España es un niño catalán de cinco años que juega solo en el patio del colegio. España es un niño de cinco años al que le han colgado del cuello la campanilla medieval de los leprosos para que se haga el vacío a su paso. España en Cataluña es un niño mendigo que ha pedido la limosna del Tribunal Supremo de un cuartillo de Español para aprender a leer la lengua de sus padres, para aprender a contar en el ábaco de Cervantes, a rezar en el idioma de San Ignacio de Loyola en la Cueva de Manresa y a escribir en la misma lengua en la que el Capitán de Infantería, fundador de la Compañía de Jesús, escribió en Cataluña sus inmortales Ejercicios Espirituales.

Ese niño de cinco años ha pedido la limosna del Español, el idioma del que Julio Verne decía: “¡Qué lengua, qué lengua tan abundante y tan sonora. Estoy seguro de que entran en su composición setenta y ocho partes de cobre y veintidós de estaño, como en el bronce de las campanas!”. A ese mendigo de cinco años los bandoleros del separatismo catalán le han hurtado el cobre de su plumier infantil y el estaño de su mochila escolar para que no pueda fundir en la fragua de su garganta la campana de bronce del Español, y hacerla repicar en sus labios y en sus cuadernos, voltearla en la cima de sus alegrías y hacerla doblar en el surco fluvial de sus lágrimas.

Le han robado el idioma y el futuro porque le han robado la identidad, sin que el Gobierno de esa ficción infamante, de esa entelequia caricaturesca, de ese espejismo de barraca y charanga que es España en Cataluña haga nada, absolutamente nada, para derramar sobre ese niño de cinco años el caudal de palabras que, del Manco de Lepanto a José Pla, fundieron las campanas de “la lengua en la que Dios le regaló a Cervantes el Evangelio del Quijote”.

Está solo. Han abandonado a ese niño de cinco años, al que los Herodes del separatismo catalán han atado a la picota del odio lapidándolo en las Redes Sociales y exigiendo su expulsión del colegio y de Cataluña. Le balizan el camino del éxodo y le señalan las posadas del exilio mientras al Gobierno de España le ordenan silencio y le pasan una nota parlamentaria, escrita en el luminoso Español de Pablo Neruda, en la que dice “me gustas cuando callas porque estás como ausente...”

Está solo, y sólo él es España en Cataluña: un niño de cinco años que pide el pan de su lengua. No sé cual es su nombre, pero sí sé que se llama como Isidro Llusá y Casanovas, aquél otro niño catalán que en 1808 hizo redoblar su tambor en el Bruch para poner en fuga y derrotar al Ejército francés. Que la Virgen de Montserrat le ampare y le de fuerza a sus baquetas para que el tambor español de un niño de cinco años redoble, como en el Bruch, en los patios de todos los colegios de Cataluña. Si us plau, Moreneta.