Pretende volver tal y como se fue, sin grandeza. Quiere granjearse el salvoconducto de los defraudadores con morriña, pagar el diezmo que creyó poder hurtarle a las arcas públicas después de haberse evadido como un furtivo. Yo no sé cuánto hay de cierto en la contabilidad de sus delitos ni en las coplas de su bragueta, pero nadie se presta a una fuga de Patio de Monipodio sin que el oro le queme en la bolsa ni el vodevil le baile en la entrepierna. Nadie, y menos un Rey.

Si regresa, escondido en un escándalo con sordina y agazapado en un silencio sin blasones y sin honor, no lo hará para arrodillarse en Santa Gadea porque en estos predios ya no hay hombres como Rodrigo Díaz ni pueblo como aquél que hiciera exclamar al Infanzón de Vivar: “¡Oh Dios, qué buen vasallo si hubiera buen Señor!”.

No habrá multitudes aglomeradas en la espera de su retorno, sólo silencio popular y cacerolada republicana en el Parlamento y en los Medios de Comunicación, de cuyas secciones de bidé y burdel ya está siendo pasto y forraje el anciano Rey del trasvase de la lealtad inquebrantable a la traición impagable, al que adornaron con la asepsia sustantiva de Transición.

Volverá para mudar en lo que, con la imprescindible colaboración de su conducta y de su ejemplo, ya le han convertido las comadres y las porteras de ese patio de corrala que es la Prensa española: un híbrido de Bárcenas con caducos blasones regios, de follarrubias de bote y yate, como Espartaco Santoni, y de ganso tontolaba como Paquirrín, pero más alto y menos calvo. Bienvenido a la Patria que nos dejaste, Juan Carlos.