Aunque ya es gallina vieja, Corina no es que siga creyendo en los Reyes Magos, es que sabe que los Reyes Magos existen. Para Corina su Rey Mago no es ni Melchor, ni Gaspar, ni Baltasar. El Rey Mago de Corina es Juan Carlos I el Rumboso que, con su camello español y sus pajes muditos, le llenaba a Corina los zapatitos de regalitos que para sí hubiera querido la mismísima Cleopatra cuando Marco Antonio estaba tan encoñado con la faraona egipcia como el rumboso Borbón lo está de la polioperada princesa germánica, a la que los años y el bisturí le han moldeado una jeta de muñeca chochona de caseta de feria poligonera. Pero ya se sabe que el amor es ciego, y en el caso de los Borbones decadentes, además de ciego, es sordo, mudo y tonto. Por eso, cuando el amante se arrastra con muletas hasta el lecho de la amada, las carencias adyacentes a las muletas hay que paliarlas con regalitos que la hagan olvidar que no comparte tálamo y caricias con el David de Miguel Ángel en carne mortal, sino con las frías muletas de un Borbón decadente, más presto al sueño reparador que a galopar en las ancas del amor.

Harta ya de siestas sin fiesta, de noches con más ronquidos que gemidos y de castidades con muletas, Corina estaba ya con un pie en el pescante y el otro en el andén de los adioses sin lágrimas, cuando la alarma bancaria de su móvil le notificó que su Rey Mago, Juan Carlos I el Rumboso, le acababa de dejar en el zapatito de su cuenta corriente un regalito de 65 millones de euros. Con lo cual, la Cleopatra del Rin ni se lo tuvo quie pensar mejor, se apeó de un destino incierto y volvió sobre sus pasos a acunar a Borbones decadentes dándoles sopitas y buen vino a ellos y 3-En-Uno a sus muletas, que si no están bien lubricadas chirrían y despiertan a Villarejo.