Entre el 21 y el 22 de octubre se debate en las Cortes la moción de censura, presentada por el grupo parlamentario Vox, contra el gobierno de Pedro Sánchez. Moción anunciada desde antes del verano, tras el primer asalto del virus, y ante la deplorable gestión del gobierno que preside Pedro Sánchez, escoltado por comunistas e independentistas. A pesar del anuncio, el Partido Popular, que preside el cándido Pablo Casado, no solo no ha apoyado esta oportunidad si no que la ha menospreciado criticando al partido de Santiago Abascal por presentarla.Me imagino que tal estrategia responde a una decisión de la cúpula que representa Pablo Casado, y probablemente algunos asesores más, incluido Teodoro García Egea, pero hubiera sido deseable, incluso para el propio Partido Popular, una consulta rápida entre sus votantes y afiliados para ver si comparten el menosprecio, y saber si conviene a sus expectativas la oportunidad de subir al estrado a cantarle las cuarenta al narcisista presumido y ególatra a quien va dirigida la moción de censura. Es más, con la suficiencia y la vehemencia de un tonto enfatizado, el Partido Popular, a través de su presidente y de algunos otros diplomados estrategas, han considerado que a quien beneficiará la moción de censura es al propio Sánchez, tratando así de separarse de Vox. Debo decir entonces que esa forma de estigmatizar que tiene la izquierda parece ser muy eficaz, porque cada vez que se refieren a Vox lo definen como la «extrema derecha». Y los populares, pues, como si de un apestado se tratara, se alejan y se oponen sin antes saber qué entiende la izquierda por la extrema derecha. En fin.

 

No son muchos los españoles que advierten del peligro que Sánchez y sus colaboradores representan. Si hubiera que trazar un orden del día con los motivos para presentar la moción de censura, el primer punto sería indudablemente la mala gestión ante el Covid, al que seguiría , por ejemplo, las censurables maneras de todos y cada uno de los ministros que conforman este mega gobierno, y que van desde las desatinadas manifestaciones de Garzón sobre el turismo, incluido en su departamento, cuando es el sector que representa entre el 15 y el 18 por ciento del PIB; el gasto del ministerio de «Igualdá», de Irene Montero, que legisla lo que ya está legislado desde hace muchas décadas, tal vez aprovechando eso, el desconocimiento general de la sociedad española sobre la realidad en la que vive, o, más recientemente, las declaraciones incultas del titular de Cultura, de quien dependen, por ejemplo, los toros por mal que parezca. Me refiero, lógicamente, a nuestra Fiesta Nacional. Los desatinos en las declaraciones de la ministra portavoz, María Jesús Montero, sobre el (entrecomillen), reglamento de la Unión Europea que impide bajar  el IVA de las mascarillas y otras lindezas por el estilo, eso sí, con su gracejo andaluz (A Sánchez le pasa lo que a su maestro Zapatero con las portavoces; las buscan andaluzas porque para no decir nada coherente, al menos uno se ríe con ellas, pero maldita la gracia). Cualquiera puede jugar a adivinar quien la dice más gorda, como si de una cucaña se tratara basta con vendarse los ojos y tocar con la mano, siempre saldrá otro que lo mejore. O sea, hay muchas razones para subirse al estrado y cantarle la gallina a Sánchez. Algo, por cierto, que creo que, con independencia del apoyo que reciba de los suyos y sus colaboradores, no estará ajeno a todos estos también, porque en el afán y en la avaricia política, los Rufián y demás no dejarán pasar por alto reclamar todo aquello que aún les falta. Pero Casado no, Casado sigue en la nube, y habría que recordarle lo que el diccionario de la RAE entiende por moción de censura que es, probablemente, distinto a lo que entiende él y su cohorte: «propuesta presentada y debatida en el Parlamento o Cortes a efectos de exigir la responsabilidad política del Gobierno». Pero los dirigentes del Partido Popular, que es el que ante la moción de censura menos tendrían que perder, parecen empeñados en no dar ni una a derechas -va sin coña-.

 

¿Existen razones para presentar una moción de censura?, sí, pues avisen en Génova, que al parecer todavía no se han enterado.

 

Mariano Rajoy, de infausto recuerdo, no quiso presentar una a Rodríguez Zapatero (que Dios mantenga alejado de nosotros por los siglos de los siglos), porque en su cábala no le salían las cuentas. O sea, que según él y sus asesores, la moción sólo era un elemento a considerar cuando la suma de votos pudiera desbancar al usurpador. Por eso cuando Sánchez se la presentó a él, el pánico lo llevó a la trastienda de un conocido restaurante para brindar por lo bonito que fue mientras duró y con un ahí os den, tomó las de Villadiego. Sin solución de continuidad, ni siquiera en Soraya, ni con Soraya, ni con la compi de Soraya.

 

Dudo que la sociedad española advierta la sibilina eficacia con la que el rojerío ha cambiado las prioridades, que han pasado de reformar la Constitución -¿recuerdan?- a apoderarse de las instituciones del Estado para tener el control y asegurarse la perpetuidad, esa misma con la que el bocazas del Iglesias amenazó impunemente a la bancada popular, que sigue sin enterarse, hace unas semanas.

 

Aludía yo al diccionario de la RAE y, como si de la entrada de un diccionario se tratara, a mi entender, la moción de censura tiene también varias lecturas o interpretaciones, no sólo la de sumar votos para tumbar al inquilino de la  Moncloa en este caso. Si los políticos, especialmente los del Partido Popular, sintieran un compromiso serio con sus votantes, acudirían dispuestos a dar la batalla dialéctica, a restregar lo mucho que pueden restregar y a desgastar cuanto más puedan al gobierno. Y, aunque las cuentas no cuadren, si pensaran en los españoles difundirían los muchos fallos del gobierno de Sánchez para que los españoles pudieran despertar y darse cuenta del peligro que encierran tanto él como sus socios podemitas e independentistas. Sólo por eso, Casado debería haberse comprometido con la moción de censura en lugar de ningunear una oportunidad que le han brindado. Ahora bien, con su actitud tal vez, como han vaticinado algunos socialistas, sea el propio Casado quien salga tocado. Se lo habría ganado a pulso.