Hay ausencias que solo se revelan por sus consecuencias. Es la física de la política: el Poder, en cualesquiera de sus manifestaciones, institucionalizado o en el embrión de un clamor social, no admite el vacío ni la ausencia. Si no hay líderes, hay pueblo; y aunque la decadencia es acumulativa porque se alimenta de sí misma, al final, con o sin líder, sobre un escenario de pandemia y muerte y una epidemia de paro y de pobreza que ya enseña los colmillos, el pueblo, con sus rutinas rotas y sus anhelos de comodidad burguesa perdidos, acaba siempre saltando por la ventana y echándose a la calle. Que es lo que está pasando en la calle Núñez de Balboa, en Madrid.

Y en la calle, esperando, como espera la espada en la vaina, y sentada sobre los escombros, la intriga de ese revoltijo de incompetentes, de esa maraña de corrupciones que es la genealogía de la política española: los necios pactando con los traidores, los traidores consensuando con los cobardes, con los tibios y con los timoratos, con los bocazas de lengua caliente y de manos inertes, con los desmedulados de avarientos bolsillos y con los invertebrados de la democracia global y sus banderas de conveniencia almenando sus pabellones mercenarios.

Tan enteros como sus mentiras, los pretorianos de la incuria hacen guardia a diario en Núñez de Balboa. Su fuerza nace del veneno de la sospecha y de la vigilancia de los inocentes, pues los culpables son los que les pagan la soldada y les suministran el forraje de las consignas: “Oveja pregronada, se la come el lobo”. Y ahí están, dándose un festín en Núñez de Balboa porque ellos, los pretorianos,  no sirven ni a España ni al pueblo, sirven al Poder.