Recordamos pocas campañas electorales tan polarizadas, tan violentas como la que toca ya a su fin para dar paso a la "fiesta de la democracia", esa apertura de urnas que da legitimidad a quienes, por ideología y por su perfil psicológico, jamás deberían tenerla. Se abren las urnas para recibir los votos de miles de ciudadanos cuya información sobre los distintos programas electorales se limita a lo que ha contado Rociíto en su última entrega del culebrón del año.
 
El fin de la campaña coincide en el tiempo con la detención de dos individuos, al parecer escoltas personales de Pablo Iglesias, que agredieron a los agentes del orden durante los incidentes ocurridos en Vallecas, durante un mitin de Vox, el pasado 7 de abril. Dos elementos, empleados de Podemos, cuyo trabajo, según parece, consiste en ir repartiendo mamporros a la policía, exactamente igual que toda la turba de delincuentes que se dio cita en la famosa Plaza Roja vallecana. O como El Pirrakas, el "machaca" que han puesto Los Bukaneros del Rayo a disposición de su antiguo vecino, para que le vigile la dacha de Galapagar, que es donde vive ahora su Breznev de pacotilla.
 
En cualquier país serio, después de esas dos detenciones, Iglesias estaría declarando en un juzgado, Podemos estaría siendo ilegalizado por el Tribunal Supremo y el ministro de Interior sería cesado en el próximo Consejo de Ministros. Pero España es hoy el tubo de ensayo del populismo globalista de izquierdas, y nada de eso va a ocurrir. A Iglesias Turrión no le van a borrar del mapa los tribunales, sino los ciudadanos; los mismos a los que llamó a movilizarse y a tomar las plazas durante las algaradas del 15-M. Los mismos a los que ha estado tomando el pelo los últimos 10 años.
 
Más allá de lo que indiquen las encuestas, lo que indica el sentido común es que la izquierda sectaria, rencorosa y guerracivilista que padecemos en España va a ser barrida de la Comunidad de Madrid. Y no es casualidad. Madrid siempre ha representado lo contrario de la lacra marxista. Madrid es cosmopolita, abierta al mundo, desacomplejada, castiza y cañí, auténticamente española. Madrid es incompatible con el sectarismo marxista, con su estrechez de miras, con su ansia de esclavitud. No importa, pues, lo que digan las casas demoscópicas (tan volubles como la voluntad de un niño), sino el sentido común (¡ojalá!) de la mayoría de los madrileños.
 
En la calle, la sensación es que Vox ha monopolizado la ilusión de la derecha sociológica, si es que la ilusión puede medirse exclusivamente en los mítines de los candidatos. Abascal ha encendido el rechazo visceral al comunismo con discursos en clave nacional, con un contenido muy ideológico, mientras Monasterio se ha ocupado de ir desgranando el programa de Vox para Madrid, en una estrategia muy inteligente. Enfrente, Díaz Ayuso (la previsible ganadora en las urnas) ha logrado borrar del imaginario popular el estigma de la corrupción, incluídos los anteriores presidentes regionales, Cifuentes y González, que se vieron envueltos en episodios bastante vergonzantes.
 
Gobernará la derecha, o eso dicen los demiurgos de la demoscopia, pero también lo indica el sentido común. Esta izquierda huraña y rencorosa, esta izquierda con olor a naftalina, a cheka y a trinchera, la izquierda del Pirrakas y de los dos matones de Vallecas, la izquierda del pequeño Breznev y de Gabilondo alias "Bostezos", no puede estar al frente de una región como Madrid. En plena pandemia, y ahora que parece que vamos a vencer al coronavirus gracias a las polémicas vacunas, sería deseable que Madrid quedase, al menos, libre del virus marxista.