En el Frente Popular latía el salvajismo profundo. España era un fardo de dolor que se disolvía en cadáver. En las cárceles republicanas se hacía llorar a las piedras y en las chekas socialistas, comunistas y anarquistas la tortura estaba revestida de minuciosa legalidad y obedecía a una secuencia pautada en Moscú. Todo perfectamente organizado, los cipayos españoles de Stalin procedían con cruel parsimonia para despedazar a sus hermanos, a sus compatriotas, con la furia de la barbarie y la práxis del terror bolchevique. La luz reverberaba en el sudor de los verdugos y la sangre desbordada, la sangre en riada llamaba al Alzamiento.

El grito de los martirizados y de los perseguidos se hizo voz en las cornetas militares, mudó en broce en los campanarios, los hidalgos se calzaron las botas, los campesinos la alpargata guerrillera, los estudiantes acudieron a las banderas desde los pupitres de las aulas, mezclándose con los obreros que desde los andamios y las fábricas acudieron a las trincheras y a los parapetos.

Besaron la Cruz y empuñaron la espada para formar la geometría militar de la Victoria que Francisco Franco trazó desde el norte de África hasta los Pirineos. Nada pidieron y todo  lo dieron aquel 18 de julio de 1936, cuando los hidalgos de España se alzaron como se iza una bandera y como se le baila una jota a la muerte, a la que es mejor recibir a cielo abierto con un fusil en la mano que en la sucia sordidez de una cheka.

Vencieron los hidalgos y sus Escipiones. Hoy, ochenta y cuatro años después, sobre sus tumbas solo florecen la traición y el olvido. No seré yo jardinero de esas flores. Por eso te evoco, padre, en el vino y la copla, en la pólvora y el himno ¡Arriba España!