A  menudo se señalan en defensa del franquismo los espectaculares éxitos económicos conseguidos por aquel régimen. Eso es importante porque, según los razonamientos baratos al uso del antifranquismo, un régimen como aquel, al servicio de banqueros, obispos y generales,  solo podía causar miseria y hambre. En todo caso se le reconoce cierto mérito cuando se liberalizó a finales de los 50, y la renta per cápita subió espectacularmente. Sin embargo el avance viene ya de la inmediata posguerra, como reflejan los principales índices económicos de los años 40 y 50. Avance frente a una hostilidad internacional soviético-anglosajona que pretendía, efectivamente reducir al hambre y a la miseria al pueblo español. Otro mérito histórico gigantesco, fue librar a España de la guerra mundial, cosa que no habría logrado ningún otro régimen. Esto revela que el éxito del régimen por entonces no fue solo económico, sino ante todo político, defendiendo a toda costa la independencia frente a un acoso criminal.
Ciertamente, el franquismo no debía nada ni tenía por qué doblegarse a países de Europa occidental,  liberados por los ejércitos useño e (indirectamente) soviético, y que habían quedado bajo la tutela militar, política y económica de Usa. España, libre de esa tremenda deuda histórica, no se dejó intimidar. Además, el franquismo había sufrido y derrotado al comunismo en España, y de ningún modo estaba dispuesto a su vuelta en un plan “democrático” que traería nuevas convulsiones. Este es, muy por encima del éxito económico, otro mérito transcendental  del franquismo. Y también había derrotado a los separatismos, otra fuente de convulsión social y política. Para mantener la paz  y la prosperidad, el franquismo restringió, sin anular del todo, las libertades políticas de los componentes del Frente Popular. Y  mantuvo las de los partidos o “familias” vencedoras de la guerra, así como una libertad personal más que notable, y la herencia cultural cristiana. 
Después de casi cuatro décadas extraordinariamente pacíficas y productivas, cabría esperar que quienes se consideraban herederos del Frente Popular habrían aprendido algo de la historia. Y algo parecían haber aprendido en la transición, lo que hacía posible, en principio, una democracia productiva y no convulsa o caótica como había sido la república.  El gran problema vino de que los herederos del franquismo prefirieron olvidar aquella historia y sus propios orígenes, hasta terminar comulgando con la falsa historia elaborada por la izquierda y los separatistas. Y hubo otro sector que atacaba la democracia con argumentos de los años 30 y  creyó en la continuidad de un franquismo que se estaba desintegrando desde su interior.
La herencia del franquismo ha sido la paz, la unidad nacional, la independencia en las relaciones internacionales,  la prosperidad y la reconciliación, una corrupción escasa, una economía básicamente liberal con pocos impuestos y estado pequeño, una cultura de base europea y cristiana, bastantes leyes tan bien hechas  que permanecen, la monarquía…  Al atacar  (retrospectivamente) al franquismo, se ha atacado indirectamente esa magnífica herencia. Es un programa acelerado desde Zapatero y al que ahora la banda del Doctor, junto con comunistas y separatistas, quiere dar los últimos toques, con la colaboración de hecho del PP. Aquella herencia era tan fuerte  que ha exigido a sus enemigos varias décadas de  paciente corrosión hasta llegar al  golpe de estado permanente.
Y por eso, precisamente, es necesario recuperar la verdad de la historia, pues solo sobre ella será posible edificar la convivencia en libertad y combatir el programa de quienes disfrazan su odio liberticida a España bajo capa de  un antifranquismo impostado y presentado cínicamente como defensa de la democracia. De la cual siempre fueron y siguen siendo sus peores enemigos.