La mentira mata a diario. La mentira sobre los muertos cristaliza en infamia su memoria, caricaturiza su recuerdo en las tabernas de lo grotesco y otorga barra libre para el insulto y el salivazo. La reiteración de la mentira no la muda en verdad, sólo en propaganda. Efectiva, pero falsa. Por eso la mentira necesita códigos que le den fuerza de Ley. Para borrar hasta el eco de la verdad no basta con juglares, mercenarios y traidores, muchos traidores con la legitimidad y la furia del arrepentido de saldo y ocasión, que repitan el estribillo de la mentira hasta el hartazgo con el entusiasmo de la paga cobrada y de la soldada inminente. No basta, ellos son sólo el coro de la ponzoña, el orfeón de la melopea. Hace falta la Ley, con sus tribunales y sus sayones, con su morral de amenazas y su arsenal de castigos para silenciar la verdad en el frío del miedo a deletrearla. Lenin lo acuñó en su evangelio del Terror: “Contra los cuerpos la tortura, contra las almas la mentira”.

Eso es la Ley de Memoria Democrática, la codificación de la mentira en un paisaje envenenado durante medio siglo con la saliva de una propaganda atroz sobre el nombre y la obra de Francisco Franco. El Me Too Antifranquista, con sus monaguillos de la derecha, sus comisarios socialcomunistas, sus fariseos de la Conferencia Episcopal y sus meapilas del separatismo de chapela y barretina, tendrá ahora un pentagrama legal para vomitar su sinfonía de odio y de rencor, de ignorancia y de estupidez, de pereza y cobardía sobre la memoria del mejor hombre de España, sabiendo, además, que la réplica histórica y científica, intelectual y académica, cultural y hasta emocional será cercenada, yugulada, con la multa hipertrofiada, en cuya inasumible desproporción habita el mudo que calla y otorga y que condena a la verdad al ostracismo de las catacumbas.

Sólo el fanatismo ideológico y el resentimiento corrosivo aliados con una derecha emasculada que padece ceguera moral, explican la Ley de Memoria Democrática, un disparate sectario y un esperpento marinado de lírica chequista en una España domesticada en la libertad de exaltación de cualesquiera perversiones biológicas y sociales y que castiga con la picota y la lapidación públicas el mero relato, aún exento de adjetivos laudatorios, de la Historia de España desde el 18 de Julio de 1936 al 20 de Noviembre de 1975. No, no es una paradoja. Es la máxima expresión del totalitarismo, que alcanza su cénit cuando los amos del Estado se autoproclaman dueños y señores de la verdad.