En poco más de un mes, se acaba el estado de alarma de Pedro Sánchez después de seis meses de agonía, de restricciones y de no tener control parlamentario, gracias entre otros al apoyo del Partido Popular, y para asombro de propios y extraños, son muchas las voces que reclaman mediadas sustitutorias para alargar las limitaciones que se han impuesto a nuestra libertad. El país esta arruinado, con cerca de siete millones de parados reales, la economía está colapsada, y los distintos gobiernos municipales y autonómicos, solo piensan en buscar fórmulas para que el gobierno central pueda seguir restringiendo nuestra libertad de movimiento, nuestra libertad de reunión o nuestra libertad de apertura de comercio. Medios de comunicación, partidos de distinto tipo y pelaje, unidos en una extraña conjunción que partiendo de una falsa premisa como la de cuidar de nuestra salud, anima y sirve de cuartada al gobierno social comunista para que continúe con sus medidas criminales, que como hemos podido comprobar, lejos de salvar vidas, nos han arruinado y empobrecido.

Nada se hace por nuestro bien y todos ellos son culpables de la miseria a la que nos están conduciendo. La mascarilla es solo un adorno, un bozal ineficaz contra el virus, pero altamente eficaz para mantenernos sometidos y aborregados. No tengo la más mínima duda de que todo forma parte de un gran experimento global de ingeniería social donde entre otras muchas cuestiones se pone a prueba nuestra capacidad de aguante, nuestra soportabilidad y nuestra resistencia. Nuestra moral se debilita y el miedo se apodera de gran parte de la sociedad. Empatizamos con los carceleros, les estamos agradecidos de que nos tengan encerrados. En breve se termina el estado de alarma y lejos de sentir alivio, se nos dice que esto está lejos de terminar, que no debemos bajar la guardia y que el distanciamiento social y el bozal, han venido para quedarse. Se nos impone la mascarilla incluso en la soledad de la montaña o en la playa. Nos han dicho con cuánta gente podíamos reunirnos en nuestros hogares y a la hora a la que debían marcharse. Han arruinado nuestros comercios y me atrevería a decir que nuestras vidas, y sin embargo, lejos de pasarles factura a los culpables, estos sacan pecho y presumen de las medidas adoptadas.

Nos hablan de miles de muertos y sin embargo nadie asume la responsabilidad de la gestión. Dicen una cosa y la contraria sin ni siquiera inmutarse. Siembran dudas sobre la eficacia de las vacunas, para después culpabilizar al resto y llamarnos negacionistas. Simplemente estoy harto de que me digan lo que tengo que hacer o decir, de que me impongan con quien me tengo que reunir y a la hora a la que debo confinarme en mi casa. Estoy harto de todos aquellos que nos han robado un año de nuestra vida y que no están dispuestos a permitirnos recuperar nuestra normalidad. Harto de todo y de todos los cómplices que con la excusa de la pandemia, utilizan el miedo inoculado para transformar la sociedad. Harto de la clase política que elude su responsabilidad para criminalizar al resto. Harto de una sociedad que asume unas culpas que no le corresponden, una sociedad de delatores, de cobardes y miedosos, una sociedad de policía del visillo que asume con normalidad  las contradicciones de quien les dirige. Muy harto de que aceptemos como normal aquello que no lo es. Nada de lo dicho y hecho hasta el momento ha sido por nuestro bien, ha sido por el suyo y por la comodidad de gobernar sobre una población a la que se manipula con facilidad y se la encierra al antojo y los dictados de un inexistente comité de expertos. Me equivoco al pensar que mi capacidad de sorpresa y asombro está agotada, siempre sucede algo que me deja perplejo, en esta ocasión, es la decepcionante respuesta de un pueblo que se ha manifestado excesivamente servil, pastueño y lanar. Cada vez tengo más claro que no existe voluntad alguna en volver a la normalidad que conocíamos hace algo más de un año, cada vez tengo más claro que no quieren acabar con esto, pues les sirve de cuartada y justificación de la ruina a la que nos han conducido.