Nos acercamos a lo que podíamos considerar las fechas más entrañables del año, a los recuentros con familiares y amigos, con los seres queridos, con aquellos a los que menos vemos pero que siempre llevamos en el corazón. Son fechas en la que nos invade la nostalgia y el recuerdo de los que ya no están, fechas de recogimiento y meditación, pero también de alergia y euforia. Las navidades son mucho más que grandes comilonas, fiestas o reencuentros. Más veces de las deseables olvidamos el autentico significado de la Navidad y lo que estamos conmemorando. Desconozco si en un futuro próximo, con las nuevas leyes de educación y memoria histórica, se resignificara la Navidad para no ofender a los no creyentes y así de esta manera, todos se verán representados y no excluidos de la fiesta. La imbecilidad humana es infinita, sobre todo cuando el enemigo lo tienes en casa, está mucho más cerca de lo que parece. La jerarquía eclesiástica española se ha propuesto como objetivo fundamental vaciar los templos de fieles, trabajan con empeño envidiable para que nadie acuda a las celebraciones religiosas y el coronavirus es un aliado fiable para conseguirlo. Primero consiguieron vaciar los seminarios, ahora se trataría de vaciar los templos. No hace tanto tiempo, las gentes acudían a los templos en busca de consuelo y ayuda. La iglesia era una pieza clave en la moral de los pueblos ante el sufrimiento y el dolor. Ante esta nueva crisis sanitaria, la Jerarquía Eclesiástica actual opta por abandonar a sus fieles y recomendarles que sigan los oficios religiosos desde casa.

La Jerarquía Eclesiástica nos lo pone muy difícil. Diera la sensación de que les sobran los creyentes y que solo desean estar para temas administrativos, vánales y sobre todo terrenales, para asuntos inmobiliarios y para ser coartada del gobierno de turno, a cambio de que nadie ataque sus prebendas y privilegios. Han mecanizado la función pastoral y evangelizadora en los momentos en que la sociedad vive una profunda crisis de ausencia de valores y principios. En Navidad celebramos el nacimiento de Cristo, y eso algo que muchos parecen olvidar. El aforo de las iglesias o los templos nunca tuvo que ser limitado, nunca tuvieron que permitir las restricciones impuestas y menos aún, cuando gran parte de la ciudadanía buscaba consuelo y ayuda espiritual para sobrellevar la situación que estamos atravesando. El mundo ha sufrido otras “pestes” milenarias y la Iglesia nunca cerró sus puertas a todo aquel que lo necesitara.

Encaramos unas nuevas Navidades que ya no están avisando que no serán como siempre, que serán atípicas y distintas, donde aquellos que se fueron de fiesta, aquellos que se fueron de banquete nocturno, reventando aforos y limitaciones, aquellos que acompañaron a Pedro Jota Ramírez en el aniversario de su panfleto, aquellos que no nos permitieron ir a Campo Santo a visitar a nuestros seres queridos ya fallecidos, aquellos vividores que nos pusieron agentes para cercar Madrid y drones para espiarnos, aquellos que dictan normas para el resto pero que no les aplica a ellos, aquellos que no sabían contar cadáveres y que en marzo negaron la gravedad del virus, aquellos cantamañanas que no son ejemplo de nada más que de una nefasta y criminal gestión, serán los encargados de decirnos a nosotros el número de personas con las que podemos reunirnos y celebrar estas navidades.

No estoy dispuesto a obedecer ninguna norma que nos venga impuesta por aquellos que las incumplen. Carecen de legitimidad para decirnos lo que está bien o mal, lo que podemos o no hacer, cuando quien nos obliga es el primero en saltárselo y no cumplirlo. No trato yo aquí de hacer un llamamiento masivo a la rebelión, ese es un papel que no me corresponde ni deseo asumir, apelo a la responsabilidad de cada uno y a su libertad individual. Las medidas que nos están imponiendo y que algunos aceptan gustosos, como es el caso de la Jerarquía Eclesiástica, la misma que permitió la profanación del cuerpo de uno de sus hijos más ilustres, atacan nuestras libertades más básicas como son las de movimiento, reunión e incluso pensamiento. El miedo es un arma muy poderosa en manos de aquellos que desean deconstruir la sociedad actual y sus valores.