Los líricos de la democracia le condenaron. Mientras ellos vivían entre tapices y moqueta, el General Galindo acampaba en el Cuartel de Inchaurrondo haciéndole la guerra a ETA. Sí, la guerra. Quince años en aquel Stalingrado vasco, más de doscientos comandos terroristas desarticulados, docenas de camaradas de armas muertos, despedazados, mutilados y las manos del General Galindo derramándose sobre sus huérfanos y sus viudas, alimentando la moral de combate con sus ausencias, su dolor y sus lágrimas. Todo por la Patria. ETA quería asesinarlo a tiros mientras los líricos de la democracia le fusilaban a salivazos en los tribunales de la Prensa, primero, y en los de la Justicia después. No le importó, el General Galindo siguió levantando su escudo y desenvainando su espada para protegernos a todos de las hachas y las serpientes de ETA. Muchos de los que le condenaron le deben la vida. Ellos no lo saben, pero ETA sí.

Se me ha muerto Enrique Rodríguez Galindo, mi amigo, mi camarada, mi General, al que los líricos de la democracia condenaron sin piedad mientras derramaban misericordia, comprensión  y generosidad en los albañales de ETA. He ahí la diferencia sustancial entre el Todo por la Democracia y el Todo por la Patria. La misma diferencia que hay entre un político, cualquier político, y un hombre de Honor, un soldado de la Guardia Civil.

Marco Tulio Cicerón decía que “no debemos temer a la Justicia, sino a los jueces” y añadía que “no se puede juzgar con las leyes de la República Ideal de Platón a los hombres que tienen que revolcarse a diario en el fuego, el hierro y el fango de la guerra para defender las libertades de la Patria y del Pueblo”. Sócrates nos muestra cómo la Libertad, que es el más preciado tesoro de los hombres, debe estar subordinada a la fuerza que la protege.

La Historia y la Filosofía nos enseñan que ante el terrorismo de unos pocos, el Estado debe ejercer el contraterrorismo que justifica su metodología y su dureza en su inapelable necesidad. De Heráclito aprendemos que en la vida y en el mundo todo presupone su contrario; así la alternancia de los opuesto y la equivalencia de cada cosa con su contraria nos da la medida de la acción y de la reacción y de la respuesta con la que debemos contestar a cada desafío, circunstancia y eventualidad.

No nos engañemos y no seamos hipócritas, al terrorismo no se le combate con las leyes de la República Ideal de Platón, ni con homilías sobre la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ni con éxtasis místicos sobre el Estado de Derecho. Al terrorismo se le combate y se le vence como el General Galindo lo hizo. Cuando los líricos de la democracia le condenaron y le despojaron firmaron la victoria política y parlamentaria de ETA.

Mi amigo, mi camarada, mi General, te sigo viendo y te sigo honrando en las escalinatas de San Francisco el Grande, donde los héroes veteranos de Flandes, cubiertos de cicatrices y de Gloria, después de darlo Todo por la Patria, esperaban la corneta que les volviera a llamar a las banderas con la espada presta, la bolsa vacía y las espuelas pulidas.

Honor, Gloria y gratitud eternas al General Enrique Rodríguez Galindo, cuyo epitafio merece ser el que Escipión, negándose a ser enterrado en Roma, mandó escribir sobre su tumba: “Ingrata Patria, no tendrás mis huesos”.