VOTA, PAGA Y CALLA. Tus hijos vivirán peor que tú y ni siquiera en tu pensión hallarán refugio porque la pobreza  la ha mudado de limosna a calderilla, pero serán felices porque bajo el palio de la democracia, de la OTAN y de la UE no cabe más que la felicidad. ¡Qué felicidad! sentirse, saberse demócrata en las colas del hambre, qué pletórica sensación de gratitud mientras se espera el maná del Salario Mínimo Vital para ir tirando...hasta los comedores y los roperos de Cáritas con las manos en los bolsillos vacíos, la mirada en la punta de los zapatos, la barbilla clavada en el pecho, el pecho hueco de esperanza y en la lengua sólo una pregunta: ¿quién da la vez?

VOTA, PAGA Y CALLA. En el felpudo, las mondas de la pobreza mientras la miseria sube por las escaleras porque el ascensor está estropeado, y no tienes ni para pagar la derrama de la reparación. Por eso el cartero, con la lengua fuera, maldice tu nombre y tu piso cuando te trae las cartas certificadas de Hacienda, los burofax de las demandas de impagos y las notificaciones del Ministerio de Trabajo en las que se te comunica que no eres un parado, sino ese oxímoron que te llama fijo-discontínuo. Fijo en la pobreza por discontínuo en la dignidad del trabajo. Vamos, el salto de mata revestido de retórica progresista, pero con la mata cada vez más lejos, cada vez más alta y cada vez más espinosa. Y tú ya no eres un chaval.

VOTA, PAGA Y CALLA. En tu pobreza solo hay impuestos y urnas que te vacían la despensa, la nevera y la anoréxica cuenta corriente pero que llenan de dignidad democrática el presente de tu hambre porque Franco es perseguido por analfabetos y por leyes, por canallas sin más oficio que el odio y con un beneficio parlamentario que pagas tú con tus impuestos, con tus números rojos y con la lacerante presencia de tus hijos, que ya van pareciendo niños sacados de las fotos de posguerra pero con camisetas de PortAventura y gorritas de los Lakers para abrigar a los piojos. No es un casting de Netflix, es tu álbum familiar.

VOTA, PAGA Y CALLA. Tú, al limbo de los fijos discontínuos y tus hijos, al Erasmus de la pobreza de solemnidad. Tú estás mayor para liar el petate y llevarte a España en la suela de los zapatos, y tus hijos, bachilleres, diplomados y licenciados en el macrobotellón de los aprobados a granel, se fosilizarán en el sofá de casa sin más afán que el de vegetar en un subsidio.  

Ánimo, que no desfallezca tu espíritu democrático: sigue votando, sigue pagando y, sobre todo, sigue callando.