En la España de cerrado y sacristía las parejas de tortolitos iban acompañadas de una carabina, generalmente la tía solterona o la tata de toda la vida de la novia, que velaba por la virtud de la niña evitanto que, en el paseo del puente a la alameda, al novio se le fueran las manos bajo la blusa y la falda de moza. Con la carabina ojo avizor no había oportunidad ni manera de hacer espeleología anatómica, ni manual ni visual y, por supuesto, a las diez de la noche, la niña volvía a casa, ni sola ni borracha, con la carabina al hombro y con el novio en el portal con la cabeza caliente, los pies fríos y las manos... en los bolsillos. Y así, hasta la boda. ¡Como Dios manda, coño!

En la España de Irene Montero y sus sans-culottes de la hedionda pocilga podemita, con su colectivización de la gilipollez y su delirante formalismo normativo del disparate, las parejitas ya no llevan una carabina colgando, entre otras cosas porque las tías solteronas de ellas viven todas en residencias de ancianos, pero sí tendrán que llevar adosado a un miembro del Ilustre Colegio de Notarios que certifique el “Sí es sí” de la niña antes de bajarse las bragas, no vaya a ser que el aquí te pillo, aquí te mato, tan propio de los ayuntamientos carnales de hogaño, se transforme en una coyunda furtiva denunciable de oficio ante el Tribunal de Víboras del Me Too y condenable sin juicio por el jurado del “Yo sí te creo”, con Cristina Almeida sentenciando y con Irene Montero ejecutando las implacables leyes que velan y guardan el Monte de Venus de la que en el apretón del calentón se bajó las bragas sin haberle entregado al notario el legajo compulsado con el “Sí es sí” previamente autorizado por la KGB Feminista y escaneado por la Stasi de Podemos. El acomodador que, en los cines de barrio de la España de cerrado y sacristía, iluminaba con su linterna la fila de los mancos en el patio de butacas o en el entresuelo, era un tolerantre progresista al lado de las Comisarias Vaginales de Podemos que buscan delincuentes en todas las braguetas heterosexuales. Y los encuentran, porque como ellas, generalmente, en la España de Irene Montero ejercen su derecho constitucional, universal y natural de volver a casa solas y borrachas, al día siguiente no se acuerdan de si se bajaron las bragas motu proprio y, como no había notario mediante, a nadie pudieron darle el santo y seña del “Sí es sí”. Ya lo sabéis, chavales, antes de salir de casa y de que la noche os confunda: condón y notario.