«Vocalice un poco más». A propósito de una intervención parlamentaria del ciezano Doroteo, el comunista Pablo Iglesias ha sumado a su extenso y brillante currículum profesional un nuevo cargo: el de Filólogo Mayor del Reino. El comunista Pablo Iglesias se las da de gracioso al simular no comprender lo dicho por alguien que se expresa con un deje muy del sur de España, a la vez que alardea de entender a la perfección el español que gastan las narcodictaduras de Venezuela, Bolivia o Ecuador. A costa del acento murciano, el comunista Pablo Iglesias ha vuelto a comportarse como el nuevo rico que lleva dentro, un cacique que desprecia y mira por encima del hombro a quienes en la era de la globalización él sigue considerando como catetos de provincias.

 

Con su altanero postureo, el comunista Pablo Iglesias trató a los paisanos del ciezano Doroteo como si todos fueran unos garrulos. Indudablemente, desconoce por completo las raíces de las que están nutridos. Murcia fue la cuna de Diego de Saavedra y Fajardo, uno de los mayores intelectuales españoles del siglo XVII; de su obra destaca fundamentalmente su pensamiento político, a través del cual desarrolló unas tesis que el comunista Pablo Iglesias considera rayanas con el fascismo, ya que incomprensiblemente no recogían las cuotas de género como método de acceso a cargos ministeriales. Los ciudadanos de Murcia han crecido contemplando su Semana Santa, en cuyas procesiones desfilan algunas de las figuras del mejor imaginero barroco del mundo, el murciano Francisco Salzillo; claro que sólo las que pudieron salvarse del fuego con el que los correligionarios del comunista Pablo Iglesias incendiaron decenas de iglesias durante la Guerra Civil. Y en fin, fue Murcia la ciudad que vio nacer a Juan de la Cierva y Codorníu, universalmente conocido por ser el inventor del autogiro; aunque quizás al comunista Pablo Iglesias le suene más el nombre de su hermano Ricardo, si quiera porque fue asesinado en 1936 por sus compinches frentepopulistas en Paracuellos del Jarama.

 

Ciertamente, Murcia no es Valladolid ni Salamanca. En las tierras del Segura no suelen pronunciarse las eses finales de las palabras como magistralmente se hace en las del Pisuerga o el Tormes; lo que no quita para que en ella se hable un español más que correcto. Posiblemente motivado en el hecho de que Murcia sea una de las pocas regiones de España donde puede hacerse efectivo el mandato contenido en el artículo 3 de nuestra Constitución: aquel que prescribe el deber de todos los españoles de conocer la lengua española y su derecho a usarla. Aunque tiempo al tiempo, porque siempre cabe que algún paniaguado de la misma cuerda ideológica del comunista Pablo Iglesias ilustre a los políticos locales acerca de las bondades que acarrearía introducir el panocho como idioma cooficial y vehicular. Con el chorreo de dinero público que habría de por medio, nada es descartable en absoluto.

 

Prueba de que en Murcia se utiliza bien el español se obtiene cuando se construyen frases desprovistas de esas últimas eses delatoras. Por ejemplo, si a un murciano se le interroga acerca de cuál es la obra principal del filósofo Kant, responderá con suma perfección gramatical que la Crítica de la razón pura. En noviembre de 2015 al comunista Pablo Iglesias no le sirvió de mucho su excelso dominio de la lengua de Cervantes, ya que se refirió a la misma como Ética de la razón pura. En su descargo, debe advertirse que todavía estábamos en los días en que vivía en un cuchitril de Vallecas y no dispondría de espacio físico donde ubicar libro alguno; confiemos en que la cosa haya cambiado tras su mudanza al chaletaco de Galapagar, en el que cabe la Biblioteca Nacional entera.

 

Quien haya visitado Murcia habrá comprobado lo rica y variada que es su gastronomía, a la que es fácil rendirse a cualquier hora y época del año gracias a su buen clima. El murciano gusta de tomarse una cervecica, un vermusico o un vinico con su familia, con sus amigos e incluso solo, que ya le dará palique al camarero o al primer parroquiano que ande apostado en la barra de un bar; a las malas, rellenará esa soledad buscada observando el vaivén de las zagalicas, a las que cortésmente cumplimentará y de las que atentamente se despedirá deseándoles que anden con Dios. Si aún no tiene hambre, acompañará sus beberrutes con cascarujas o pastico seco. Si ha quedado con más gente, la esperará pidiéndose un pulpico al horno, un caballito, una marinera o un matrimonio. Si quiere picar algo informal, tirará de un platico de michirones, de un zarangollo o de un pastelico de carne. Si desea comer a pajera abierta en la huerta, reservará un menú cerrado que incluya arroz y pava, con sus alcanciles, sus bajocas y sus pésoles. Y si se encuentra en la costa, seguramente opte por encargar un caldero (normalmente pidiendo menos raciones que comensales para no darse una tripá). Cualquiera que haya sido su opción, concluirá su refacción con unos paparajotes y un belmontico. Y en todos los casos, el murciano no habrá parado de hablar: con eses, sin eses o como le salga del capullo.

 

Porque la oferta culinaria pimentonera no distingue de idiomas ni de cómo se exprese cada cual. Tampoco tiene afán monopolístico. Es obvio que otros se sienten más cómodos tirando hacia arribota e hinchándose a chikitos y pintxos en una herrikotaberna con sus amigos batasunos, mientras les agasajan los oídos explicando que la banda terrorista vasca fue la única que entendió la Transición. Existen documentos gráficos al respecto que recogen la festiva jornada y el discursito en cuestión, pronunciado con unas eses exhaladas con una pulcritud tal que, aun a riesgo de ser contagiados del coronavirus, cualquier murciano pagaría por ser humilde merecedor de él en directo. Puede que hasta el ciezano Doroteo decidiera rascarse la faltriquera y apoquinara unas perricas para asistir a tamaño máster lexicológico.

 

Pese a lo que algunos aprendices de sátrapa tienen preconcebido, y más allá de la consonante de marras, el murciano construye bien el idioma y respeta su gramática. Cuando se cruza temprano con alguien, le saluda amablemente sin recurrir a la fórmula del buenor días. Si se le pregunta la hora a media mañana, no responderá que son lar doce. Si ha de poner una excusa, no comenzará su perorata con un ej que. Y si tiene que conjugar un verbo tirando de participio, pondrá su correspondiente d entre las vocales, no como esa ministra portavoz del Gobierno que comete faltas de ortografía cada vez que abre la boca.

 

El murciano tiene su intríngulis, algo tan obvio como que la luna se ve mejor por la noche. Pero de ahí a que venga un macarra analfabeto y ágrafo a dar lecciones de nosequé, hay un trecho. Con su arrogante actitud, quien esta semana despreció al ciezano Doroteo por su forma de hablar se ha destapado como lo que es: un tontolpijo.