Ernst Jünger retrata al pusilánime que abriga su cobardía en una impostada veneración talmúdica a la Ley como ese sujeto que “viendo que están violando a su madre sale corriendo a buscar un abogado”. Jünguer no conoció a Pedro Sánchez ni a la hueste de bufones emasculados que conforman su corte parlamentaria, su gobierno hispanicida y su orfeón de juglares periodísticos. No, no los conoció, de haberlo hecho hubiera arrojado sobre ellos “Tempestades de Acero” para ahogar hasta el recuerdo de su felonía, de su cobardía y de su miserable claudicación ante los violadores de su madre, de la Mater Hispania.

El cobarde retratado por Jünger es un jabato en comparación con Pedro Sánchez el Magnánimo. Aquél, al menos, buscaba un abogado para su madre violada, éste ni quiere ni busca abogados, fiscales o magistrados para la violada Mater Hispania; sólo busca un trasunto de Padre Ángel colectivo que haga una homilía laica sobre las bondades políticas del aquí no ha pasado nada y pelillos a la mar. Busca el perdón que humilla, aún más, al que lo otorga porque el beneficiario lo rechaza con chulería. Busca el perdón para el que no sólo no se arrepiente, sino que además se ufana en el crimen perpetrado y gallea su intención y su vocación de volver a consumarlo con el viento siempre en sus velas porque lo que tienen a proa es una flatulencia como Pedro Sánchez, y lo que se avizora en el horizonte es un grumete sin coraje y sin colmillos como Pablo Casado. Por eso ya gritan desde lo alto de sus palos mayores, ¡Independencia a la vista!

Pedro Sánchez el Magnánimo, generoso traidor, no busca el perdón para los hispanicidas del separatismo catalán. No. Lo que en realidad busca es que ellos le perdonen a él y que Cataluña, cuya alma colectiva Pedro Sánchez identifica sólo y exclusivamente con el separatismo, perdone a España por ser y estar en Cataluña desde antes de que Roma estableciera la capital de la Hispania Citerior en Tarragona, la Imperial Tarraco. Ciudad natal del General Batet, aquel catalán españolista y republicano que en 1934 acabó con la proclamación de independencia de Cataluña sin darles cuartel, tregua ni perdón a los separatistas sublevados.