Vuelven a la mente inevitablemente estos fantasmas, aquellos siniestros doctores con la hoz y el martillo que inventaron la diagnosis de esquizofrenia lentamente progresiva; curiosa enfermedad mental que no podía ser diagnosticada de manera clínica y objetiva, solamente a través de la no conformidad de las ideas expresadas con la ortodoxia comunista.

Pero estamos en el siglo XXI y han pasado casi cincuenta años desde entonces. Hablando del aquí y ahora, de nuestra sociedad del conformismo avanzado, no es la primera vez que asoma las orejas el lobo de esta nueva Naranja Mecánica. Siniestros expertuzos y profanadores de cerebros empiezan a amenazar con terapias y métodos para curar estereotipos sexistas, machistas, racistas… es decir, llamando a las cosas por su nombre, amenazan con la violación de las mentes para vaciarlas y llenarlas con la nada de la corrección política, para conseguir que todos tengan la cabeza tan vacía como ellos.

Volviendo a Marine Le Pen, creo que nadie en su sano juicio y en buena fe pueda dudar, por un solo momento, que esta orden del tribunal tenga el único objeto de perseguir a Marine Le Pen por su actividad política, destruyendo su carrera si es posible. De una forma particularmente repugnante y prevaricadora además; con el ridículo, patético pretexto utilizado para construir un proceso farsa: el haber tuiteado en internet vídeos de las atrocidades del Estado Islámico. Han hilado fino en verdad para perseguir sólo a lo que ha colgado la líder francesa, entre los millones de fotografías y vídeos atroces que circulan.

Pero no me extenderé sobre el mérito de la cuestión porque todos sabemos por qué se persigue a Marine Le Pen: lo sé yo, lo saben los lectores y lo saben los inquisidores. Por tanto es transparente el carácter injusto, prevaricador e inaceptable de esta orden judicial. Inaceptable en sentido literal: es algo que no se puede aceptar porque si se acepta, la próxima será un examen psiquiátrico para todo aquel que se oponga a la inmigración, por ejemplo, o para el que diga que existen diferencias naturales entre hombres y mujeres que hay que valorizar.

¿Qué debería hacer, qué hará, Marine Le Pen? ¿Someterse a la injusticia por respeto al Estado y a la Justicia con mayúsculas? ¿Confiar los mecanismos de la Justicia con mayúsculas? Es una posibilidad, pero para ello tendría que haberla, una Justicia con mayúsculas cuya primera medida debiera ser investigar como prevaricadores a los jueces, con posible inhabilitación. Pero esto muy difícilmente lo veremos.

Y entonces la única respuesta a la justicia con minúsculas es el rechazo a cumplir esta orden, recurriendo a todas las instancias posibles y, si es necesario, a la insumisión y al abierto desacato contra lo que, repito, nadie en su sano juicio puede dudar que es prevaricación. Negar cualquier legitimidad al sistema, a su justicia con minúsculas y a los maestros de marionetas que les dan las órdenes a sus esbirros. Sacando a la calle a los millones de franceses que han votado Le Pen y que indirectamente han sido tildados de desequilibrados mentales; no para romper y quemar (eso lo dejamos a la racaille y a los guarros falsos antisistema y a los demás niños mimados de la corrección política) sino para que griten todo su rechazo y su asco y su desprecio. Y también para hacer pagar a la tiranía del pensamiento único un precio político, el mayor posible, por esta jugada de querer resucitar la psiquiatría soviética, jugada que bien se podría revelar con el tiempo un craso error.