El sol rozaba con los bordes de su circunferencia los límites del horizonte pintando de color rojo amarillento la Tierra y el limpio cielo de Castilla. La ventana entreabierta de la habitación dejaba pasar la tenue y fresca brisa del otoño, y los rayos del sol envolvían en una especie de bruma de color ocre la estancia arrancando reflejos irisados a los cuadros, espejo y objetos metálicos.

El anciano, con los ojos húmedos y apagados por el peso de tantos años de vida; seminconsciente por la enfermedad que desde hacía varias semanas le mantenía a la espera de su última hora, tenía, sin embargo, su mente clara y lúcida. Sabía que iba a morir, pero no era eso lo que le atormentaba, lo que le atormentaba desde que cayó enfermo, era encontrar antes de morir la palabra perdida que oyó por última vez pronunciar a su abuelo cuando él era un niño de apenas cinco años. Ahora, tras haber recorrido una vida de 90 años y llevar 85 buscando la palabra, anhelaba volver a escucharla, volver a oírla, volver a verla antes de morir. Llevaba toda una vida buscándola, rebuscándola en los entresijos de su memoria…nada, era imposible. Recordó como desde el momento en que su abuelo murió antes de haber podido decirle de nuevo la palabra, la buscó y la buscó. Buscó la palabra en sus padres, en sus amigos, en sus compañeros de trabajo, en la única mujer que amó. Buceó en bibliotecas, consultó diccionarios, escudriñó en buscadores de Internet… ¡nada! El sabía que nada más verla y leerla o escucharla de la boca de alguien, sabría que era la palabra que su abuelo le dijo cuando apenas tenía cinco años, sabría que era la palabra perdida. Y aquella palabra, por lo visto, había sido desterrada, estigmatizada, arrancada, arrojada, borrada del vocabulario los hombres.

El sol se había ocultado por completo tras el horizonte. –“La habitación debería de estar a oscuras” - reflexionó el anciano. No era así. Una luz como jamás antes había visto iluminaba la habitación. Era una luz de un blanco purísimo, que emanaba sosiego y paz. La luz fue tomando la forma de un túnel que poco a poco iba envolviendo a su cuerpo que parecía ser succionado. Se sentía flotar, se sentía arriba desde donde podía ver su cuerpo inerte y lívido sobre la cama. Avanzaba por el túnel y, conforme lo hacía, en sus paredes vio reflejada toda su vida como si de los fotogramas de una película se tratara. Fue al llegar al fotograma en que, cercano a cumplir cinco años, frente a su abuelo, que cálidamente le sostenía en sus brazos, cuando volvió a oír la palabra perdida: verdad. Entonces lo comprendió todo. La palabra perdida, la verdad, había sido desterrada del vocabulario de los hombres porque los hombres no pueden ni saben vivir en la verdad, porque la verdad les resulta insoportable, porque su cobardía les impide enfrentarse a la verdad. Y comprendió el egoísmo del hombre, su ruindad y mezquindad; su resentimiento y rencor, su hipocresía que le hace tapar la verdad, huir de ella. Comprendió al fin, que el hombre se separó de la verdad desde los albores de la humanidad, prefiriendo vivir en la mentira porque, aunque mancha y pudre la existencia, es más cómoda que la verdad.