Me quedo absolutamente absorto y admirado del temple de esos tres guardias civiles, estáticos, imperturbables, autocontrolados hasta la trasmutación de los axones neurológicos en fibras de acero, nervios de acero. A un metro de ellos desafiantes pero nerviosos, entre el temor y el odio histriónico, atenazados por el miedo, ante tres estatuas inconmovibles, la turba; con la cara cubierta, sus capuchas características, su cobardía osada. Los borrokas de toda la vida, los esbirros del terror procedentes de las cochambrosas zonas opacas, ocultados en el número, nunca dando la cara, gritando contra la Guardia Civil. 

Es el Ospa Eguna Altsasu, es decir Alsasua de toda la vida, a 15 km escasos del lugar donde yo nací y donde pasé los mejores momentos de la infancia. ¡Quien lo ha visto y quién lo ve! ¡Cómo se mutan los pueblos, las gentes y las cosas! No siempre a bien, como se puede comprobar.

El significado de Ospa Eguna es “día de la vergüenza”. No han podido encontrar mejor significante para calificar tal efemérides. Vergüenza de caer tan bajo como para  despreciar a un cuerpo policial tan noble, tan sacrificado, tan volcado al servicio de los españoles, tan abnegado, y tan mal pagado.

 

Tengo entre mis  manos un libro de una buena mujer de un guardia civil. Se llama Josefa, valenciana como su marido. 66 años ella. El hace tiempo retirado que es como se denomina la jubilación de los guardias civiles, porque el que es guardia civil no se jubila, se retira, nunca pierde su condición, nunca abandona a la familia, ni a la carnal ni a la benemérita.

Este libro narra, con su forma natural y sincera de decir las cosas, sin andamiajes retóricos, lo que fue una experiencia más de una mujer que acompañaba a su marido por cuarteles vascos en los años de plomo y azufre, sus penalidades, la insidia y la inhumanidad de la población que debiera acoger  a un servidor público; el sufrimiento, la imposibilidad de criar a su hijita en un medio hostil, el abandono de una parte de la Iglesia de su misión evangélica, y un largo etc. Voy a transcribir algunos párrafos que lo expresan mucho mejor de lo que yo pueda escribir en este artículo. Les dejo con esta noble mujer amante de su marido, madre de cuatro hijos, abuela, ligada a la Guardia Civil sin serlo.

“Oía algún ruido en la calle o el crujir del techo de la casa y mis ojos parecían dos faroles abiertos durante varias horas, horas que pasaban hasta la madrugada, me temblaban hasta las piernas y todo el cuerpo de miedo, no dormía hasta que oía llegar a mi esposo, cuando ponía la llave en la cerradura, me decía yo ¡ya está aquí! Y respiraba con más tranquilidad”

“Salí de día y me dispuse a ir a la farmacia, porque no tenía papilla para ponerle en la leche, me armé de valor y fui. Y decidí ir yo sola con mi hija, ya que no vivía en el cuartel y no tenía a nadie para dejarla. Yo estaba esperando a que me atendieran, y ¡cómo te miraban al entrar, como si fueras un apestado! A mí y a mi hijita y te ignoraban a propósito, aunque dijeras buenas tardes o buenos días.

Por educación yo lo decía, pues sabía que no tendría contestación, pero yo lo decía, me habían enseñado así mis padres y en los colegios a dar un saludo, yo era joven y si no me contestaban eso me dolía, pero al final ya te daba igual.

De pronto se sintió un tumulto, con un griterío y gente correr de un sitio a otro.

Entonces entraron corriendo en la farmacia unas mujeres hablando en vasco entre ellas, y en las calles seguía el griterío y correr de un lado para otro se veía al mirar por los cristales.

La farmacéutica se acercó a mí y muy educadamente me dijo: por favor, así por lo bajito, venga conmigo y póngase en la parte de detrás (o sea la trastienda) de la farmacia donde guardamos las cajas de los medicamentos. […] 

Permanecí escondida intentando que la niña no llorase y así un buen rato no sé cuánto, pero fue eterno para mí, hasta que se fueron todos y quedó en silencio la calle, me vino a avisar que ya podía salir.

Al regreso a casa por poco me da algo, el miedo lo llevaba en el cuerpo y solo pensaba en mi pequeña, que no le hicieran nada, pues no hubiera sido la primera que agredían, y rezaba y pedía a Dios. No podía ni correr y aunque no se oía nada por ningún lado. “

“Allí nos vendían el pan, pero la mujer nos hacía esperar a que se quedara sin gente y nos servía a las dos o tres que íbamos siempre juntas en grupo, era una persona muy educada siempre nos decía que lo sentía, como queriendo decir lo tengo que hacer así.”

“En grupos se envalentonaban sobre todo con las mujeres, tenían que ir tres o más para chillar los insultos o amenazarnos […], lo que más asco me daba era que nos escupieran a nuestro paso con  nuestros niños pequeños, era una porquería, y una falta de educación grandísima, pues los más mayorcitos preguntaban por qué hace eso mamá, y les decíamos es que no están bien, no lo ves. No hay que hacer caso.”

“Pues ponían una bomba y volaban todo por el aire cayera quien cayera, cuantos guardias asesinaron allí, sobre todo quitando la bandera vasca que por entonces estaba prohibida ponerla. Cuando los guardias estaban descolgándola estallaba la bomba que habían puesto, o una bomba trampa, que los terroristas de ETA habían puesto, y morían dos o tres, padres de familia, o chicos jóvenes con veinte años. Eso no lo olvidaré en la vida. No sé cómo no se volvían locos los guardias de ver tanta masacre, y sangre, por los suelos, de los cuerpos irreconocibles por las bombas, de esos compañeros de fatigas, y que habían estado hablando con ellos unos momentos antes. Más de un guardia perdió la razón y algunos no lo resistieron.”

“Ya que habían dado su vida por lo que creían y juraron, Honor, Patria y Justicia; y lealtad a la bandera y al Rey, antes a Franco, los últimos años, y luego a todos los gobiernos democráticos que han ido pasando. No acudía ningún presidente de Gobierno pues aún parecía que se avergonzaran de nosotros, los que caíamos muertos asesinados, para resguardarlos a ellos. El entierro era sobre el amanecer o el anochecer, para que nadie se enterara que habían enterrado a unos héroes. Todo esto no se habla ni se dice.”

Fueron ella y su marido a llevar a su hija al Hospital, y cuenta que… “Cuando nos vieron entrar nos salieron al paso varias personas y algún celador diciendo que no podíamos estar allí. Les dijimos que nuestra hija estaba enferma y la llevábamos en brazos con dos años. No sabíamos qué le pasaba. (Conocían nuestras matrículas de los coches de todos los que estábamos en el norte y estábamos muy vigilados por ellos, (y no precisamente por los buenos). Dijeron que bien, pero todos a la calle, solo pasaba la niña, la cual fue cogida por una enfermera y no en la sala de espera y su padre y nuestros amigos en la calle”

“Un domingo como otro cualquiera de los que íbamos a las 12 horas a oír misa, vino un cura joven. No lo habíamos visto antes, pero eso era lo de menos. Empezó la misa y cuando llegó el sermón, de pronto, empezó a hablar de los inocentes vascos, que habían cogido y estaban en la cárcel. Ya entonces se decía que la Iglesia vasca tuvo mucho que ver en la formación de ETA.”

“Al tener un poco de miedo (bastante) nos juntamos en grupo las mujeres de los guardias con nuestros hijos, que cuando oían los golpes, los chillidos y el caer de las piedras, se ponían a llorar. Y teníamos que mentirles con cara de alegría, aunque no era así. En casa de Ángeles dormíamos cinco. Con una cama de matrimonio dormíamos dos adultos y un niño. Y en la cuna otros dos niños. Cerrábamos la habitación con la llave que tenía mi vecina Ángeles. Y escondíamos un hacha que tenían para trocear los animales, como el conejo, del susto que teníamos. Pasaron los días y no teníamos ni pan para los niños…”

“Por ponerles un ejemplo. Hace cuarenta y cuatro años, cuando pedía una barra de pan, o preguntaba quién es la última en castellano, respondían que no lo entendían, que lo dijéramos en vascuence. Esto también nos suena a muchos ahora, y es que el odio a España y a lo español, era y es tan grande que no podían oír hablar en castellano, ni ser mujer de guardia civil. Eso ya era sentencia de muerte, y ahora algo parecido retruena en toda España en unos sitios más que otros. Igual, como una plaga, salimos del País Vasco y yo pensaba… ¿He estado viviendo en mi patria? ¿Dónde he vivido? ¿O estoy en otra tierra, en el extranjero? ¿Por qué no reconozco este País Vasco como si fuera parte de mi país, de España, por el odio de mucha gente?”

Y refiriéndose a los actuales días… “En estos tiempos, los peores, desde hace unos diez años o tal vez algo más, también empezó la quimera y el odio a los hijos de los guardias. Y ahora se ha extendido por casi toda España, donde ciertas gentes están ahí, en unos pueblos más y en otros menos”

La Guardia Civil es una policía militarizada, y como tal se comportan sus componentes. La disciplina es su forma de actuar. El trabajo bien hecho su modelo. Los valores de servicio al prójimo, su bandera, unan constante de raigambre  cristiana.

La familia de los guardias civiles es una extensión del Cuerpo, y como tal actúa. Saben que sus maridos, o mujeres, están ahí porque tienen una vocación, un orgullo. Es servir a España y a los españoles.

Si no fuera porque cada vez sé más de lo que hay detrás del Partido Socialista, sería para mí incomprensible que quitaran el lema “Todo por la Patria”, en el que se concentraba la esencia de la Guardia Civil. Patria viene de padre, y no hay padre sin familia. Es velar por la casa del padre donde vivimos todos los españoles. La casa de nuestra estirpe. Pero todo eso tratan de desnaturalizarlo de forma persistente y sin descanso. Tratan de adulterar el sentido propio y originario de un cuerpo policial que es la envidia entre las policías del mundo.