Su boca desdeñosa chorrea vanidad. Tan crecida en su papel de favorita ocasional del chulo de taberna que, sin tener media estocada, gallea como un matón calabrés, Irene Montero se envanece en su oquedad intelectual desde la magistratura ministerial, tan vacua y prescindible como ella misma, que su compañero de tálamo, amo y señor de Podemos, le ha regalado para tenerla entretenida mientras a él se le mueren los ancianos en las residencias, tal y como a su abuelito se le morían los fascistas en las tapias, en las cunetas y en los sótanos de las chekas, y como a su papá se le morían los policías y los guardias civiles en los panfletos de propaganda del FRAP.

El discurso de la favorita es tan leve y tan tópico que ni siquiera irrita a sus enemigos, produce fatiga y risa. Ni siquiera asco, sólo risa cansina. Ella es el mocho de la fregona dialéctica que la pobre saca cada vez que el matón ejerce de perdonavidas en el Congreso. Se siente obligada a hablar, como otras favoritas se sienten obligadas a otros menesteres, para reafirmar su statu quo, renovar su permiso de residencia en el lujo proletario de Galapagar, bracear en la nada de su ministerio-mercería y en el vacío del escaño que llena de baba y de gansadas feministas, y que también le regaló el chulo que pastorea la alcantarilla podemita con el fino olfato de los poceros para avizorar los excrementos reutilizables. Esa es la dote de su coyunda sin velo ni cola de novia. Ni el Padre Ángel se atrevería a casarla no fuera a aparecer por el akelarre ceremonial Rita Maestre para meterlo a hostias en la sacristía de las pateras, llena de okupas y rataflautas saqueando el cepillo y los cálices para hacer botellón en la narcoparroquia que regenta como Monipodio regentaba su célebre patio sevillano.

Irene Montero se solaza y se ufana en el gozo de ser la favorita, y para no perder sus prebendas mira para otro lado cuando el rumor de alcoba le retuerce la cornamenta porque el silencio y la ignorancia fingida son más rentables que el despecho y el desgarro. De la hortera poligonera a la cayetana de Serrano, todas las favoritas saben que en su mutismo de damas bobas están los títulos de propiedad y las escrituras inmobiliarias.

Al día siguiente de que su churri se soltase la coleta en el Congreso para poner en fuga a Iván Espinosa de los Monteros, acusándole de ser un golpista sin huevos, Irene se puso el mocho en la lengua denunciando que todos los que no estamos en su alcantarilla política pernoctamos en los cuarteles y engrasamos las orugas de la Acorazada para echarla a ella del palacete de Galapagar y de su ministerio-mercería. ¡!Pobrecilla¡!, no vale para engalanar la taquilla de un recluta y cree que es la musa de la Acorazada.

Aunque algunos, es cierto Irene, sí tenemos sueños platónicos, en sentido estrictamente filosófico, con lo que tu coleta y tú representáis, con la vileza que encarnáis y con la amenaza que suponéis. Decía Platón que “solo se puede cuidar y sanar el alma de un tirano matándolo”. Hay que ver cómo se las gastaba el padre del Pensamiento Occidental. Amén.