Actualmente, en nuestro país, los niños son los grandes olvidados de las leyes que proyectan los adultos, incluso cuando se trata de normas que supuestamente se redactan para protegerles. Todo, mera hipocresía, nada que ver con los principios que debían inspirar esa normativa a tenor de legislación internacional, especialmente la Convención de Derechos del Niño de Naciones Unidas de 1989. Esos derechos se han adulterado de tal forma, que son un mero espejismo, una falsa, un pretexto sobre el que se justifica la defensa del supuesto interés del menor. Un interés que no se sustenta en razones objetivas sino en postulados y dogmas ideológicos, desconectados absolutamente de lo que realmente puede, apriorísticamente, resultar lo más positivo y beneficioso para una infancia supeditada a otros intereses.

Y lo peor, es que incluso  esa manipulación, no sólo se queda en la elaboración de leyes que se someten a la dictadura del fanatismo ideológico de minorías que se han impuesto  a costa de engaño y represalias a quienes se han opuesto a sus planteamientos, sino que también alcanza a la forma en que se interpretan y aplican esas leyes en los Tribunales,  a los que se ha puesto bajo el ojo de Observatorios que supervisan su actuación, y haciendo que el principio de independencia judicial se quede en un mero recuerdo del pasado y en una frustrada aspiración de futuro. Un control que se pretende incrementar y hacer, a ser posible absoluto, logrando mayorías de miembros afines en el propio Órgano de Gobierno de los Jueces, El Consejo general del Poder Judicial.

Los niños tienen, lo primero, el derecho de nacer, lo cual ahora se cuestiona y  a muchos se les niega, ( en 20 años no se podrá reeditar una segunda versión de la película “Campeones” porque no habrá actores para filmarla), tienen derecho a su integridad y salud,  a una educación de calidad en la que sus padres tienen la opción de elección, tienen derecho a crecer y desarrollarse con dignidad y sin interferencias de un Estado intrusivo, tienen derecho a ser felices con su padre y con su madre, con su familia materna y paterna…sin embargo, como se ha dicho, todo queda en cuestión, lo cual es consustancial al actual clima de hipocresía y relativismo moral, siendo  que todos esos derechos, hoy en día, en este país sectario, se deben interpretar no bajo la perspectiva del interés del menor, desde la perspectiva  de la defensa de inocencia de la infancia, sino desde la tiranía de la perspectiva de género. Es el nuevo feminismo radical el que marca lo que resulta bueno y malo para los niños, al igual que marca lo que es bueno o malo para una sociedad que se ha querido polarizar en torno al enfrentamiento entre lo masculino y femenino. Los niños no han sido, pues, ajenos y han resultado ser víctimas de todo ese macabro diseño de ingeniería social, edulcorado bajo esa perspectiva, que, ahora, por lo visto, también hay que denominar enfoque, y que tiene por fin, entre otros, el adoctrinamiento de una infancia que ha sido feliz, disfrutando de las películas de Disney, que ahora también entran dentro de la nueva censura revisionista. Porque ahora, por ejemplo,  lo importante es dejar claro que el “Sr. Patata” de Toy Story es “Cara de Patata” a fin de evitar supuestas discriminaciones sexistas. ¿Se puede ser más idiota’ ¿a qué no?, pues nada, ahí tienen a los medios aplaudiendo la ocurrencia del tubérculo de turno.

 Porque lo cierto, es que la felicidad de los más pequeños ha quedado relegada a un segundo plano, los niños se han convertido en instrumentos, medios para conseguir los fines que se ha propuesto ese nuevo feminismo de corte totalitario de extrema izquierda, de lo cual parece que no se ha enterado la gran mayoría de una derecha que ha entrado al trapo y ha quedado prendida en la tela de araña de todo su discurso manipulado. Los niños pierden, muchos padres y madres pierden, muchos abuelos pierden, muchas familias pierden, la mayor parte de la sociedad pierde… y ante tanta derrota y pérdida de derechos, hay otros que salen ganando a costa del sufrimiento de esa mayoría silenciada de perdedores. Porque se trata de una falsa felicidad impuesta a todos, en este nuevo Mundo feliz y vacunado, en este nuevo orden y normalidad mundial, en el que, en verdad, la única felicidad que importa es la que, para sí, unos pocos se tienen reservada y garantizada en el final de su oculta y real agenda, aquellos que siguen en su línea revisionista de cuentos, como el famoso de los Hermanos Grimm que ahora pasaría a llamarse, en ciertos círculos de nuestro País, Cuento de Hásel y Greta.

Y ojo con criticar a ese nuevo lobby de poder, así como a otros, porque no perdonan a los que con razonamientos y con la lógica del sentido común, les plantan cara, convirtiéndose en sus enemigos a batir, y a cualquier precio.  Mas, el riesgo puede merecer la pena, pues está en juego la felicidad, la normal y pacífica convivencia de una infancia que es parte de un experimento globalista, que, de momento, resulta muy lucrativo y rentable en términos políticos, a quienes entran en su juego y a costa de una sociedad tan manipulada y alienada, como lo son, también, muchos niños.