El 15 de agosto pasado sufrí un ictus cerebral en mi pueblo natal de Laguarres, en la Ribagorza.

La rápida intervención del 061 propició que pudiera ser atendido en solo quince minutos, los que tardaron los médicos y la ambulancia en llegar a mi casa natal.

Rápidamente se activó el “código ictus”, y fue trasladado al hospital de Barbastro, donde recibí las primeras atenciones.

Ante la gravedad de mi estado al día siguiendo me llevaron al hospital Miguel Servet, de Zaragoza, donde recibí las atenciones de la planta séptima, dirigida por un gran médico, humanista, sencillo como sólo suelen serlo las personas sabias, el doctor Capablo. Toda mi gratitud hacia él, y todo el personal del servicio.

Tras quince días allí, la mitad en la UCI que tienen instalada en la planta, en los que no sabía si estaba vivo o muerto, y no paraba de rezar (siempre he pensado que Dios aprieta, pero no ahoga), me enviaron a la planta O, la ULME, dónde está el Servicio de Rehabilitación, y sólo puedo tener buenas palabras hacia todos ellos, y muy especialmente hacia los doctoras Elena García, Inmaculada Salcedo y Elena Martitegui, que se han volcado en atenderme, al igual que la psiquiatra, psicóloga, personal de la planta, etc. Gracias a todos ellos.

La llegada al Servicio de Rehabilitación fue providencial, pues a mi deseo de curarme se unió el esfuerzo de todos ellos por ayudarme…

Dicen que los médicos te salvan la vida, y los fisioterapeutas te dan calidad de vida, y que gran verdad es.

He tenido la suerte de caer en las manos de un excelente grupo de fisioterapeutas y terapeutas ocupaciones (la logopedia me la “convalidaron”, pues pronto pude hablar, no sin grandes dificultades al principio), y no quería dejar de reconocer el mérito de todos y cada uno de ellos, aunque debo resaltar los dos profesionales que más me han atendido, Aitor y Tania, dos fisioterapeutas de sobresaliente cum laude.

Mi gratitud a todos ellos.

La comida era y es excelente, y las buenas compañías también han influido mucho en mi bienestar, dentro del malestar, zozobra y preocupación que supone la situación.

La creación del Hospital de Día, que nos permite dormir en casa y estar toda la jornada laboral en el hospital, rehabilitándonos y haciéndonos útiles para la sociedad, y para nosotros mismos, permitiendo así prestar servicio a un número mayor de pacientes, creo es una gran idea, digna de todo elogio.

Don Julio Albalad, excelente médico traumatólogo, en la planta séptima, su esposa Carmen y sus cuatro hijos, todos formando una piña, y don José María Enguita Utrilla, catedrático de lengua y literatura en la Universidad de Zaragoza, su esposa y su hija, nos ayudaron mucho a afrontar la situación. Gracias a todos ellos.

Y, por último, no puedo olvidar a mi esposa, Esmeralda, a mi hijo Ramiro, a mi hermano, Joaquín, y a todos los familiares y buenos amigos (¡gracias, José Antonio!), que en estos momentos difíciles me han apoyado en todo lo posible.

¡Todos ustedes son formidables!

Mi gratitud será eterna.