Sometidos regular y rigurosamente a pillaje y acostumbrados a refunfuñar sobre la azada, pero solo a refunfuñar, nada más, porque los grandes mercaderes del capitalismo han reforzado en nosotros el viejo hábito de la sumisión, esperamos en el reducto de nuestra impotencia a que la codicia de los oligarcas de las Eléctricas nos pegue otro sablazo para engordar hasta la obesidad mórbida sus rapaces balances.

Cotidianamente, poco a poco, vamos abdicando de nuestra condición de ciudadanos (concepto políticamente evolucionado, moralmente elevado y socialmente revolucionario) para asumir sin rechistar una concepción utilitarista y mercantil del hombre y de la sociedad: la de consumidor, usuario y cliente. Y aunque nos hayan hecho creer lo contrario, el cliente no es el que manda sino el que obedece. El término “cliens” (cliente) deriva de “cluens” que en latín significa “el que obedece”.

Quizá no nos demos cuenta, pero en nuestra pobre condición de clientes, de zampabollos, no de ciudadanos, obedecemos sin pestañear los dictados de las grandes empresas que, en el sacrosanto nombre de la libertad de mercado, crean y recrean nuestras necesidades, monopolizan a su antojo, que no al nuestro, la satisfacción de nuestras demandas y capitalizan, con unos márgenes obscenos de beneficios nuetro impulso de consumo.

Pero, eso sí, somos libres. Libres para elegir la compañía electrica que nos dé el sablazo. Al fin y al cabo para eso está la libertad de mercado. Es usted muy libre de elegir la compañía de ladrones que le instale el contador de la luz, cualquiera de ellas le va a robar con el beneplácito del Gobierno (el que sea, qué más da) y con la complicidad del Parlamento y de los Sindicatos Chaperos.

Somos consumidores libres. ¡Qué ingenuidad!, y nunca mejor dicho porque ingenuidad en Derecho Romano es el estado de la persona nacida libre. Que le pregunten a los presidentes de las Compañías Eléctricas hasta qué punto sus clientes somos ingenuos. O sea, libres.