Tengo para mi que lo que está sucediendo, primero en Murcia, a renglón seguido en Madrid y previsiblemente en otras zonas , alguna de las cuales recibe el nomen Iuris constitucional de “nacionalidades” —vaya error grave de los famosos “padres constituyentes”— a pesar de los gritos de ciertas voces procedentes de lo que en 1994 califiqué como “El Sistema” —tempus fugit— tengo para mí —decía— que el espectáculo que nos toca vivir, preñado de bochorno, egoísmo y ausencia de valores mínimamente trascendentes, es una buena noticia.

¿Buena noticia semejante esperpento?. Pues sí, precisamente por ese adjetivo calificativo: el esperpento. Y ello porque no es sino la consecuencia lógica del modelo —“sistema”— de poder que nos gobierna, aunque sería mas preciso decir que nos desgobierna aplicándose a la defensa a ultranza de los intereses particulares de la clase política. De mi época en Deusto —benditos tiempos— respirando el ambiente intelectual generado por los jesuitas de entonces, aprendí el valor de la prudencia de Baltasar Gracián. Confieso que nunca fui prudente en mis admoniciones sobre este poder y, cierto es, el precio en forma de reacción de el Sistema lo viví en mis carnes y en las de mi familia y allegados.

También me recitaron una y otra vez el axioma sagrado de “en tiempo de turbulencias no hagas mudanza”.¿Vivimos tiempos turbulentos? Pues claro que sí, por factores endógenos y exógenos. Estos últimos son fácilmente localizables porque tienen un nombre: Covid, el nuevo Belcebú de los tiempos “modernos”, que, al menos, tiene el atributo de la universalidad, porque no distingue entre naciones “desarrolladas” y en proceso de evolución, ni diferencia entre clases sociales y económicas, aunque justo sea reconocer que, a pesar de su considerable abundancia, la llamada clase política no reúne el mismo porcentaje de afectados que, por ejemplo, la profesión sanitaria.

Pandemia sanitaria, profundísima crisis económica, descomposición de la clase media, situación social con componentes que anuncian posible estallido debido al paro, la ausencia de recursos, la desesperanza y temor en el futuro…en fin todo eso que sabemos y que algunos repiten como literatura de juntapalabras, y que, contemplado desde la óptica humana, desde la propia de quiénes lo sufren a diario, no puede si no provocar la reflexión de cómo es posible que nos hallamos dotado de y toleremos a este dañino Sistema de poder.

Si algo se detecta con nitidez asombrosa en el magma creado en esos territorios es la búsqueda del poder, y, sobre todo, de la permanencia en el poder por encima de cualquier contemplación de los intereses generales, de eso que llaman el bienestar de la ciudadanía. A mí personalmente no me extraña nada, ni me rasgo las vestiduras por ello, dado que desde hace ya muchos años he conocido de primera mano —“solo el que prueba sabe”— cual es la esencia de este llamado “poder democrático”, ese despotismo no ilustrado, y no hay peor modelo, mas lamentable forma de organizar una convivencia que el despotismo edificado sobre la profunda incultura y lejano de cualquier forma de ilustración.

Pues que eso es lo que tenemos, lo que sufrimos, lo que algunos públicamente lamentamos, constituye una de esas verdades que en el castellano viejo se califican de “como puños”, aunque ignore de dónde viene la expresión. Y es lógico, mejor dicho, coherente con el modo y manera que el Sistema tiene de interpretar la democracia. Seamos claros: el principio democrático nació para evitar el imperio del postulado aristocrático referido a la forma de acceso al poder del Estado, por virtud del cual el “ius sanguinis” se convertía en la puerta de acceso, de modo que mediante el conducto de la sangre el poder público se vio dominado, ejercido y abusado por individuos cuyos coeficientes mentales y cuyas teclas de valores eran, como mínimo, manifiestamente mejorables. Por ello, el principio democrático, pretendía que, con el vehículo de la igualdad de oportunidades, superando el monopolio de la sangre, llegaran al poder los mas dotados para ello.

Pero he aquí que la demagogia en grado supino inventó el absurdo dogma de un hombre un voto con el propósito de hacer creer al pueblo que un lego es igual a un ilustrado, un vago y maleante a un trabajador, un espíritu preñado de inquietudes idéntico a un indolente social, y hasta una adicto a las drogas idéntico a quien tiene respeto por su cuerpo y espíritu. Todos ellos “iguales” en la conformación del acceso al poder mediante el instrumento llamado “voto”.

Ni ellos mismos se creyeron el postulado, y no estaban dispuestos a arar con semejante buey, así que el proceso de “ilusionar” al pueblo —de utilizar ilusionismo político— siguió implacable su curso creando los mecanismos para reducir a la nada real el ilógico dogma: los partidos políticos se configuraron como el monopolio de acceso al poder del Estado; ellos definieron a los únicos posibles receptores del “voto popular”en sus listas cerradas, se impuso la disciplina de voto, se financió a los partidos con dinero del Estado, se creó la clase política con caracteres de endogamia recalcitrante pretendiendo constituirse —y lo han conseguido— en la nueva “aristocracia” de la “libertad”. El resultado de todo ello: la democracia se convirtió en lo que con acierto se ha calificado como ineptocracia.

Bueno, pero ¿por qué todo esto es una buena noticia? Pues porque da igual que escribamos, hablemos, razonemos, comentemos lo absurdo de nuestro modelo de convivencia. El propio “Sistema” ha generado el tipo de individuo que necesita como sustento de sí mismo: el inculto, profano, ausente de sentido de comunidad, adorador del lo conveniente, discípulo del materialismo pedestre, yermo de valores trascendentes, y otros atributos de similar genética. Y en ese territorio el discurso intelectual es lluvia sobre el mar. Inútil, se diga lo que se diga.

Pero la letra a la fuerza entra y el mejor discurso político posible radica, precisamente, en contemplar la realidad, ver y sufrir como se marginan los intereses de todos, como da igual que estemos en proceso de vacunación como instrumento al servicio de la superación de la tragedia, como se utilizan los privilegios del poder incluso hasta en ese sanitario campo, como se crean normas destinadas a manejar sin control unos fondos dinerarios que nacieron para la defensa de la comunidad, para intentar superar el riesgo de explosión colectiva, como se domina al y se niega la independencia teórica del Poder judicial… Solo así, quizás, el pueblo, se dé cuenta de lo que realmente tenemos entre manos y comience a seguir por el camino ya iniciado de desconfiar de la bondad y a ser conscientes de la ineficacia de estas llamadas democracias occidentales, que en realidad tienen de democracia poco mas que el nombre con el que a diario se les llena la boca.

Recuerdo el cinismo de Polanco, el que fuera primer accionista del grupo Prisa y hombre importante en el período de “transición democrática”, cuando me confesaba sin el menor rubor que “los medios de comunicación social están para evitar los daños que se derivarían de creerse eso de un hombre un voto”. Y es que para la supervivencia del sistema el proceso de adoctrinamiento a través de los medios ha sido pilar decisivo.

En fin, buena noticia: el sistema se descompone como estaba previsto (“El Sistema. Mi experiencia del poder” 1994) Y estos ejemplos lamentables se convierten en la mejor manera de que el lego lo comprenda y se apunte a buscar una forma diferente de organizar la convivencia. Lo curioso es que la “la clase intelectual” no parece darse cuenta de lo que se avecina y huye de la reflexión necesaria sobre la nueva forma de organizar la convivencia. Eso sí es mala noticia.