Leo en “The Spectator” (20.3.2021) un artículo de Douglas Murray titulado “The Church of England’s new religion” (La nueva religión de la Iglesia de Inglaterra). Al parecer la Iglesia de Inglaterra pretende imponer “cuotas raciales” a sus clérigos. Algunos en España y en el mundo Iberoamericano se alegrarán de lo mal que le va a la Iglesia cismática inglesa pero yo tengo que decir que lo lamento por el significado que tiene. Es difícil hablar ante un público católico de lo que en las luchas ideológicas terribles que tienen lugar hoy día significa la dialéctica “racista-antirracista”, toda vez que el término “racista” está profundamente sesgado por una de las partes en conflicto.

Primero, es un concepto elástico que, sin justificación alguna, vincula en el mismo delito ideas, conceptos y personajes que nada tienen que ver: así, desde el trabajador que cree que la inmigración debe ser controlada hasta el delincuente que agrede a un extranjero por el hecho de serlo, todo eso participa del mismo continuo “racista”. Tienen en común que todos participan, y por igual (esto es importante), de la dialéctica víctima-opresor. En segundo lugar, y derivado de lo anterior, se analiza esta relación dialéctica de acuerdo con un esquema francamente estructuralista: el problema se origina a causa de ciertas relaciones de poder, de estructuras sociales y categorías culturales. De aquí nace la denominada “teoría crítica de la raza”. Por eso el concepto de “raza” ha desaparecido de los libros. Una interpretación sesgada de la mera clasificación biológica nos dice que ésta no puede existir porque tan solo se trata de una variación de características visibles sin solución de continuidad. No hay diferencia entre un guineano y un sueco: el primero solo es un poco más oscuro. Así, ayudado de un simplismo artificial que desemboca en un reduccionismo incluso cómico, el centro de gravedad de la discusión pasa a las antes mencionadas estructuras sociales. La relación víctima-opresor, que puede depender de una simple hostilidad personal o de alguna característica puntual o coyuntural, pasa a ser interpretada en clave de la cultura entera.

Este paso es trascendental, dado que todos estamos incluidos en una u otra cultura. Solo abogando activamente por las tesis de la “teoría crítica” puede uno salirse del esquema. De lo contrario uno se convierte en partícipe de las estructuras de opresión, aunque no lo quiera, no lo sienta o ni siquiera lo haya pensado. Se es culpable por existir y se le señala con un arsenal completo de “fobias” cuyo fin no es definir el ámbito de la discusión sino bloquear el debate racional por la vía de la indignación.

Hay que señalar que el esquema de la “teoría crítica de la raza” puede funcionar con otros “esquemas de opresión” aunque el tema racial en concreto esté dirigido exclusivamente al hombre blanco occidental. Y ello pese a que los delitos históricos que justifican el relato de “opresión” existen en todo tiempo, cultura y lugar: por ejemplo, la esclavitud, la discriminación o el sometimiento han existido y existen en pueblos blancos, negros o amarillos. De ahí que para justificar el desatino histórico sea necesario echar mano de la propaganda.

Es necesario destacar, además, que el mismo esquema de la “teoría crítica de la raza” es extrapolable a otras categorías como el sexo, la inteligencia e incluso la historia o las instituciones como el matrimonio o la familia y la cultura en general. Todo lo que hace del hombre una persona específica que pertenece una determinada comunidad es susceptible de ser incorporado a unas “relaciones de opresión” que generan una dialéctica “víctima-opresor” y que por tanto debe ser destruido.

De acuerdo con el título de este artículo, he pretendido, primero, destacar que el discurso “antirracista” es un discurso subversivo, que obedece a las mismas motivaciones que, por ejemplo, la “teoría de género”. El discurso antirracista como elemento subversivo puede aplicarse a elementos tan sustanciales de la sociedad como la religión. Esto puede ilustrarse con la noticia que abre este artículo, por ejemplo, pero de manera más evidente con la entrevista realizada al gurú estadounidense “antirracista” Ibram X. Kendi. en una iglesia (progresista) de Manhattan. Kendi distingue entre la “teología de la liberación” cuyo cometido es “liberar a la sociedad de los poderes de la tierra que oprimen a la humanidad” y la “teología de la salvación” que consiste en “ir y salvar a aquellos individuos con un comportamiento deficiente. En otras palabras, vamos a traer a la iglesia a esos individuos que hacen todas esas cosas malas, cosas pecaminosas, y los vamos a curar para salvarlos. Y una vez que hemos hecho eso hemos acabado nuestro trabajo”.

Kendi subraya que la denominada “teología de la salvación… está alineada con los ideales racistas y con la teología racista”. ¿Por qué? Porque les dice que la causa de su sufrimiento son sus pecados y no las estructuras de poder opresoras. Según Kendi “este tipo de teología cultiva el fanatismo”.

Para algunos escritores cristianos, como por ejemplo Rod Dreher, que se ha hecho eco de la entrevista a Ibram X. Kendi, éste y sus seguidores en aquella iglesia de Manhattan “están predicando un evangelio rival, un evangelio falso. Hemos de poner las cosas en su sitio. Esto no significa que desaparezca la obligación de rechazar el racismo. Significa, sin embargo, que no podemos combatirlo con una mentira”.

La propuesta de Dreher es una propuesta débil que no niega la mayor. Alguien honesto como él debería planteárselo. La pregunta es: ¿por qué el discurso oficial no distingue en términos de “racismo” a aquél que solo persigue la continuidad biológica de su comunidad respetando a los demás, del mero delincuente o psicópata violento? Esto debería de hacer saltar todas las alarmas porque, al hacer tabla rasa de algo que es a todas luces diferente, se delata ostensiblemente una mala fe. ¿Qué entiende usted por “racismo” señor Dreher? Premisas falsas conducen, de acuerdo con una lógica impecable, a conclusiones falsas. Muchos nos negamos a asumir, como Dreher, el lenguaje y la terminología de aquellos que quieren destruirnos. La existencia de una igualdad esencial, predicada por el cristianismo, del hombre como  portador de un alma inmortal que será juzgada por el Juez Eterno no es incompatible con la intrínseca desigualdad de las personas por motivos de biografía o de pertenencia a una determinada comunidad con su historia, raza, cultura y territorio propios. Esto, de per se, no tiene que ser un problema. Solo lo es para la dinámica emancipatoria que quiere “liberar” al hombre de todo condicionante que le es intrínseco y le hace único. De ahí que, explícita o no, haya una “teoría crítica de la raza” pero pueda haber una “teoría crítica del sexo” -esto es la “ideología de género”- o una “teoría crítica de la patria”, de la historia, etc.

Una cuestión última que querría subrayar es que de estas diversas “teorías críticas” no se puede escapar, aunque en ciertos contextos la propaganda haga más hincapié en unas que en otras. Mírese cada uno al espejo y vea su condición. Averiguará qué “teoría crítica” es la que más le cuadra. Y esto será no por lo que él quiera sino por lo que otros digan que es él. No olvidemos que ellos, y no nosotros, son los que dicen quién es “racista”, “homófobo”, “xenófobo”, etc. Y si a alguien le cabe alguna duda lo demuestra con su prensa.

Es tarea nuestra oponernos a los que quieren exterminarnos.