El verano trae polémicas insulsas pero ante las que no es posible hurtarse. Rosalía está de gira y ha despertado un aluvión de crónicas mediáticas y polémicas en muchos casos inducidas.

Anda la muchacha de exitosa gira por España, con entradas caras y miles de personas en sus conciertos.

Le acompaña en ello una inteligente campaña publicitaria gratuita que le hacen quienes musicalmente nunca irían a ver a Rosalía o nunca la escucharían pero la detestan, y ella lo sabe. Lo peor que te puede pasar en ese negocio es la indiferencia.

Cuenta además con unos bien enjugados comentaristas/críticos que difunden y alientan la polémica  publicitaria con titulares confusos que, bajo la aparente crítica, hacen exactamente lo contrario.

El vamos a ver a Rosalía se ha hecho imparable y es una realidad incuestionable. Más allá de que te guste o no. Dudo que se plantee gustar a todo el mundo.

Como fenómeno de marketing musical actual hay que darle un 10.

Durante 4 años no había sacado disco y se había apuntado a la moda de la cantante de videoclips cuidados, muy cuidados. Lo que practican las relativamente juveniles reinas del reguetón femenino, con mezclas/colaboraciones que, por lo visto, dan alta rentabilidad. Apariciones haciendo dúos y tríos que se repiten con una docena de cantantes que tienen millonarias cifras de visualizaciones (más videoclips que canciones editadas).

Rosalía se ha apuntado a la música visual, a los álbumes visuales (el escalón siguiente al videoclip pensado para consumo en la red), en los que reina Becky G con notorio éxito, pero procurando, en su caso, no quedar reducida a un género. Cierto es que la mayoría de estas ”estrellas” rehuyen las giras de muchos conciertos y Rosalía quiere el escenario, de hecho es el escenario lo que la catapultó, quizás porque espera perpetuarse en él y no ser el producto de consumo para unos años.

Su esperado tercer álbum, esperado porque durante dos años se ha creado publicitariamente el deseo del mismo, una ansiada nueva ruptura, presentado por capítulos coleccionables, por más que se empeñen, no va más allá.

En Motomami, pese a la apariencia o lo que se podría esperar, hay de todo y escasa coherencia conceptual.

Se trata de un producto muy pensado y poco innovador, preparado para el escenario y para pasos de tiktot. Precisamente lo contrario de lo que se le pedía, de lo que muchos esperaban musicalmente, pero eso da un poco igual porque, como pasa con las películas de Disney, hay una maquinaria bien engrasada para alabarla y anda en el estatus internacional y no en el nacional.

Las críticas que he leído sobre su gira me parecen algo pueriles, porque inciden en algo que da igual a sus seguidores.

Es no comprender que para ellos, para los que pueblan sus conciertos, lo importante es la actuación visual, la potencia de la imagen, el más espectacular baile dentro de modelos coreográficos bastante reiterativos pero efectistas. Aunque, llegados al éxtasis, la muchacha no aguante más tanto zapatazo y se incline por su raíz flamenca con taconeo incluido. Y esos seguidores, que no la aguantarían cantando flamenco más de una canción, la jalean igual.

Criticar que no lleve músicos, más allá de que se saque al pianista, a un guitarrista o un cajón, está bien, pero escaso es para quienes no esperan que haga eso, llevar músicos, y además saben que no es algo tan raro en la escena. No hay engaño.

Se ha escrito que hay exceso de Auto-Tune y trucos, pero esto lo usan sin recato no pocos cantantes que ya no saben actuar sin pinganillo y petaca, pero eso a los que van a verla en España les da igual y en su gira americana carece de importancia.

Que tiene problemas de sonido. No se crean, pasa de forma más habitual de lo que parece. Las voces de los cantantes de hoy tienen cada vez menos potencia ante los vatios, y el chorro al lanzarlo se les agota. Su dicción se pierde porque pronunciar bien cuesta más al cantar y si además se baila, más complicado. Y a no pocos cantantes cuesta trabajo entenderlos en directo.

La voz de Rosalía es muy peculiar, incluso portentosa, con personalidad, distinta, pero su chorro llega a donde llega cuando lo lanza. Aunque me parece que la desaprovecha al no experimentar con ella.

Cuando en 2017 lanzó “Los ángeles” sorprendió por lo que de variación en un disco de raíces flamencas suponía. A mí su versión de “La hija de Juan Simón” me pareció portentosa; igual que su versión tipo requiem de “Me quedo contigo”, de los Chichos, es una muestra de talento, pero con eso no se consiguen miles de espectadores.

Musicalmente su hiperpublicitado “Motomami”, su tercer disco, queda muy lejos del “El Mal Querer”, al que hay que reconocer su originalidad; a veces es solo ruido adornado con palabras de jerga o dialecto que pretende transmitir modernidad. Incluso desaprovecha vocal y musicalmente las posibilidades de la canción “Hentay”, aunque en directo sea efectista.

Letras envueltas con un argumentario de mensajes de tipo reivindicativo que en directo no se perciben porque no se entienden, sólo apabullan los ritmos simples y la coreografía. El discurso sobre sus letras, explicados antes o después, está medido  para que sea, sin molestar, válido en el discurso progre, pero tampoco es que se salgan de lo habitual. Pero todo ello sirve para ganar dinero de forma rápida.

Rosalía se ha construido un personaje, algo fundamental, que funciona para un determinado público, pero que, musicalmente, ha decepcionado, por más que la aplaudan los críticos o por potente que sea su puesta en escena, que lo es.

Aunque a mí lo que me sorprende es que, a pesar de todo, más allá de su exceso en la minipelícula que es su videoclip de “La Fama”, es el recato de sus pantalones cortos bajo su vestido.