Esperaban agazapados en los atajos de la Historia, donde se emboscan los furtivos para robar el pan de la ocasión amasado por manos ajenas para el zurrón de los ladrones. Se precipitaron con calculada lentitud, para no repetir errores añejos, sobre el botín y la dote, sobre el caudal de la herencia y la unidad del legado para reducirlo a la nada de la fragmentación, donde solo habitan el expolio y la diáspora, la ignorancia sobre el origen y la indiferencia sobre el destino.

Con el futuro en sus manos enterraron el pasado en el oprobio. Glorificaron la historia de sus abuelos hasta convertirla en paradigma mientras, con los zapadores de la mentira, cavaban la necrópolis de la Verdad.

Atrincherados en la paciencia tejieron despacio la urdimbre desde los púlpitos a las aulas, desde el Parlamento a las fábricas, trufadas de comisarios sindicales más prestos a la consigna política que a nutrir la tartera de los trabajadores, y desde la tertulia al sol de la terrazas de los españoles al sofá familiar de cada hogar, donde todas las noches se acomodan las palabras del maestro y la cansada pereza del padre, que subraya con indolente actitud la mochila de falsedades que su hijo trae de la escuela, para que el niño deje de dar la brasa entre la cena y el partido de Champions que se juega en la Tele.

Y así, generaciones enteras de españoles se fueron a la cama mirando horrorizados la foto del abuelo en la repisa del salón con uniforme de Alférez Provisional, con chapiri legionario, boina requeté o camisa azul remangada. Del horror colectivo inoculado en la escuela sobre el pasado de sus abuelos pasaron, al ceñir pantalón largo, a la vergüenza individual jaleada y cultivada por los nietos del Frente Popular, a los que se arrimaron buscando el perdón de su pecado original en el bautismo progresista, alejándose de la idea de España impresa e implícita en aquella foto del abuelo que papá acabó arrojando al desván cuando su hijo, airado, le espetó “no sé cómo puedes seguir teniendo la foto de ese fascista en el salón”. Despacio, poco a poco, para no repetir errores añejos, les robaron el alma. A todos. Por eso han ganado.