Fortaleza Antonia, el corazón de Roma en Jerusalén. Sanedrín, los príncipes de la traición, el umbral que adensa el latido de lo oscuro convirtiendo en esclavos de sueños vacíos a los hijos de Abraham en la tierra de los profetas, calcinada por la veneración talmúdica a unos dogmas escleróticos y a unas leyes que gravitan en la vida de los hombres como una amenaza y como una condena. La amenaza de Caifás y la condena de Roma, aliados circunstanciales en el mutuo interés político. Por encima y más allá del odio y el desprecio que se profesan, las águilas de Roma y las filacterias de los sacerdotes del Templo firman con la Cruz el consenso del Gólgota.

Debe morir. Su último salvoconducto es la voz de Claudia Prócula que susurra en la conciencia de su todopoderoso marido: “No condenes a ese Inocente”. Pilatos tiembla entre el miedo y la duda. Ha hablado con Él. Sabe que es Inocente, pero la amenaza de Caifás de trasladar el caso a los gobernadores de Siria o de Egipto, mucho más poderosos que él, que sólo administra un pedregal levantisco, llena de espadas pretorianas sus sueños. El Emperador Tiberio no perdona. Es implacable. Es el ejemplo. Su carrera está en juego, pende de la vida de un inocente tal y como su cursus honorum depende de una sentencia injusta. He ahí la encrucijada: hacer lo justo y arruinar su porvenir, o hacer lo políticamente correcto y condenar al Inocente.

El miedo y la ambición son la levadura de Pilatos, que toma la decisión que acabará abriendo la puerta del pretorio a los carpinteros del Gólgota. Cree que un poco de sangre, sólo un poco, saciará a Caifás y a su Conferencia Episcopal. En el patio de armas de la Fortaleza Antonia, encadenado al pilar del flagelo, el látigo derrama la sangre Inocente que no satisface a los sacerdotes del Sanedrín y que anuncia el martirio de la Cruz. Es un poco injusto, solo un poco, pero es absolutamente necesario. Eso piensa Pilatos, pero se equivoca, porque es absolutamnete injusto y absolutamente innecesario. Los dos conceptos que él ha convertido en opuestos, siendo la justicia la primordial necesidad.

Es injusto, es innecesario y, además, no basta, porque cuando la injusticia es la ley de la política nunca es suficiente. Jamás basta con un poco de sangre Inocente. Debe morir. Sea.

Para que su conciencia despierte renacida, Pilatos convoca la fiesta de la democracia y somete al plebiscito popular la vida o la muerte del Inocente, pues la Verdad no depende de su propia naturaleza sino de la voluntad popular. Unas masas intoxicadas de miedo y mentiras, jaleadas por sus pastores y amenazadas por sus guardianes, gritan destempladas y excitadas “¡crucifícale, crucifícale, crucifícale!” mientras la risa destartalada de Caifás jalona la Vía Dolorosa, iza la Cruz, cumple la Profecía y corona de espinas al Inocente sobre el consenso del Gólgota. Sabe lo que ha hecho y en un último gesto de pragmático cinismo se lava las manos por lo que ha hecho. Las manos, no la conciencia, donde eternamente clama el eco de Claudia Prócula “No condenes a ese Inocente” frente al bramido democrático de la masa “¡crucifícale, crucifícale, crucifícale!”

No debe morir, pero tiene que morir. Esa es la cínica sutileza con la que Pilatos le lava las manos todos los días desde hace dos mil años a los gobernantes y a los sacerdotes, a los jueces y a los políticos que heredaron su toga y su ejemplo.