Ver a una rata buscando barco donde alojarse es anuncio de que un barco está a punto de irse a pique.

Esta reflexión me la provoca ver, leer y escuchar cómo el ínclito Iván Redondo anda el hombre, como Harrison Ford, "En Busca del Pesebre Perdido". Y el tío no es nada escrupuloso, después de haber convivido tan cerca del ser más embustero de cuantos han defecado en la taza principal del palacete de la Moncloa.

La cercanía al Poder para Iván Redondo es como para el cocainómano ver una "papelina" al otro lado de la cristalera de un escaparate.

Ya fuera del rescoldo monclovita; regenerado el olfato, nuevamente volvió a oler el irresistible olor del Poder en la comunista vicepresidenta de este Gobierno, doña Yolanda Díaz, con la misma fuerza que reconoce un perro el olor que exhala el sexo de una perra que está en celo, o como el elegante caballero que asistente a una lujosa recepción, es capaz de asegurar a sus acompañantes, con un rotundo éxito, la inminente aparición de una bellísima dama, al percibir la suave fragancia de un carísimo perfume.

Pero la dama comunista, con la lógica de su intrínseco valor intelectual, por mucho que se adorne de Gianni Versace, al menos para Iván Redondo, se va velozmente desodorizando, a tal velocidad y grado que, por el momento ha quedado aparcada para alcanzar ser la primera mujer que en España llega a presidir su Gobierno.

Pero como todos los que van tempranito a las playas con su detector de metales, ha seguido buscando entre las "armas" del elenco político y, como la joya que todo buscador aspira encontrar entre las arenas playeras, junto a chapas de botellas de refrescos, preservativos y colillas -de cigarrillos- él, Iván Redondo, ha encontrado, limpia y resplandeciente, a la presidenta de la autonomía madrileña, doña Isabel Ayuso, como portadora de los máximos requisitos que se necesitan para ser la primera Presidente de este país y él, como descubridor, sentado nuevamente feliz moviendo los hilos del guiñol.

Los milagros, si se dieran como los churros, dejarían de ser milagros. Sin quitarle una mica de su valor personal a doña Isabel, lo primero que necesita España es desembarazarse de esta vergonzosa casta política de la que muy posiblemente ella sea una de las pocas personas que señalarían lo excepcional.

Después de liberarnos del Sanchismo, todas las instituciones del Estado, deberíanse desinsectar y desinfectar fregándolas, frotando fuerte con Zotal, hasta que vuelvan a ser ocupadas sin temor a nuevas plagas.

Entonces, todo limpio como una Patena, sería el momento de buscar hasta encontrar, sea mujer u hombre, a una persona verdaderamente preparada para desempeñar dignamente tan altísimo honor.

Esa no es labor de un triste bufón que lo único que busca es un nuevo pesebre de donde seguir comiendo opíparamente, del esfuerzo de los demás; invento del que como el ciudadano Sánchez y la gran mayoría de la actual plantilla política del país, están viviendo como "rajases".