Ni están legitimados, y ni mucho menos capacitados para otra cosa que no sea el mal. Poco a poco hemos ido aceptando, como normales, dichos, hechos y situaciones que no lo eran. Hemos sido testigos mudos de una transformación que de una forma silente nos era introducida, sin dar batalla alguna por pensar que eso no iba con nosotros. No nos hemos escandalizado, cuando deberíamos haberlo hecho, y ahora, todo aquel que alza la voz en forma de protesta, es estigmatizado y criminalizado. No aceptan el debate, dando cuestiones por zanjadas y cerrando toda posibilidad de disidencia. Nos venden la democracia y la libertad como valores absolutos, siempre y cuando pienses y aceptes su visión del mundo. Buscan consensos, allí donde solo hay adhesiones inquebrantables.

Poco a poco, empezamos a descubrir la nueva normalidad que nos están diseñando. Una normalidad bajo el mantra de lo políticamente correcto, donde la discrepancia no tiene cabida y donde el pensamiento único se nos impondrá, bajo la amenaza de ser excluido de la sociedad. No hay cosa peor que la apariencia de libertad, cuando esta solo existe si tu opinión es la misma que la de la masa, la opinión del borrego, que debe ser coincidente con la del rebaño y con la de la clase gobernante. Para la creación de esa nueva normalidad, esa nueva sociedad, era fundamental el control del relato de la historia, la transformaron hasta tal punto, que la verdadera historia, solo es una caricatura de esta nueva que nos han impuesto y que hemos aceptado como verdadera. El control del pasado, es fundamental para controlar el futuro. Su obsesión de transformación ha conseguido un mundo colectivo imaginario, negando la realidad del pasado.

La nueva progresía, muy alejada en lo estético de la clásica, inventa nuevas banderas a las que aferrarse, pero con un denominador común, con un falso buenismo que tiene como finalidad última, crear una sociedad homogénea que impida toda discrepancia y que no ponga en duda lo que ellos consideran son valores irrenunciables que todos debemos aceptar, si queremos formar parte de la misma. Mienten de forma sistemática, sabiendo que lo hacen, y sus mentiras son aceptadas por naturalidad por todos, unos por ignorancia y desconocimiento, y otros por miedo a ser excluidos, no dando ninguna batalla ideológica, que ponga en riesgo tu futuro profesional o profesional. Son malvadas, pues nos hablan de libertad, cuando lo niegan a todo aquel que les deje en evidencia.

En el manual del progresista del siglo XXI, concurren muchas contradicciones. Antifranquista de última hora, nacidos mucho después de la muerte de Franco, comunistas que no saben lo que es el comunismo, que viven en palacios y pasan las vacaciones en lugares paradisiacos, muy alejados del comunismo real, feministas ocupando puestos de relevancia por haber sido enchufadas por su pareja, por su macho alfa, sindicalistas que jamás han trabajado, antifascistas que no han visto un fascista en su puñetera vida y que además no saben ni lo que es el fascismo y muchos progresistas de salón, que tienen como modelos a seguir regímenes subdesarrollados importadores de pobreza.

La masa esconde su ignorancia en el rebaño, como autodefensa y como medio para ocultar su desconocimiento. La mayoría del progre actual, lo es más por el miedo a quedar excluido, que por convencimiento. Han conseguido normalizar lo más detestable de la sociedad. Un monstruo con cimientos basados en las mentiras que no acepta la duda a su imposición ideológica. Solo dando la batalla de las ideas que nunca se dio, conseguiremos revertir una situación que cada vez se antoja más insoportable y menos libre. La apariencia de libertad, es solo estética y muy poco real.