puto moro!. Le digo que yo también voy al trabajo y no por eso atento contra alguien, como sí hace él; le insisto en lo malo de su comportamiento, y el tío a lo suyo, poniéndose cada vez más chulo. Me acerco a él y me encaro (era más alto que yo, lo cual me motiva, y yo no soy enano) ya a gritos y con cabreo ante su vacile. Empiezan a salir compañeros suyos de cloaca, ante el escándalo, y ahí se hace fuerte el puto moro y me grita: “¡Vete a tu puta casa!”. Era la fase más molona del confinamiento, ojo. Con ese grito ya obtuvo todo mi amor y se lo quise mostrar. Peeeeeeeero… sabe más el “demoño” por viejo que por “demoño”… ¿de qué me sirve a mí acabar malherido, muerto o en la cárcel, por un puto moro asqueroso e irrespetuoso, imprudente y temerario? Porque esas son las 3 únicas circunstancias que suceden en estos casos. Así que continuamos con insultos a gritos, lógicamente los míos con estilo y los suyos con improperios de quien no sabe ni conjugar un verbo en español. Me fui alejando despacio, pero varias veces volví a por él, frenándome al final por aquello de las funestas consecuencias de enfrentarlo como merecía (y seguramente a sus compañeros de cloaca… y yo no soy superman, además). Eso sí, entre insulto e insulto le dije que, seguramente, en 5 minutos iba a estar cuidando de alguno de sus putos hijos bastardos, pues mi lugar de trabajo temporal era una residencia pública de menores… un lugar impresionante del presente que tenemos en Espena y del atroz futuro que nos espera, sobre el cual ya escribiré algo o haré un documental.

La gente es tan estúpida que no tiene filtros ni mesura en su comportamiento. No saben qué es el contexto ni juzgar las situaciones sin mirar la raza ni la condición de las personas, sino lo que ocurre. Hay un moro por ahí que piensa que soy amigo suyo, y otro que piensa que soy su enemigo… cuando yo no le atribuyo a ninguno de los 2 la cualidad de pensar, porque un moro es un animal regido por instintos y por su horrenda teocracia y supersticiones bárbaras al uso. Lo delirante del asunto es que nosotros les mantenemos y ellos nos expolian y agreden. ¿Alguien puede decirme una sola agresión de un español a un moro que haya ocurrido en España desde el final de la reconquista (no sirven inmigrantes nacionalizados o hijos de ellos nacidos aquí, que son los que agreden a sus compañeros de barbarie)? Yo sí puedo decir una, la que he contado de Ciudad Real. No creo que haya más. Ojo, me refiero a injustas, no a las victimistas y tergiversadas por motivos políticos, económicos y psicopáticos, como la noticia que dio comienzo a este artículo.