Memento mori (recuerda que morirás)

Una cuestión trascendental que la actual sociedad descreída se empeña en ocultar es nuestra mortalidad. La condición humana es el mayor misterio para el hombre y como resulta algo abrumador, procuramos la diversión estabularia para evadirnos de ella y entretenernos lo más posible mientras nos llega la hora de la muerte. La consciencia de la muerte nos pone en nuestro sitio, pero se trata de una realidad que nos negamos a conocer, que no nos gusta o nos asusta, aunque se intente disimular. Sin embargo, Aristóteles principia en su obra Metafísica que todos los hombres poseen por naturaleza el deseo de saber, por algo nuestra especie recibe el nombre de Homo sapiens. El hombre actual se ha acostumbrado a una vida extraordinariamente más cómoda que la de sus antepasados, pero éste es un estado de cosas temporal y nuestro fin será exactamente el mismo que el de ellos. Se ha olvidado que nacimos para morir, de ahí que la muerte es inevitable, por lo que todos la encontramos aterradora.

La posmodernidad ha tratado de esconder la muerte, tanto domesticándola a través de representaciones ficticias, una causa mimada de la industria del entretenimiento en películas, series de televisión o el repugnante «Halloween», como manteniendo lo real fuera de nuestra vida. Sin embargo, al igual que el caso de ese otro objetivo obsesivo de la decadente cultura contemporánea que es la trivialización del sexo, hemos sido asaltados por la cruda realidad de los hechos. 

La misión de la Iglesia, como parte de la misión recibida de Cristo, consiste en confrontar a la gente con la realidad, preparándolos para la muerte, antes de que esta misma realidad se les presente de improviso. Como ilustra la interesante lectura de Historia de la muerte en Occidente, de Philippe Ariés, cuando antaño había fe, la gente no iba a la Iglesia para ser feliz, sino para que les explicaran su miseria. Las personas querían saber cómo enfrentarse a la realidad de la vida y de la muerte, no distracciones para sentirse bien consigo mismos, a modo de las recetas que se encuentran en los libros de autoayuda.

Por consiguiente, la tarea de la Iglesia, por pesimista y contracultural que pueda parecer, no consiste tanto en luchar contra las nuevas plagas mundiales, sino contra la era de los analgésicos que adormecen la conciencia. Para ello, debe volver a su única razón de ser que es la fe, es decir, su misión sobrenatural. Desde el Vaticano II se ha confundido el progreso humano con el Reino de Cristo, de esta forma la Iglesia ha sido concebida como una institución humana que sirve para mejorar la vida material del mundo. Pero, aunque la fe en la vida eterna ilumina la forma justa de vivir en este mundo, la Iglesia tiene un mensaje para este mundo porque sólo ella tienes las llaves del otro mundo.

«La Iglesia ayuda al hombre a vivir, pero a vivir bajo la sombra de la mortalidad, poniendo la tierra en su contexto de eternidad», advierte Fabrice Hadjadj en su impactante obra Tenga usted éxito en su muerte. La Iglesia debe preparar a fieles e infieles, en primer lugar, solemnizando la liturgia de difuntos (en la medida de lo posible después del arrasamiento de la reforma posconciliar), además de predicar valientemente la verdad de las ultimidades del hombre a fin de que éstos asuman que la muerte es una realidad aterradora a la que todos nos enfrentaremos algún día. No obstante, como Charles Arminjon enseña en un clásico del siglo XIX, El fin del mundo y los misterios de la vida futura, cuya lectura iluminó grandemente a Santa Teresa de Lisieux: «El sufrimiento en este mundo o también la prosperidad superficial y pasajera que disfrutamos, no es más que algo efímero, ligero y pasajero comparada con la gloria que está por venir en el cielo». 

Como apunta el premio Nobel Alexandr Solzhenitsin, los supervivientes de los temibles campos de concentración comunistas, el Gulag de Siberia, después de largos años expuestos al hambre, el frío y todo tipo de enfermedades junto con el extenuante trabajo forzoso, afirmaban a su vuelta que pudieron sobrevivir gracias a que sabían (primacía del conocimiento, de la doctrina) que había personas que los esperaban. El recuerdo de este amor que los esperaba fue la medicina eficaz de la vida contra todos los males que les infligía la ideología más criminal de la historia de la humanidad. Por eso los muertos no necesitan recuerdos sentimentaloides que no les aportan nada, sino oraciones por el eterno descanso de sus almas. Precisamente rezar por ellos, es lo que reconforta a los vivos, porque nos hace comprender que no han desaparecido, que «la muerte no es el final del camino», que es posible volver a encontrarnos con ellos porque están vivos.