Después de las elecciones autonómicas del 4 de mayo en Madrid, es complicado hacer un análisis sensato, sereno y serio por parte de los actores intervinientes. Se tiende a buscar excusas diversas sobre la derrota y se peca de no querer ver la realidad en la victoria. En ambos casos, cada uno ajusta a sus intereses lo sucedido, enmascarando y dulcificando la verdad.

La izquierda sufrió una derrota sin paliativos, una derrota rotunda, me atrevería a decir que histórica. Una derrota que les deslegitima en su visión de la historia, en su lenguaje guerra civilista, en sus acciones violentas y en la justificación de que todo lo hacen por nuestro bien, pero sin que nosotros seamos consultados. Estamos empeñamos en auto perjudicarnos y en no dejarnos salvar por unos mesías que se atreven a hablar en nombre de todas las mujeres, de todos los homosexuales, de todos los hombres, de todas las mascotas, de todos los negros, de todos los inmigrantes y de todo lo que se les ponga por delante. Hablan en nombre de unos colectivos, pero sin preguntar a los interesados. Madrid dijo no a la izquierda, dijo no a comunistas y socialistas, dijo no a las restricciones, a las limitaciones, dijo no al miedo inoculado en la sociedad. Madrid se movilizó masivamente contra Pablo Iglesias y todo lo que él y sus secuaces representan. Se movilizó ante la posibilidad lejana, pero posible de un gobierno de izquierdas que replicara el modelo del gobierno de España de Pedro Sánchez.

Si es difícil asumir la derrota, más complicado es asimilar la victoria. Hace mal Pablo Casado intentando patrimonializar un resultado que sabe no le corresponde y que será muy difícil que se reproduzca en unas generales si él es el candidato. La jornada electoral del pasado martes 4 de mayo tiene un nombre propio, Pablo Iglesias que fue el autentico movilizador de masas y el que sin lugar a dudas a conseguido que Madrid pare al comunismo, pero en ningún caso la victoria corresponde a un Pablo Casado que muy oportunamente ha estado desaparecido durante toda la campaña, ante el rechazo casi generalizado que produce entre los votantes “conservadores”. Casi tan desaparecido, como  oculto han estado las siglas del Partido Popular. El “fenómeno” Ayuso merece análisis aparte. Ha conseguido presentarse frente al electorado de Madrid como un verso suelto, como si nada tuviera que ver con el partido al que pertenece. Díaz Ayuso ha transmitido imagen de salvadora, de eficacia y de buena gestión, frente a una izquierda vociferante y violenta que protestaba por la inauguración de un Hospital público en Madrid y que jaleaba y justificaba las agresiones sufridas por Vox en Vallecas. Díaz Ayuso solo tenía que dejar hacer a la izquierda, hablar poco y esconder al líder de su organización, para que las cosas salieran rodadas. La campaña se la estaban haciendo la pistolera Mónica García, el violento Iglesias y el soso fray Gabilondo.

Los sesudos analistas y politólogos de este país, afirman con rotundidad que muchos de los que podían considerarse votantes “tradicionales” de Vox, han optado en esta “ocasión” por Díaz Ayuso, que no por el Partido Popular, en lugar de por Rocío Monasterio. Si esto es cierto, el éxito de Rocío es mucho mas del imaginado. No solo aumenta el número de escaños, sino que también lo hace en número de votos, y además lo consigue con una participación récord. Votantes que según nos dicen estos mismos sesudos analistas, volverían a Vox en las generales, que no a Pablo Casado.

Los resultados de Madrid pueden marcar una tendencia, pueden ser el principio del fin de Pedro Sánchez, pero el Partido Popular no puede ni debe extrapolarlos a nivel nacional, igual que no lo hizo con los malos resultados obtenidos en las elecciones autonómicas catalanas. Entiendo que Casado caiga en esa tentación, pero el mejor que nadie sabe que se estaría haciendo trampas al solitario, algo que por otro lado es muy habitual en la mal trecha política española.