Santiago Abascal ha manifestado a los ceutíes que ojalá estuviera en el gobierno para defender las fronteras de nuestra patria. Un amigo me habla de la legión y de su presencia salvífica. Por desgracia cabe dudar de ambas cosas porque el asunto es mucho más peliagudo que todo eso.

El pasado 13 de agosto el Presidente Donald Trump logró que los Emiratos Árabes reconocieran al Estado de Israel. Esto hacía de los Emiratos el tercer país árabe y el primero del Golfo Pérsico que reconocía a Israel. El acuerdo incluía el compromiso israelí para la paralización de la anexión de nuevos territorios palestinos ocupados en Cisjordania. El 20 de septiembre de 2020, aproximadamente un mes después, Rabat y Tel Aviv normalizaban relaciones. ¿El precio? El reconocimiento de EEUU de la soberanía marroquí sobre el Sahara. Los EEUU se hipotecaban ellos a cambio de ventajas para otro Estado. ¿Es esto normal? No. Nada en la relación de EEUU con Israel es normal. Lo normal sería que los compromisos de un país con otro dependieran de las actuaciones de los dos. Por ejemplo, si un país se torna agresivo y desafía abiertamente la ley internacional, sus aliados estarían en su derecho de replantear su alianza con el aliado díscolo. Pues no. Ya Joe Biden, desde la oposición demócrata, manifestó que consideraba “absolutamente ultrajante” poner condiciones a la “ayuda” a Israel, tal y como informó Amir Thibon en “Haaretz” (1.11.2019). Hoy todo sigue igual. Y seguirá siendo así por lo menos a medio plazo. Todos los años los EEUU entregan a Israel ayuda por un total mínimo de 3800 millones de dólares, tal y como negoció el premio Nobel de la paz Barack Obama. Esto no se hace, naturalmente, porque Israel necesite el dinero: Israel está en el puesto 19 de entre los 193 estados miembros de la ONU por su renta per cápita, por delante de Alemania (20), Reino Unido (24) o Francia (26). Esa “ayuda” no se negocia ni se discute porque en realidad constituye un tributo que muestra el sometimiento de la política exterior de Washington a la concepción sionista de Oriente Medio. Lleva siendo así más de 50 años y, pese a todo, Israel tiene manos libres para hacer y deshacer lo que considera necesario.

Esta actitud de sumisión absoluta tiene una fecha simbólica: 1967. ¿Qué pasó aquél año? Pues que el destructor de la armada de los EEUU, “USS Liberty”, fue atacado por la aviación israelí que mató a 34 marinos e hirió a 171 con más de 800 impactos de proyectil sobre le barco. El presidente Johnson ordenó el cerrojazo informativo y desde entonces nadie sabe del tema. Bueno, “nadie” tampoco es exacto. Cualquiera que desee saber puede informarse, pero lo importante es que no se carguen las tintas y los medios no sitúen sobre el evento, ni entonces ni ahora, su foco mágico con el que crean “realidades” a voluntad. Recordemos que los estadounidenses ya recurrieron a un fraude para declarar la guerra a España. También a Alemania en la Primera Guerra Mundial.  La guerra sería, en coherencia con los ataques navales, modalidad preferida por Washington como casus belli, el desarrollo lógico de los acontecimientos. Pues no. En este caso la ayuda incondicional, concretada en un chaparrón de millones, incluso sacrificando los propios intereses, va in crescendo de año en año.

¿Qué ha pasado entonces en Ceuta? Pues una carambola. Respaldado por la política “zoombie” de los EEUU, el reino de Marruecos ha jugado sus cartas mejor, aún a riesgo de la impopularidad que supone entre su propio pueblo reconocer la política israelí. Al fin y al cabo, es de comprender que el musulmán medio no entienda que su rey respalde atacar con cohetes ultramodernos e indiscriminadamente a la población civil, también musulmana, de ese campo de concentración que es la Franja de Gaza, en respuesta a unos cohetes de andar por casa que provocan un daño mínimo. A día 16 de mayo iban 182 palestinos muertos, de los que 52 son niños.

Así las cosas, con el apoyo estadounidense a sus fechorías en el Sahara, Marruecos ha decidido marcar territorio y dejar bien claro quién es el amo del Mediterráneo. Abre una verja y la Unión Europea entra en crisis. Los países europeos, comidos por los remordimientos de su pasado “colonialista”, aterrorizados por su “racismo sistémico” e incapaces de juzgar lo insostenible de la situación en el Cercano Oriente para no incurrir en “antisemitismo”, no se atreven ni a protestar. Estamos tan paralizados por nuestro desprecio a nosotros mismos, que consideramos nuestra responsabilidad exclusiva los desmanes de una monarquía corrupta y desentendida de la miseria de su pueblo. Por lo demás, la Iglesia, Caritas, la izquierda en pleno, todo ello atizado por la indiferencia e incapacidad del “centro derecha”, se encargarán de mostrarnos imágenes lacrimógenas de niños empapados recluidos en recintos o de inmigrantes salvados in extremis, todo ello como narcótico idóneo para neutralizar nuestro instinto vital de defender lo que es nuestro y sobrevivir. Una vez más se presentan como víctimas a los que son invasores. Siempre habrá un ahogado del que echar mano para crearnos más sentimiento de culpa y responsabilidad. Todos somos responsables. Pero ellos no, naturalmente, porque “vienen a trabajar para buscar un futuro mejor”.

Por consiguiente el problema que tenemos es doble: por un lado un gobierno ridículamente inoperante e incapaz. Jamás tantos idiotas coincidieron juntos en una empresa humana. Solo son eficaces a la hora de comparecer en todo lugar donde muere España o se la critica. Por otro lado, el miedo, el autodesprecio y los remordimientos nos paralizan. En este contexto los amos del discurso hacen y deshacen a su capricho en el escenario internacional.

¿Qué hacer? Sea lo que sea, es condición necesaria movilizar a las fuerzas sanas del pueblo. Difundir abiertamente que no toleraremos invasiones, hasta que esta idea se abra camino, incluso en el lodazal de La Sexta y otras pocilgas. Contrarrestar la propaganda letal que pretende desarmarnos moralmente antes incluso de coger un fusil, con un verdadero esclarecimiento de signo contrario. Tener claro que, si bien no queremos tomar nada de nadie y que respetamos a todos, queremos defender lo que es nuestro y que nos respeten también a nosotros. Nada más. Pero tampoco menos.

Por lo demás el mundo hoy está muy polarizado y todos tienen enemigos. Todos tienen relativamente fácil encontrar enemigos de sus enemigos a los que aproximarse o contemporizar. El lector avezado sabrá por donde va el asunto.